sábado, 15 de febrero de 2020

Sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


Dichosos los que caminan en la voluntad de Dios
En el salmo responsorial de este domingo, el pueblo cristiano responde a la proclamación de la palabra de Dios con una frase profundamente bíblica y teológica: dichosos los que caminan en la voluntad de Dios. Ofrezco unas reflexiones espirituales sobre este tema por si a alguien puede hacerle algún bien.

Seres del Universo
En el Universo, desde la perspectiva de visión sencilla, no científica, sino popular, se pueden contemplar cuatro espacios: espacio sideral, espacio acuático, espacio terrenal y espacio humano.

Espacio sideral
En el espacio sideral existen millones de seres astronómicos, grandes y pequeños, conocidos y por conocer, que son una obra fantástica y artística creada por Dios con su naturaleza propia, leyes cabales que caminan puntualmente según la voluntad del Señor. Todo lo que sucede es bueno, y si alguna cosa hay que tiene apariencia mala, su finalidad última es buena, pues está planificada por la infinita sabiduría bondadosa de Dios, que es Amor, y no puede equivocarse.

Espacio acuático
En el espacio acuático, inmenso de océanos mares y ríos que bañan la tierra, viven peces innumerables. Las aguas son vivienda de animales acuáticos, objeto de estudio para los científicos, curiosidad para los observadores y alimento para millones de hombres. Es un abismo que sobrecoge de admiración, causa miedo por su bravura, potencia, y deja atónitos a los simples observadores.

Espacio terrenal
La tierra es una misteriosa perfección en su ser natural, leyes, habitantes en millones incontables, diversidad en clases en seres, cuyo conocimiento supera todo entendimiento e imaginación del más sabio de los geólogos y científicos de todos los tiempos. Es habitáculo de tantas plantas que pululan con variedad, diversidad y hermosura, que adornan los campos con su belleza y son deleite para obsequios y adornos suntuosos; morada de múltiples y variados animales de toda especie, que pueblan toda la planicie del globo terrestre, y dejan abismados a los expertos y estudiosos de las ciencias naturales y entusiasmados a los simples observadores.
Todos los habitantes irracionales cumplen puntualmente la voluntad del Señor, porque están creados por su sabiduría infinita, que nunca se equivoca y por consiguiente caminan cumpliendo siempre las leyes santas de Dios, Creador.

Espacio humano
Además de los entes inanimados que hay en el Universo, en la tierra existe el hombre, el ser más perfecto de la Creación, microcosmos o pequeño mundo de todo o creado, porque tiene parte de reino mineral, parte del reino vegetal, parte del reino angélico y parte del reino divino porque está creado por Dios a su imagen y se semejanza. Es, por consiguiente, un resumen de la Creación, que está gobernado por las leyes físicas del cuerpo humano, la parte vegetativa de las plantas, por la ley moral, la parte espiritual del alma, ser inteligente y libre. El hombre que voluntariamente no cumpla la ley divina no es un ser perfecto. El santo es la perfección suma en el hombre porque cumple la voluntad de Dios en todas la leyes.
Los mandamientos son guías que encauzan necesariamente todos los seres por el sitio que tienen que ir para que sean lo que tienen que ser en el plan de la providencia de Dios Creador. Los mandamientos morales hacen que los hombres cumpliendo libremente la voluntad de Dios sean más perfectos y santos; no son obstáculos que impiden la libertad del hombre al no hacer lo que quiere o gusta. La santidad consiste en el cumplimiento de los mandamientos, pues esa es la voluntad de Dios


sábado, 8 de febrero de 2020

Quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


Campaña contra el hambre

En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de este domingo, Dios nos dice: Comparte tu pan con el hambriento, texto que yo voy a utilizar para hablar de este tema.

