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miércoles, 14 de mayo de 2025

San Isidro Labrador. Ciclo C


San Isidro Labrador, patrono de la Villa de Madrid, fue un santo singular, sencillo y humilde. En el Cielo, igual que en la Tierra, hay muchos santos, cada uno distinto, según la gracia que cada uno ha recibido del Espíritu Santo y la correspondencia que da a ella con el esfuerzo personal de las buenas obras que haga. Pero todos coinciden en una misma cosa: en la santidad. Así, por ejemplo, San Francisco Javier fue un santo misionero excepcional, porque colaboró a su vocación misionera apostólica predicando el Evangelio en países lejanos a donde todavía no había llegado la cultura cristiana; o santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, que fue una santa misionera mística, porque correspondió a su vocación contemplativa con la oración, la penitencia, la fraternidad de la convivencia conventual y el trabajo apostólico de la vida ordinaria del claustro. Y así, cada santo, simple cristiano o religioso, con su propia vida cristiana en estado de gracia y haciendo bien lo que tiene que hacer, puede ser misionero en la Iglesia, siendo santo.

 ¿Qué es la santidad?

La santidad, hermanos, no es otra cosa que la bondad del hombre cristianizada o santificada, que resplandece en los que son y parecen santos, y, algunas veces, en los que no lo parecen; incluso, a los ojos de Dios, se puede dar la santidad en algunos hombres que la viven misteriosamente de maneras no conocidas por la teología católica de la Iglesia. Es verdad que, en sentido teológico, no se puede ser santo sin el bautismo, sin la fe con buenas obras, sin la vivencia de la gracia, sin la oración, y sin la recepción de los Sacramentos. Pero nadie puede dudar que estos medios ordinarios de santificación pueden suplirse por caminos misteriosos de la infinita misericordia de la sabiduría de Dios, que no conoce la teología de la Iglesia. 

Este razonable supuesto se puede comprobar con la experiencia que muchos tenemos de algunos amigos y conocidos nuestros, honrados, que cumplen ejemplarmente sus deberes profesionales, son modelos en la familia, en el trabajo y en la relación social; y a muchos les parece que están lejos de Dios. Pero, ¿quién sabe, hermanos, quién está más cerca o más lejos de Dios? 

Yo estoy personalmente convencido de que son muchísimos los hombres, casi todos, que se van a salvar, y conseguirán la santidad por vías misteriosas de la gracia de Dios, Padre, que sabe valorar y juzgar en verdad el secreto de los corazones. 

La bondad es el fundamento de la santidad. Por eso, en el sentido católico, San Isidro labrador, fue un hombre bueno, un hombre sencillo, un hombre humilde, que se pronunciaba en el exterior, como realmente era por dentro: sin picardía, sin dobles intenciones, sin escondrijos en el corazón, sin componendas. ¡Qué difícil, hermanos, es encontrar a un hombre bueno y sencillo consigo mismo y con los demás! 

Cuando decimos que San Isidro labrador fue un hombre humilde, no queremos decir que fue santo porque tenía una profesión humilde, la de labrador, pues la profesión no importa para ser santo, sino porque, como persona, fue humilde en su corazón y en su acción. La dignidad del Papa, por ejemplo, la superior que existe entre todas las dignidades humanas, religiosas y eclesiásticas no es, de suyo, mejor oficio que el de labrador para ser santo. 

La humildad espiritual, como virtud, no es lo mismo que la humildad de profesión. Consiste no en la “profesión que se ejerce”, sino en la humildad y comportamiento con que se vive la propia vocación, pues hay personas de alto rango social, que son humildes y santas; y, por el contrario, hay personas de condición social humilde que son engreídas y soberbias. 

San Isidro fue también humilde, porque reconocía que todo lo había recibido de Dios, se reconocía, como otro cualquiera o peor que los demás, y nunca superior, y no se consideraba mejor que nadie, ni se compara con los demás, ni juzgaba, ni criticaba. Todo lo excusaba, todo lo perdonaba, y todo lo olvidaba, sintiéndose pecador, necesitado del perdón de Dios y de la comprensión de los hombres. Tenía, digamos, dos pilastras fundamentales de la santidad: la sencillez y la humildad. Era un santo común, que no quiere decir que tenía una santidad de poca altura, sino que era un santo ordinario, normal, al alcance de cualquiera; y no un santo deslumbrante, de esos que nunca dormían en la cama y llevaban una vida penitente en todo, cono norma de conducta habitual, y hacían milagros que atraían a las turbas. 

