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sábado, 16 de mayo de 2026

Ascensión del Señor. Ciclo A

 


La Solemnidad litúrgica de la Ascensión que estamos celebrando hoy en la liturgia del domingo VII de Pascua, es el broche de oro de la redención personal que Jesús realizó en la Tierra. Vamos a historiar, a grandes rasgos esenciales, el contenido doctrinal del misterio de la Ascensión de Jesús a los Cielos, según la doctrina de la Iglesia. 

La Santísima Trinidad, en consenso común eterno de la única divinidad en trinidad de Personas, decretó crear el mundo como morada del hombre para hacerle partícipe de su suerte divina; y creó a Adán, el primer hombre, de la nada: el cuerpo de la materia y el alma inmortal en estado original de santidad y justicia, en términos del Concilio de Trento, es decir, en GRACIA SOBRENATURAL y con unos  privilegiados dones preternaturales: inmunidad de la concupiscencia o inclinación al pecado, impasibilidad o ausencia de dolor e inmortalidad.

Por un misterio insondable, que no se puede concebir, el hombre, tentado por Satanás, desobedeció libremente el mandato de Dios y cometió el llamado pecado original, que se transmitió a todos los hombres. Entonces Dios castigó la desobediencia de Adán, desposeyéndole de la gracia integral y de los dones preternaturales que graciosamente le había concedido, quedando el hombre reducido a un estado puramente natural. La Palabra de Dios lo describe en la Biblia con la figura poética del paraíso terrenal en los capítulos 1, 2 y 3.

En el mismo momento en que pecó Adán, la Santísima Trinidad acordó que, por amor al hombre, el Hijo de Dios encarnaría en las entrañas purísimas de una mujer única, que lo concebiría humanamente por obra y gracia del Espíritu Santo. Esta mujer sería creada de modo excepcional inmaculada, es decir, sin pecado original, porque estaría destinada a ser la Madre de Dios y, juntamente con su Hijo, Redentor, Corredentora del género humano.

En efecto, cuando en los planes divinos llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios encarnó virginalmente en el seno de su Madre, Santa María, como estaba previsto, y empezó inicialmente la redención de los hombres. Después de nueve meses de gestación, como cualquier otro ser humano, nació Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, en Nazaret, y empezó la Historia de la Salvación. Vivió en esa pequeña ciudad casi treinta años, oculto, realizando la salvación de los hombres mediante una vida sencilla de familia, dedicado a la oración y al trabajo, en entera obediencia a sus padres. Una vez que cumplió su misión redentora en la más larga etapa de su vida oculta, empezó la vida pública de predicación del Evangelio, la Buena Noticia, realizó milagros, como pruebas evidentes de su divinidad y de su misión en el mundo, e instituyó la Iglesia, como Sacramento universal de salvación. Y, por fin, instituida la Eucaristía y el Sacerdocio, empezó la dolorosa e ignominiosa pasión, que terminó con la muerte en la cruz. Al tercer día resucitó, como lo había anunciado repetidas veces en su vida apostólica. Confió a sus Apóstoles realizar en el mundo la misma misión que Él había recibido del Padre, y luego, subió a los Cielos para seguir desde allí gobernando la Iglesia ministerialmente hasta el fin de los tiempos. Entonces resucitaremos todos los muertos con nuestros propios cuerpos, y Jesús volverá otra vez a la Tierra, revestido de gloria y majestad, y juzgará a todos los hombres, clausurando la Iglesia y convirtiéndola para los salvados en el Reino eterno de amor, paz y gozo de la visión eterna del misterio de la Salvación. 

San Pablo dice que completamos lo que faltó a la pasión de Cristo. ¿Cómo se entiende este aserto? ¿No nos redimió Jesucristo a todos y a cada uno de los hombres totalmente y de todos los pecados? ¿Cómo se puede decir que faltó algo a la Redención de Cristo?

Efectivamente, Jesucristo realizó total y en toda su plenitud la redención de todos los pecados de los hombres de manera genérica y universal, pero su aplicación tiene que hacerse individualmente, pues se salva cada uno si quiere, y en virtud de los méritos divinos de Jesús. En este sentido, se dice que completamos lo que faltó a la Pasión de Cristo, en cuanto que su aplicación depende individualmente de cada hombre que tiene que redimirse, como miembro de su Cuerpo Místico, viviendo el estilo de la Redención en sus tres etapas principales: vida oculta, vida pública y vida de pasión, muerte y resurrección. 