Entre los muchos males que sobrevinieron al hombre con el pecado original, se hizo presente la injusticia social, de manera que en el mundo hay bastantes hombres que poseen mucho, son muy ricos, y muchísimos que son muy pobres, contra la voluntad de Dios que quiere que toda la riqueza sea distribuida equitativamente entre los hombres en proporción justa, como medio para que todo puedan conseguir la felicidad eterna.

Dios condena el hambre como pecado contra la justicia social. Es un hecho, tristemente comprobado, que hay en el mundo una tremenda desigualdad de posesión de bienes, que clama al Cielo, de tal manera que millones de niños, hombres y mujeres se mueren de hambre, habiendo suficientes medios de producción en la Tierra para que todo el mundo tenga lo suficiente o necesario para vivir dignamente, como decía el Papa bueno, Juan XXIII por culpa, digamos de todos los hombres en general. Es verdad que el problema de garantizar el bien común integral de los hombres corresponde, en primer lugar, a las autoridades civiles y políticos, pero no es menos cierto que también a la Iglesia que trabaja por el bien común del hombre, hijo de Dios; y corresponde también a cada cristiano que debe cumplir la justicia social. Por consiguiente, nadie debe excluirse del gravísimo problema de hambre que existe en el mundo. La Iglesia tiene la misión suprema de salvar al hombre, con el fin específico sobrenatural de la salvación eterna, que incluye también los medios materiales y humanos para conseguirlo; y tiene además el deber evangélico de atender a los más pobres, por mandato de Jesucristo. En este día, en que celebramos el día de la jornada mundial del hambre en el mundo, cada hombre y cristiano debe cuestionarse: ¿Qué debo hacer yo en la campaña contra el hambre en el mundo, si no tengo en mis manos el poder? ¿Cómo voy yo a dar algo, si necesito todo o casi todo para vivir? Tal vez sea este tu caso, pero creo que todos podemos dar, algunos mucho, otros bastante y algunos algo, teniendo en cuenta que Dios premia nuestra generosidad, no por la cantidad de lo que damos, sino por la calidad del amor con que lo damos. El que da lo que tiene y puede da todo. Recordemos el ejemplo de la viejecita del Evangelio que echó en el cepillo todo lo que tenía para vivir y Jesús dijo que había echado más que otros que echaban en cantidad monedas valiosas.

El bautismo nos obliga a vivir en Dios y con Dios, siendo hermanos con todos los hombres de distinta manera, y debemos ayudar también a los que son pobres que son también hermanos nuestros a quienes tenemos que ayudar con nuestros bienes que son también de ellos en cierto sentido. A nosotros nos sobran muchas cosas, mucha ropa que tenemos almacenada en el armario para uso de nadie; nos sobra acaso dinero que no necesitamos para vivir ni para la previsión razonable del futuro, y ese dinero también es de los que lo necesitan. Hay en el mundo mucha falta de comida para millones de hombres, mujeres y niños que se mueren de hambre inculpablemente; y muchos niños que no saben leer ni escribir porque no tienen colegios ni maestros que les ayuden a conseguir una cultura media en su País; y muchos enfermos que necesitan la salud y no disponen de hospitales, ni de medicinas ni médicos que los curen; y muchos niños, hijos de nadie, abandonados, que no tienen una familia ni una sociedad digna y justa, y están abocados al dolor y a la muerte, por no tener orfanatos o casas de acogidas que los atiendan, al menos espiritualmente.

Y además de todo esto, que es mucho, no tienen Iglesias ni misioneros que les enseñen a conocer y amar a Dios, a la Virgen María, madre de todos los hombres, a rezar y a saber que existe un Dios, Padre, y que nos espera una vida eterna, llena de gozo en la visión y posesión de Dios eternamente, como premio a los males que han sufrido con paciencia en esta vida, por culpa de la injusticia de los hombres.