San Isidro estaba casado con su esposa Santa María de la Cabeza. Era agricultor, y trabajaba al servicio de un amo, compaginando el trabajo con una vida de piedad intensa. Me imagino que ambos esposos santos tendrían que superar las pequeñas dificultades de la convivencia, que son necesarias para ejercer la virtud comunitaria, pues hacer vida común con otro o con otros es un medio muy eficaz para conseguir la santidad. Cada uno de ellos tenía su manera de ser diferente y santa, pero al ser distintos, la manera de ser y actuar santa de uno supondría para el otro pequeños sacrificios en algunas cosas; sacrificios que se aceptaban con alegre comprensión, porque se querían mucho y buscaban a Dios siempre y en todo. Las pequeñas trifulcas y roces en familia se deben, en su mayoría, a la falta de mutua comprensión, de humildad y sacrificio. 

Cuando uno es humilde, tiende a callar, a comprender, a ceder, porque es mejor callar y dejar al otro con la razón que no lleva, que con palabras convincentes defender la verdad en cosas indiferentes y tontas; incluso cuando se trate de defender verdades importantes, que no van a convencer, sino más bien crear discusiones, suscitar broncas, y romper la paz armando guerras tontas ¡Cuántos disgustos existen en las familias por simpleces, que no tienen otro fundamento que la soberbia de imponer la propia opinión. 

San Isidro Labrador, además, fue un hombre de vida interior, que vivía habitualmente en Dios escondido con Cristo; y no un santo de oraciones circunstanciales. Oraba a solas con Dios, y luego labrando la tierra, continuaba con la oración de acción, haciendo las cosas que tenía que hacer lo mejor que sabía y podía, procurando que el trabajo fuera también oración y un medio de santificación personal y apostólica. 

Por lo tanto, hermanos, seamos santos de verdad, santos como San Isidro, sencillos, humildes, de vida interior, trabajadores, de tal manera que la vida interior y el trabajo sean para cada uno de nosotros oración, medio de santificación personal y de apostolado, en cualquier estado de vida en que vivamos.

 

domingo, 14 de mayo de 2023

San Isidro. Ciclo A

 

Celebramos en Madrid la fiesta de nuestro patrono titular, San Isidro Labrador, uno de los santos imitables que nos ofrece la Iglesia con el fin de que no digamos que la santidad es una exclusiva de hombres elegidos, de hombres perfectos.

Tenemos la idea falsa y equivocada de que los santos son hombres privilegiados; hombres que existen de cuando en cuando en cada época, una especie de casta privilegiada de hijos de Dios, pero no hombres comunes. Y no es así.

La  santidad, hermanos, es un estado común para cualquier cristiano. Si bien, hay que explicar qué se entiende por santidad y cómo es la santidad de cada uno de los hombres.

La santidad es un estado de perfección, un estado evangélico, un estado de unión con Dios. Pero ese estado es diferente en cada uno de los hombres, en cada uno de los cristianos, porque se acomoda a la manera de ser de cada uno. Podíamos decir y hay que entender el sentido que yo doy a esta frase, que la santidad es personal. No quiere decir que es personal en el sentido de que cada uno la vive según quiere, a su libre albedrío, o que cada persona la interpreta a su aire y la vive a su manera; sino que, cuando digo que es personal quiero decir que cada persona la apropia y la vive según el carisma de la gracia del Espíritu Santo que ha recibido.

En la Iglesia hay santos doctores, hombres, ilustres, como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, hombres privilegiados de gran talento, que vivieron la espiritualidad o la santidad según su propia persona creada por Dios; y así fueron santos doctores de la Iglesia.

Hay otros santos que son o fueron misioneros, apóstoles, como San Francisco Javier, o de gran altura intelectual y humana como Santa Teresa de Jesús. Y estos santos, tanto en la función apostólica, como en la mística, vivieron la santidad según su persona, cultivando los distintos carismas que recibieron de Dios Padre.

Otros, sin embargo, fueron o son santos más al alcance del pueblo, como sucede en San Isidro Labrador.

¿Cómo fue santo San Isidro Labrador?