Por tanto, cada hombre tiene que vivir su propia vida personal en el ejercicio de la vida ordinaria de oración y trabajo, en obediencia a la Ley de Dios y en plena conformidad con la voluntad divina, de cualquier manera que se presente. Además, debe hacer que su vida pública sea una copia de la vida pública de Jesús, que pasó por este mundo haciendo el bien, en pacífica convivencia con los hombres, sufriendo los sinsabores que conlleva la convivencia social, pruebas de todo tipo, enemistades y persecuciones, al estilo de Cristo. Y como complemento de la redención, lo mismo que Jesús, cada hombre tiene que sufrir la propia y personal pasión, que culmine en la muerte, semilla de la resurrección gloriosa, como premio eterno para gozar de Dios en el Cielo.

Por tanto, cuando hacemos cosas que no tienen prensa, que el mundo no valora, vivimos silenciosamente en el escondite de la salvación de la vida oculta, estamos aplicando la redención de la vida oculta de Jesús. Cuando en sociedad realizamos el trabajo, cualquiera que sea, grandioso o insignificante, con publicidad notoria o desconocida, con aplauso de la gente o con desprecio, reproducimos la vida pública de Jesús en nosotros; cuando padecemos dolores en nuestro propio cuerpo o en nuestra alma, sufrimos alteraciones nerviosas o desequilibrios, personalizamos la pasión de Cristo en nosotros. Y, por fin, cuando nos llegue la última hora de nuestra vida y nos sobrevenga la muerte, moriremos con Cristo, con quien hemos vivido para resucitar con Él ahora en el alma, y después, al fin de los tiempos, con nuestros propios cuerpos resucitados y gloriosos para cantar eternamente las misericordias del Señor.

De manera breve y en pocas palabras hemos tratado de explicar el sentido teológico que celebramos hoy, solemnidad litúrgica del día de la Ascensión de Cristo a los Cielos.

sábado, 31 de mayo de 2025

Ascensión del Señor. Tiempo Pascual. Ciclo C

 

Como hemos indicado en la oración colecta que en nombre del pueblo cristiano he elevado al Padre, hoy es el día de la victoria de Jesús que ascendió a los Cielos, como cabeza del Cuerpo Místico, para prepararnos allí una morada eterna de visión y gozo.

Este misterio que estamos celebrando supone seis grandes etapas, que vamos a enunciar con breves explicaciones.
La primera es la Encarnación del Hijo de Dios, que como todos sabemos, consiste en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de Santa María. Parece imposible y ciencia ficción pensar que Dios se rebaje hasta el punto de hacerse en todo como nosotros, menos en el pecado.

La segunda es la misteriosa y larga vida escondida de Jesucristo en Nazaret como Redentor, en la que se dedicó a realizar las cosas sencillas y ordinarias de la vida, durante casi treinta años, ocupado en la oración y en el trabajo bajo la obediencia de sus padres. Durante toda su vida oculta vivió en estado habitual de oración, es decir, unido al Padre en cada momento, trabajando en las tareas de la casa.

Con esta actitud nos enseñó Jesús que la vida ordinaria, de cualquier clase que sea, tiene sentido santificador y apostólico; y que la oración y el trabajo son medios que dignifican al hombre, lo santifican y lo redimen. Con ellos el hombre colabora a la obra del misterio de la salvación.
La tercera etapa de Jesús fue la vida pública, en la que dedicó aproximadamente tres años:

- a predicar el Evangelio, la gran noticia de que Dios nos ha creado para vivir eternamente con Él en el Cielo:
- a realizar milagros: curar a los enfermos, socorrer a los pobres, resucitar a los muertos y demostrar, de esta manera que Él era el Mesías o Redentor, y también la infinita misericordia de Dios Padre para con los pecadores.

La cuarta etapa de Jesús fue su pasión y muerte, la expresión máxima del amor, en la que padeció sufrimientos inconcebibles en la agonizante oración del huerto de Getsemaní, en la flagelación y coronación de espinas y, por último, en la crucifixión de un Dios encarnado, que murió en la cruz para salvar a todos los hombres.

Con esto nos enseñó que el dolor tiene sentido de redención y es necesario para la salvación eterna; y que la muerte de Jesús en la cruz, siendo Dios, la Vida eterna, da sentido místico a la muerte que, siendo el castigo del pecado original, es la última gracia que Dios nos concede en esta vida para poder resucitar con Cristo para el Cielo.