Tengamos en cuenta:

1ª Dios es Creador y Padre de todos los hombres.
2ª Todos los hombres somos hijos de Dios y hermanos entre sí.
3ª Todos los bienes de la Tierra fueron creados por Dios para el bien de todos los hombres, de manera que cada uno tenga adecuadamente lo justamente necesario para que pueda vivir honradamente.
4ª En casos extremos de necesidad, todos los bienes son comunes, de tal manera que el que no tiene nada por pobreza involuntaria, puede apropiarse de los bienes propios de otro para comer, como un derecho.

Seamos generosos en la campaña contra el hambre que organiza Manos Unidas, dando para los pobres que pasan hambre no de los bienes que nos sobran, sino también de los que necesitamos, si es que queremos ser cristianos y compartir el amor de Dios entre los hombres.




sábado, 1 de febrero de 2020

Presentación del Señor


Contribución de los israelitas al templo
Los israelitas acudían generalmente tres veces al año al Templo de Jerusalén para cumplir sus principales obligaciones religiosas: la fiesta de la Pascua, la fiesta de la siega y la fiesta de la recolección (12x 23,14-17); o como mínimo una vez, para el sacrificio de la Pascua (Ex 12). Además de estas obligaciones legales y otras muchas, existían para las madres israelitas religiosas dos prescripciones de la Ley mosaica: la Purificación después del parto y la Presentación del hijo recién nacido en el templo. Los dos preceptos solían cumplirse en una misma ceremonia. La ley mandaba la purificación de la mujer después del parto (Lev 12). Cuarenta días después del alumbramiento de un niño, (o después de ochenta, si se trataba de una niña). Las madres debían presentarse en el templo para ser purificadas de la impureza legal que habían contraído. La ruptura de la integridad física impedía a la madre bajo pecado participar en el culto y tocar cualquier objeto sagrado. El hecho de ser madre no fue antes, ni es ahora en el concepto bíblico ninguna cosa impura, pues es una colaboración a la obra creadora de Dios. San Pablo llegó a decir que la maternidad virtuosa es garantía de salvación:"La mujer se salvará por su condición de madre, si persevera con modestia en la fe, en el amor y en la santidad" (1 Tim 2,15).
La ley de Moisés no dice que la madre pecaba al tener un hijo, sino que quedaba legalmente "impura". La mujer israelita, que había sido madre, tenía que ser purificada en una celebración litúrgica, y aportar, como tributo para la financiación del templo, un cordero primal, si tenía una condición social desahogada, o un par de tórtolas o dos pichones, si era pobre.
María fue desde Belén a Jerusalén a cumplir la ley del Señor, aunque no necesitaba purificación, porque era virgen en la concepción de su Hijo y virgen en su maternidad divina. Pero estos privilegios personales estaban escondidos para el mundo, y Ella, fervorosa israelita, debía dar ejemplo en el cumplimiento de la ley.
La Sagrada Familia atravesó la gran Ciudad, sin hacer caso a los impertinentes vendedores oportunistas, y llegó al templo. Me imagino que San José se acercaría a un puesto de una viejecita que tenía parejas de tórtolas blancas con pintas negras en el plumaje, metidas en jaulas de madera. Le dio lástima y le compró el par de tórtolas que su esposa tenía que ofrecer a Dios para su purificación, por un siclo, a precio de saldo. María dejó en los brazos de José al Niño, cogió entre sus manos las dos tórtolas, acarició sus alas, y tocándoles el pico, les dio un beso cariñosamente silencioso en sus blancas plumas salpicadas de lunares negros. Era la hora de tercia. El sacrificio del cordero se ofrecía a Dios dos veces cada día, una por la mañana y otra por la tarde (Lev 29,38-39).