Pues como nos dice la Iglesia en la oración de la Liturgia de la Misa que estamos celebrando: siendo un santo sencillo, un santo humilde y un santo de vida interior; que realizó su plan de santificación en su persona con un trabajo humilde y sencillo, un trabajo santificador y apostólico.

Como veis, hermanos, no fue un santo del otro mundo, un santo ilustre. Probablemente ni sabía leer ni escribir; o sabría leer y escribir, como correspondía a la cultura de finales del siglo XI. Y, sin embargo, la Iglesia ha puesto sus ojos en este santo para nombrarle Patrón de Madrid, Capital de España. Porque para ser santo, hermanos, no hace falta ser inteligentes, ni tener un celo apostólico extraordinario. Basta con amar y servir a Dios en estado de gracia, correspondiendo con esfuerzo generoso a las gracias que Dios regala a cada uno.

San Isidro no fue un gran catequista, ni un doctor de la Iglesia, ni un gran apóstol, ni misionero que ejerció la caridad en los hospitales, con los enfermos, con los pobres; sino fue un hombre común, humilde en cuanto a su persona, humilde en cuanto a su oficio, labrador, que trabajó las tierras del Manzanares. Pero un santo que trabajó con sencillez y humildad, escondido en Dios con Cristo, haciendo que su humilde oficio fuera medio de sustento, de santificación y apostolado.

De esto se deduce, hermanos, que también nosotros tenemos que ser santos: no santos según fueron otros, sino santos según tenemos que ser nosotros. Hay una confusión en la que no tenemos que caer: ser imitadores personales de los santos, ser como ellos. Me explico. Tengo que imitar las virtudes de los santos, acopladas a mi persona, pero no ser santo de la misma manera que ellos. Yo tengo que imitar al santo que a mí me gusta, cuya vida he leído muchas veces y que me entusiasma en sus virtudes, con la referencia última de Jesucristo según el Evangelio. No debemos imitar los actos de los santos, sino las “actitudes” de los santos.

No hay mejor modelo de santo que Jesucristo, Santo de los santos; y después la Virgen. Imitemos las virtudes de Jesús y de María en nuestros actos, y no queramos imitar al pie de la letra sus actos, cosa que es imposible, como hizo San Isidro Labrador.

La actitud y virtud que nosotros tenemos que copiar de San Isidro Labrador, es la actitud de humildad, aunque tengamos valores.

La humildad, hermanos, no es una propiedad de campesinos, no es una propiedad de personas que están dedicadas al servicio doméstico, es una virtud necesaria para todos los santos, aunque realicen oficios de alta y soberana dignidad humana o eclesiástica. La “humildad”, hermanos, consiste en saber “que todo lo recibimos de Dios” y mirar a todos los hermanos como a hijos de Dios, y “captar la voluntad de Dios”, en la gracia que se nos manifiesta, y ser humilde y consecuente. Humilde en actos, porque todos los actos, aunque sean sublimes y extraordinarios tienen que ser humildes.

No hay persona en este mundo que realice actos más importantes que el Papa. Cuando el Papa beatifica o canoniza a un cristiano, que es el acto más sublime que hace un Pontífice; o cuando pronuncia un dogma, lo tiene que hacer con sencillez y humildad.

Por tanto, la sencillez es aplicable a cualquier estilo, a cualquier manera de ser.



Cada uno tiene que ser único; cada uno tiene que ser cada cual; pero imitando las actitudes evangélicas, imitando las actitudes de los santos, que son, más o menos cuatro, que se destacan principalmente en la figura de San Isidro Labrador: humildad, sencillez, vida interior y trabajo.

Una actitud de humildad siempre, en todo momento.

San Pablo dice que veamos a los demás superiores a nosotros mismos.

No quiere esto decir que nos reconozcamos inferiores a los demás, sino que seamos humildes en reconocer que todo lo hemos recibido de Dios; y que otros son mejores que nosotros en algunas o muchas cosas. Cada uno tiene la gracia que ha recibido del Espíritu Santo, y todo lo bueno procede de Dios.

Una actitud de sencillez

La sencillez en la manera de ser, la sencillez en el silencio, la sencillez en la prudencia, la sencillez en no presumir de nada más que de nuestro pecado, de nuestra debilidad. Seamos sencillos, como San Isidro Labrador, siendo virtuosamente nosotros mismos, y no artificialmente otros.

Una actitud de vida interior

En la oración colecta que hemos dirigido al Padre, hemos dicho que era un hombre que estaba escondido en Dios con Cristo.