La quinta etapa es la resurrección de Cristo, el triunfo de la vida sobre la muerte y la gracia sobre el pecado, la restauración del hombre viejo, sometido al pecado, al dolor y a la muerte, en el hombre nuevo. La resurrección de Cristo es nuestra esperanza y nuestro gozo eterno, porque sabemos que cuando este mundo termine, gozaremos en el Cielo eternamente en unión de todos los ángeles y santos en los nuevos cielos y la nueva tierra.

Y, por último, la sexta etapa es la ascensión de Jesús a los Cielos,

Cuya fiesta estamos hoy celebrando.

Nosotros como cristianos, tenemos que seguir los mismos pasos que Jesús recorrió en su vida:

- haciendo que nuestra existencia en la tierra sea sencilla y humilde con sentido santificador y apostólico en cualquier estado y trabajo que desempeñemos;

- procurando que nuestra relación social de trabajo y amistad infunda en los demás ganas de ser mejores y acercarse a Cristo;

- ofreciendo al Señor nuestro dolor personal en todas sus dimensiones y las circunstancias adversas de la vida;

- aceptando la muerte como medio de transfiguración en Cristo resucitado con la esperanza de morir con Cristo y resucitar con Él, para después ascender al Reino de los Cielos a gozar eternamente de la gloria de la Santísima Trinidad.

sábado, 11 de mayo de 2024

Ascensión del Señor. Pascua. Ciclo B

 




En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11) de la solemnidad de la Ascensión, que estamos celebrando, se nos dice que  mientras los Apóstoles miraban fijos al Cielo, viendo cómo Jesús se marchaba, una nube se lo quitó de la vista, y dos ángeles, en forma de hombres vestidos de blanco, se les aparecieron diciendo:

- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse

 LOS CIELOS NUEVOS Y LA TIERRA NUEVA

 Está revelado y es doctrina de la Iglesia Católica que al fin de los tiempos, todas las cosas creadas del Universo serán transformadas en Cristo (Ef 1,10). La Creación entera se convertirá en “los nuevos cielos y la nueva Tierra”, de los que nos habla la Palabra de Dios (2 P 3,13;Apoc 21,1). Es decir vendrá el fin del mundo.

El Evangelio nos habla de este espectacular acontecimiento con imágenes vivas y espeluznantes que explican analógicamente la realidad de este suceso revelado, que ni siquiera se puede imaginar. ¿Cómo será? ¿Cuándo tendrá lugar? Nadie lo sabe, como nos dice el Evangelio:

“El sol se hará tinieblas, la luna no dará su esplendor, las estrellas caerán del Cielo, los astros se tambalearán... El día y la hora nadie los sabe, ni siquiera los ángeles del Cielo ni el Hijo, sólo y únicamente el Padre” (Mt 24,29-30.36)

Será, sin duda, ese singular acontecimiento un cambio radical y total del Cosmos y del mundo entero, cuya realidad deberá ser espantosa. Todos los astros: estrellas, planetas, satélites y demás cuerpos celestes que hay en el firmamento, que desconocemos y conocemos, sufrirán un cambio brusco en su ser y en su funcionamiento. Cesarán sus leyes físicas y serán sustituidas por otras metafísicas materiales de naturaleza desconocida, que el más sabio de los astrónomos no puede ni siquiera imaginar. La Tierra, el hermoso planeta azul en el que vivimos, santificado por la presencia de Jesús, en el que nació, vivió, murió y resucitó, sufrirá en sus entrañas una transformación espantosa en su constitución, en sus leyes y en su estructura exterior. La Tierra de entonces será sustancialmente la misma, pero perfeccionada al máximo, con características tal vez acomodadas para ser el habitáculo de los cuerpos gloriosos, como imaginan algunos teólogos. 

 Veamos lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre este tema:

“La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3,13;Ap 21,1)...En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre... Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado” (Cat 1046-1047).

“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS,1)

LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

La creencia en la resurrección de los muertos forma parte integral de los artículos de la fe, como afirmamos en el Credo de la iglesia Católica que rezamos en la Santa Misa: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” Nadie que se considere católico de manera consecuente puede negar la verdad revelada de que Cristo nos resucitará en el último día (Jn 6,39-40).