Encuentro de la Sagrada Familia con el profeta Simeón
Cuando José y María caminaban en dirección al atrio de las mujeres para esperar allí la hora de la ceremonia, apareció un extraño personaje: un anciano, llamado Simeón, fervoroso israelita que se pasaba prácticamente todo el día en el templo y asistía a la ceremonia de la purificación de las madres. Se acercó a María, y, como si fuera amigo de Ella de toda la vida, tomó a Jesús en sus brazos, lo bendijo y profetizó que ese Niño sería luz de las gentes, gloria de Israel y signo de contradicción de todos los tiempos; y también, mediante una viva metáfora profetizó que María sería Corredentora del género humano. San Lucas nos lo cuenta de esta manera: "Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la liberación de Israel: el Espíritu Santo estaba en él, y le había anunciado que no moriría sin ver al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu fue al templo, y, al entrar los padres con el Niño para cumplir lo establecido por la ley acerca de Él, lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar morir en paz a tu siervo, porque tu promesa se ha cumplido. Mis propios ojos han visto al Salvador que has preparado ante todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel... Este Niño será signo de contradicción; y a ti una espada te atravesará el corazón" (Lc 2,25-35). ¿Asistiría Simeón a la ceremonia de la purificación de María? No lo dice el Evangelio, pero parece lo más probable.

Ceremonia de la purificación y presentación del Niño
En el momento oportuno llegó el sacerdote de turno con una túnica blanca, ribeteada con bordados dorados en las mangas, cuello y orla del bajo de la túnica. Sobre ella un manto de color rojo rebajado, y encima el efod, vestidura litúrgica corta y sin mangas, parecida a una dalmática, de color púrpura. Sobre su cabeza brillaba una tiara labrada con ricas piedras preciosas, signo de la dignidad del celebrante. Colgado del cuello llevaba un cordón dorado del que pendía un pectoral de oro reposando sobre el pecho.
María no pudo evitar el escalofrío de la cuchillada del primer cordero que se sacrificaba. Sintió la sensación de que le estaban rasgando el corazón, pensando en el cruento sacrificio de su Hijo, que estaba simbolizado en aquel cordero. Contuvo las lágrimas con entereza, mientras que luchaba por sobreponerse a las circunstancias.
Terminada la ceremonia bajó las escaleras sobrecogida, emocionada, con el rostro demudado y los ojos bañados en lágrimas. Cogió de los brazos de José al Niño Jesús, y, acompañada de su esposo, se dirigió hacia el altar de la presentación para ofrecer a su Hijo al Señor, después de haber entregado para el templo la ofrenda económica establecida.
El Evangelio destaca el hecho de la purificación de María silenciando la presentación del Niño Jesús en el Templo. Nos refiere el evangelista que "su padre y su madre estaban admirados de las cosas que decían de Él" (Lc 2,33).

La perfección consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios
Cada ser creado, por pequeño que sea, aunque parezca raro, extraño e inexplicable, tiene su función específica, su razón de ser y estar en el mundo creado por Dios para ser objeto de la Redención de Jesucristo. La ley tanto física como moral es necesaria para que la cosa sea lo que tiene que ser en la esencia misma de su perfección. La ley moral natural está dictada por Dios en la conciencia de cada hombre, revelada en el Decálogo en diez mandamientos, resumida por Jesucristo en el amor a Dios y al prójimo, y explicada por el Magisterio auténtico y perenne de la Iglesia. "La ley es la plenitud del amor" (Rm 13,10). El santo es el ser perfecto que cumple con perfección la voluntad de Dios.



María, modelo para el cristiano en el cumplimiento de la ley eclesiástica
Desgraciadamente, en nuestros tiempos, la fuerza obligatoria de los mandamientos se la Santa Madre Iglesia ha perdido su vigor para muchos cristianos con el agravante de que no pocos católicos los rechazan sin escrúpulo. Es una triste realidad, que hay que reconocer con humildad y tristeza. Muchos, llamados hombres de fe, no cumplen ya el precepto dominical. Se limitan simplemente a ir a Misa por apetencias personales o por obligaciones sociales. La confesión, por ejemplo, se ha infravalorado, descuidado o abandonado hasta el punto de que hay cristianos, comprometidos con la "Iglesia", que comulgan habitualmente y no reciben el sacramento del perdón. El ayuno y la abstinencia, prácticas vigentes en el Derecho canónico, se consideran normas penitenciales desfasadas, que han quedado reservadas a un grupo limitado, más o menos numeroso, de antiguos cristianos consecuentes con la fe tradicional. El mandamiento de ayudar a la Iglesia en sus necesidades es una obligación que se quiere cumplir roñosamente con limosnas en las colectas de la misas, donativos esporádicos de raquítico corazón y con  ocasión de recibir un sacramento o un servicio religioso.