La vida interior no significa solamente que cumplamos nuestras obligaciones piadosas: rezar por la mañana, hacer una visita al Santísimo, confesar con relativa frecuencia, comulgar diariamente o cada domingo. No significa eso. No es una piedad estructurada con rezos.

La vida interior consiste en una continua comunicación con Dios, de tal manera que estando hablando con Él en el corazón veamos que todas las cosas suceden porque Dios quiere o permite, sin querer, por una Providencia amorosa, que solamente entenderemos en el Cielo.

Una actitud de trabajo santificador y apostólico

Y por último, hermanos, que nuestro trabajo, cualquiera que sea: trabajo de oficina, de casa, en el hogar, en el estudio, que sea un trabajo santificador y apostólico. Santificador porque el trabajo es un medio de santificación, y apostólico, pues no solamente hacemos apostolado cuando damos catequesis, visitamos a los enfermos, socorremos a los pobres, realizamos actos apostólicos, sino también cuando ofrecemos y aplicamos el trabajo que tenemos que hacer, pues cualquier trabajo es cristiano, cualquier trabajo es evangélico, santificador y apostólico.

             

sábado, 14 de mayo de 2022

San Isidro labrador. Fiesta


  

     
San Isidro Labrador, patrono de la Villa de Madrid, fue un santo singular, sencillo y humilde. En el Cielo, igual que en la Tierra, hay muchos santos, cada uno distinto, según la gracia que cada uno ha recibido del Espíritu Santo y la correspondencia que da a ella con el esfuerzo personal de las buenas obras que haga. Pero todos coinciden en una misma cosa: en la santidad. Así, por ejemplo, San Francisco Javier fue un santo misionero excepcional, porque colaboró a su vocación misionera apostólica predicando el Evangelio en países lejanos a donde todavía no había llegado la cultura cristiana; o santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, que fue una santa misionera mística, porque correspondió a su vocación contemplativa con la oración, la penitencia, la fraternidad de la convivencia conventual y el trabajo apostólico de la vida ordinaria del claustro. Y así, cada santo, simple cristiano o religioso, con su propia vida cristiana en estado de gracia y haciendo bien lo que tiene que hacer, puede ser misionero en la Iglesia, siendo santo.

¿Qué es la santidad?

    La santidad, hermanos, no es otra cosa que la bondad del hombre cristianizada o santificada, que resplandece en los que son y parecen santos, y, algunas veces, en los que no lo parecen; incluso, a los ojos de Dios, se puede dar la santidad en algunos hombres que la viven misteriosamente de maneras no conocidas por la teología católica de la Iglesia. Es verdad que, en sentido teológico, no se puede ser santo sin el bautismo, sin la fe con buenas obras, sin la vivencia de la gracia, sin la oración, y sin la recepción de los Sacramentos. Pero nadie puede dudar que estos medios ordinarios de santificación pueden suplirse por caminos misteriosos de la infinita misericordia de la sabiduría de Dios, que no conoce la teología de la Iglesia.

    Este razonable supuesto se puede comprobar con la experiencia que muchos tenemos de algunos amigos y conocidos nuestros, honrados, que cumplen ejemplarmente sus deberes profesionales, son modelos en la familia, en el trabajo y en la relación social; y a muchos les parece que están lejos de Dios. Pero, ¿quién sabe, hermanos, quién está más cerca o más lejos de Dios?

    Yo estoy personalmente convencido de que son muchísimos los hombres, casi todos, que se van a salvar, y conseguirán la santidad por vías misteriosas de la gracia de Dios, Padre, que sabe valorar y juzgar en verdad el secreto de los corazones.

    La bondad es el fundamento de la santidad. Por eso, en el sentido católico, San Isidro labrador, fue un hombre bueno, un hombre sencillo, un hombre humilde, que se pronunciaba en el exterior, como realmente era por dentro: sin picardía, sin dobles intenciones, sin escondrijos en el corazón, sin componendas. ¡Qué difícil, hermanos, es encontrar a un hombre bueno y sencillo consigo mismo y con los demás!

    Cuando decimos que San Isidro labrador fue un hombre humilde, no queremos decir que fue santo porque tenía una profesión humilde, la de labrador, pues la profesión no importa para ser santo, sino porque, como persona, fue humilde en su corazón y en su acción. La dignidad del Papa, por ejemplo, la superior que existe entre todas las dignidades humanas, religiosas y eclesiásticas no es, de suyo, mejor oficio que el de labrador para ser santo.