Cuando morimos, el alma se separa del cuerpo y es juzgada por Dios en juicio particular con sentencia eterna, que será confirmada públicamente delante de todos los hombres en el día del juicio universal, al final de los tiempos. Y el cuerpo, muerto para la vida, volverá a la tierra, de la que fue hecho, para esperar el día de la resurrección de los muertos.

Cuando llegue el último día, el fin del mundo, todos los muertos “resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc de Letrán IV: DS 801), transformado en  cuerpo de gloria (Flp 3,21), “en  cuerpo espiritual” (1 Co 15,44; Cat 999).

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

“El Señor mismo, a la señal dada por la voz de un arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del Cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán (1 Ts 4,16; Cat  1001).

Nadie sabe el día en que este acontecimiento espectacular tendrá lugar, ni tampoco cómo, porque no ha sido revelado. Este hecho sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe” (Cat 1000).

Esta es la sustancia de la fe católica respecto del dogma de la resurrección de los muertos. Todas las demás explicaciones son teorías de teólogos que hacen sus propios discursos, más o menos fundados, sobre estas verdades innegables.

Santo Tomás de Aquino, y con él la mayoría de los teólogos, piensa que resucitará el mismo cuerpo que tenemos ahora con su propia materia, numéricamente la misma. “Para que resucite el mismo hombre numéricamente, no se requiere que todo cuanto estuvo materialmente en él durante la vida se tome de nuevo, sino solamente lo suficiente para completar su debida cantidad”.

El Catecismo de San Pío V que recoge las doctrinas del Concilio de Trento, dice que los cuerpos gloriosos gozarán de cuatro dotes principales:

 - impasibilidad” , “esto es una gracia y dote que hará que los cuerpos no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá hacer daño, ni el rigor del frío, ni la fuerza del calor, ni el furor ni de las aguas”.

 -“Sutileza” o dote por el que el cuerpo glorioso “se sujetará completamente al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio.

 -“Agilidad” “en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiere el alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento”.

El cuerpo glorioso podrá trasladarse a sitios remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. Sin embargo, este movimiento, aunque rapidísimo, no será instantáneo.

 - “Claridad”  por la que brillarán como el sol los cuerpos de los santos.

Será un resplandor supranatural con más luminosidad que la más brillante de las estrellas.

Al estar resucitado el cuerpo, los sentidos tendrán su propia gloria, de modo que cada uno podrá ejercer, si quiere, su propia función, en grado eminente con gozo accidental, pues la glorificación esencial consistirá en la visión, posesión y gozo de Dios totalmente y para siempre. Santo Tomás de Aquino llegó a decir que las cicatrices de las llagas de Cristo y las de los mártires resplandecerán en el Cielo como focos que proyectarán luz sin deslumbrar con brillo especial.



EL JUICIO FINAL

Transformadas todas las cosas, es decir, convertidas en los nuevos Cielos y la nueva Tierra, los vivos y muertos, justos y pecadores, resucitados, serán juzgados en un juicio universal para que toda la persona humana (cuerpo y alma) participe de la suerte eterna que haya merecido el día de su muerte en el juicio particular: Cielo o Infierno, pues el Purgatorio ya no existirá. Los que entonces vivan morirán y serán resucitados al momento, y los muertos anteriormente resucitarán también. Y, todos, sin saber cómo, compareceremos delante de Jesucristo para ser juzgados públicamente. No se conocen ni el lugar del juicio ni sus características. Será una confirmación de la sentencia definitiva del juicio particular, que será presenciada por todos los hombres. Todo sucederá en fracciones de segundos, sin sucesión de tiempo. Entonces resplandecerá claramente la infinita y bondadosa sabiduría de Dios, Creador y Redentor de todos los hombres y de todas las cosas. Luego, se clausurará el Reino de Cristo en la Tierra, que comenzó al principio del tiempo, preparado en el Antiguo Testamento, fundado por Jesucristo, consolidado con la venida del Espíritu Santo y continuado por la Iglesia hasta la Parusía. Y, por fin, Cristo Rey instaurará la Iglesia eterna, cuyo reino no tendrá fin.

Entonces, se revelarán todos los secretos de este mundo y misterios de los hombres y se comprobará con clarividencia que todo lo que sucedió en el tiempo fue según los designios de Dios y en conformidad con la libre elección del hombre. Conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia condujo todas las cosas a su último fin.

Este gran acontecimiento final del tiempo, lo describe así el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores” (Hech 24,15), precederá al juicio final. Este será la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5,28-29;Cat 1038).

“El juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (Cat 1039).