La financiación de la iglesia

Fundamento bíblico
El comportamiento religioso de María en el templo, con ocasión de su Purificación como madre y Presentación del Niño a Dios Padre, nos facilita la oportunidad de tratar de pasada este tema, para imitar a María en el cumplimiento cristiano del quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia. En los antiguos catecismos el precepto de ayudar a la Iglesia en sus necesidades aparecía redactado con inspiración bíblica del Antiguo Testamento:"Pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios".Con estas palabras se imponía a los cristianos la obligación de contribuir a la financiación de la Iglesia, que pocas veces se hacía como Dios manda, sino como limosna a nuestra madre la Iglesia.
Diezmo significaba la décima parte de los productos del campo. "Llevarás a la casa del Señor, tu Dios, lo más florido de tu tierra" (Ex 34,26). Y se llamaban primicias los frutos primeros de la vida humana o animal: los primeros nacidos, hombres o animales eran propiedad exclusiva de Dios. Los primogénitos de mujer debían ser consagrados a Dios; y los de los animales tenían que ser sacrificados para expiar los pecados del pueblo de Dios. "Yo inmolo al Señor todo animal primogénito y rescato al primer nacido entre mis hijos" (Ex 13,1-2).
Los frutos de la tierra se destinaban para la financiación del templo: culto, manutención de sacerdotes, ministros, servidores y obras sociales de ancianos, viudas, huérfanos y pobres. El antiguo pueblo de Israel cumplía preferentemente el precepto de los diezmos y primicias con ocasión de celebraciones religiosas como la fiesta de las semanas y la fiesta de las primicias de la recolección, al terminar el año (Ex 34,22).

Fundamento histórico
La primitiva comunidad de Jerusalén vivía el Evangelio de Jesucristo con desprendimiento de corazón, prácticamente como si tuvieran voto de pobreza, aunque no existía entonces este vínculo jurídico de consagración a Dios. La fe en Cristo resucitado hacía que todos escucharan las enseñanzas de los Apóstoles, vivieran unidos, fueran constantes en la oración, en la celebración de la Eucaristía y en la unión fraterna, de manera que todo lo tenían en común. Vendían las posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno (Hch 2, 41-47;4,32-35).Pero no todo era jauja, pues como aquella comunidad cristiana estaba compuesta por hombres, y dicen que "en todas partes se cuecen habas", tenía también sus cosas, como sucede y sucederá siempre en todas las instituciones humanas. Un tal Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del dinero. Pedro le reprendió por este grave pecado. Y, no pudiendo resistir las palabras del Apóstol, cayó muerto. Y lo mismo le sucedió a su mujer Safira, cómplice de este robo (Hch 5,1-10).