    La humildad espiritual, como virtud, no es lo mismo que la humildad de profesión. Consiste no en la “profesión que se ejerce”, sino en la humildad y comportamiento con que se vive la propia vocación, pues hay personas de alto rango social, que son humildes y santas; y, por el contrario, hay personas de condición social humilde que son engreídas y soberbias.

    San Isidro fue también humilde, porque reconocía que todo lo había recibido de Dios, se reconocía, como otro cualquiera o peor que los demás, y nunca superior, y no se consideraba mejor que nadie, ni se compara con los demás, ni juzgaba, ni criticaba. Todo lo excusaba, todo lo perdonaba, y todo lo olvidaba, sintiéndose pecador, necesitado del perdón de Dios y de la comprensión de los hombres. Tenía, digamos, dos pilastras fundamentales de la santidad: la sencillez y la humildad. Era un santo común, que no quiere decir que tenía una santidad de poca altura, sino que era un santo ordinario, normal, al alcance de cualquiera; y no un santo deslumbrante, de esos que nunca dormían en la cama y llevaban una vida penitente en todo, cono norma de conducta habitual, y hacían milagros que atraían a las turbas.

    San Isidro estaba casado con su esposa Santa María de la Cabeza. Era agricultor, y trabajaba al servicio de un amo, compaginando el trabajo con una vida de piedad intensa. Me imagino que ambos esposos santos tendrían que superar las pequeñas dificultades de la convivencia, que son necesarias para ejercer la virtud comunitaria, pues hacer vida común con otro o con otros es un medio muy eficaz para conseguir la santidad. Cada uno de ellos tenía su manera de ser diferente y santa, pero al ser distintos, la manera de ser y actuar santa de uno supondría para el otro pequeños sacrificios en algunas cosas; sacrificios que se aceptaban con alegre comprensión, porque se querían mucho y buscaban a Dios siempre y en todo. Las pequeñas trifulcas y roces en familia se deben, en su mayoría, a la falta de mutua comprensión, de humildad y sacrificio.

    Cuando uno es humilde, tiende a callar, a comprender, a ceder, porque es mejor callar y dejar al otro con la razón que no lleva, que con palabras convincentes defender la verdad en cosas indiferentes y tontas; incluso cuando se trate de defender verdades importantes, que no van a convencer, sino más bien crear discusiones, suscitar broncas, y romper la paz armando guerras tontas ¡Cuántos disgustos existen en las familias por simpleces, que no tienen otro fundamento que la soberbia de imponer la propia opinión.

    San Isidro Labrador, además, fue un hombre de vida interior, que vivía habitualmente en Dios escondido con Cristo; y no un santo de oraciones circunstanciales. Oraba a solas con Dios, y luego labrando la tierra, continuaba con la oración de acción, haciendo las cosas que tenía que hacer lo mejor que sabía y podía, procurando que el trabajo fuera también oración y un medio de santificación personal y apostólica.

    Por lo tanto, hermanos, seamos santos de verdad, santos como San Isidro, sencillos, humildes, de vida interior, trabajadores, de tal manera que la vida interior y el trabajo sean para cada uno de nosotros oración, medio de santificación personal y de apostolado, en cualquier estado de vida en que vivamos.

martes, 14 de mayo de 2019

San Isidro Labrador, patrón de Madrid


BIOGRAFÍA


Se podría decir que San Isidro Labrador es uno de los santos canonizados por la Iglesia que pertenece al Silencio, pues históricamente se saben muy pocas cosas de su vida.
No se conoce con exactitud el año de su nacimiento, que se supone que tuvo lugar al final del siglo XI, el año 1080  o 1082; ni tampoco quiénes fueron sus padres ni el lugar seguro de Madrid donde nació, ni  donde vivió  su niñez y juventud y ni cómo fue.
Parece que fue bautizado en la antigua Parroquia de San Andrés. Murió el 30 de Noviembre de 1172, a los noventa años de edad, y fue enterrado en el cementerio de la Parroquia. Su cuerpo incorrupto se conserva en la Colegiata de Madrid. Goya tuvo el buen gusto de pintarlo en una obra maestra que se conserva en la Biblioteca Nacional.
La única biografía auténtica que existe del santo fue la del franciscano Juan Diácono, escrita en latín en el siglo XIII, siglo y medio después de su muerte: Vita Sancti Isidori. En ella se nos dice que fue un simple labrador amante de Dios, cariñoso con los hombres e imitador muy diligente de la Sagrada Escritura. Sus biógrafos posteriores destacan de él un profundo amor a la Eucaristía, devoción a la Santísima Virgen y una gran caridad para con los pobres. El papa Paulo V lo beatificó el 4 de Junio de 1619, y tres años más tarde el 12 de Marzo de 1622 fue canonizado por el papa Gregorio XV  quien afirmó “que nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima”.

Se dice que trabajó como pocero y bracero al servicio de la familia Vera en un lugar de Madrid, no conocido. Cuando el ejército de almorávides tomó Toledo, se vio obligado a trasladarse a trabajar a Torrelaguna (Madrid) donde contrajo matrimonio con Toribia, luego Santa María de la Cabeza con quien tuvo un hijo llamado Illán, tenido también por santo. Después regresó a Madrid y se puso a servir como agricultor en la casa de la familia Vargas en cuyo humilde oficio de labrador ejercitó las virtudes cristianas en el fiel cumplimiento cristiano de las obligaciones familiares, laborales y sociales. 
La tradición popular le atribuye la fama de hombre de oración, piadoso, humilde, sencillo  y trabajador incansable.  De él se cuentan más de cuatrocientos milagros. Muchos de ellos pertenecen más a la piadosa leyenda popular que a la rigurosa Historia. Uno de ellos fue que  su hijo Illán  se cayó a un pozo de aguas profundas y se dice, entre otras versiones, que por intercesión de San Isidro las aguas subieron a la superficie, y el niño que por ley natural debería haber muerto, apareció completamente sano.
Es patrono de Madrid y de todos los agricultores, y santo de devoción popular en todo el mundo. El Papa Juan XXIII el 16 de Diciembre de 1960 le nombró patrono de los agricultores y campesinos.
  

SANTIDAD DE SAN ISIDRO

El santo es una persona buena, divinizada por el bautismo, en el que recibió la gracia, participación analógica de la Santidad de Dios, que perfeccionó con una vida de oración, sacramentos y obras buenas. La bondad humana, potenciada por la gracia,  es el fundamento sobre el que se construye el edificio de la santidad  de muchas maneras. Así como cada persona es específicamente distinta, aunque tiene la misma naturaleza humana, cada santo, teniendo la misma santidad esencial, es diferente  con su propia santidad específica.
No hay ningún santo en el Cielo exactamente igual a otro, como no existe tampoco en el mundo ninguna persona exactamente igual a otra. En esto se demuestra la infinita sabiduría de Dios, que nunca se repite en sus obras, cosa que nunca sucede en la sabiduría de los hombres.
Al estar casado San Isidro y ser padre de un niño ambos esposos santos tuvieron que superar las pequeñas dificultades de la convivencia, medios muy eficaces para conseguir la santidad. Cada uno tendría que aceptar con amor comprensivo los pequeños defectos naturales de  la manera de ser diferente y santa del otro,  sin que resultara importante problema. Porque se querían mucho, ambos buscaban a Dios y trabajaban por conseguir la carrera de la santidad. Las pequeñas trifulcas y roces en familia se deben, en su mayoría, a la falta de mutua comprensión, de humildad y sacrificio.
Al estar casado San Isidro y ser padre de familia ejerció la comprensión en la santa comunidad familiar que conlleva pequeños sacrificios de amor; en la comunidad laboral, al trabajar en la agricultura de entonces a expensas  de un amo rico, cosa que en aquella época era casi una esclavitud, una sumisión total a una autoridad despótica; tendría  que soportar en silencio muchas injusticias sociales, el duro trabajo primario del campo al amparo de las inclemencias del tiempo, sufrir la dura convivencia con otros agricultores diferentes en ideas políticas y religiosas, las circunstancias normales que suceden en la vida, y otras eventualidades que surgen de manera imprevista en cada momento. 

Podríamos sintetizar la biografía de San Isidro  destacando en él una vida de oración habitual, humildad auténtica, sencillez naturalmente virtuosa, silencio virtuoso y  trabajo santificador y apostólico. Esta manera de ser santo está  al alcance de cualquier cristiano.