Sustentación de los diezmos y primicias
A partir del siglo VI, cuando el cristianismo se fue extendiendo por todas partes, se enfriaron los primeros fervores de los cristianos, y muchos, paganizados, dejaron de cumplir el deber sagrado de pagar los diezmos. Fue entonces cuando la Iglesia se vio obligada a poner paulatinamente leyes sobre las ofrendas, inspirándose en las normativas del Antiguo Testamento. El momento histórico culminante de la institución legislativa de la contribución a la Iglesia mediante los diezmos y primicias tuvo lugar en los siglos del XI al XIII, coincidiendo con el feudalismo. La crisis de los diezmos sobrevino cuando en la Edad Moderna la economía agraria se transformó en capitalista. Las causas fundamentales fueron la ruptura de la unidad religiosa en Europa con el resurgimiento del protestantismo y la industrialización. Estas circunstancias hicieron que los diezmos desaparecieran en Francia durante la revolución, en el año 1789. En España fueron abolidos por la desamortización de Mendizábal el año 1837. En sustitución de los diezmos surgieron los aranceles eclesiásticos, obligaciones económicas con las que los fieles aportaban una ayuda en metálico a la Iglesia, con ocasión de recibir un sacramento o un servicio religioso. La legislación antigua del Derecho Canónico de Benedicto XV, año 1917, en el canon 1.502 establecía la obligación cristiana de ayudar a financiar la Iglesia con la bíblica expresión de pagar diezmos y primicias, dejando el modo de cumplir este precepto a los peculiares estatutos o costumbres laudables de cada región. El vigente Derecho Canónico, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1983, recuerda en el canon 222 el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia con estas palabras:"Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros". El canon no especifica ni el sistema de aportación económica ni la cuantía. Deja a la autoridad del Obispo o de las Conferencias Episcopales el sistema de contribución a la Iglesia. Este precepto puede cumplirse también con prestaciones personales.
En la Archidiócesis de Madrid se suprimieron los aranceles el año 1965, siendo Arzobispo D. Casimiro Morcillo. Desde entonces hasta nuestros días los fieles ayudan al sostenimiento de la Iglesia mediante aportaciones económicas voluntarias, con ocasión de recibir los sacramentos o servicios religiosos; y también por medio de donativos, colectas, cepillos o suscripciones periódicas.

Desamortización de Mendizábal
Juan Álvarez Mendizábal nació en Cádiz el 25 de Febrero de 1790, y murió en Madrid en Noviembre de 1853. Era descendiente de judíos. Sus padres fueron comerciantes de objetos viejos, ropavejeros. Desde muy joven mostró especiales cualidades para el mundo de las finanzas. Era político independiente, liberal y anticlerical. Exilado por el gobierno español en 1823, vivió en Londres doce años, donde montó un gran negocio y se hizo inmensamente rico, consiguiendo un gran prestigio entre los ingleses. Más tarde fue repatriado por el Gobierno español, afín a sus ideas políticas, y fue ministro de Hacienda tres veces, llegando a ser jefe del Gobierno desde el 15 de Septiembre de 1835 al 15 de Mayo de 1836, es decir ocho meses. El 11 de Octubre de 1835 declaró disueltas todas las Órdenes religiosas existentes en España, excepto las dedicadas a la pública beneficencia. El 19 de Febrero de 1836 declaró la venta de los bienes de la Iglesia para pagar la deuda nacional y solucionar el gravísimo problema social que existía entonces en España.
La desamortización eclesiástica fue un expolio de los bienes de la Iglesia, difícilmente justificable desde el punto de vista legal y moral. Usurpadas las posesiones eclesiásticas, fueron subastadas públicamente con el resultado que se preveía: conseguir que los ricos, gobernantes y políticos compraran más posesiones subastadas, así se hicieran más ricos y los pobres más pobres y el Estado se quedó con las mismas o más trampas que antes tenía.

Ayuda económica del gobierno a la Iglesia
El Gobierno debe seguir contribuyendo a la financiación de la Iglesia, aun en el caso hipotético de que haya restituido ya los bienes usurpados con motivo de la desamortización de Mendizábal, porque la Iglesia es una Institución social importante y una Sociedad benéfica que contribuye, como ninguna otra, a solucionar los problemas sociales de educación cívica, atención sanitaria, pobreza y marginación del Mundo. Por tanto, queda suficientemente probado que el Estado no regala a la Iglesia nada con las asignaciones económicas que le concede, sino que cumple una obligación de justicia, invirtiendo parte de los fondos de los españoles para un bien común de la Sociedad.


sábado, 25 de enero de 2020

Tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A



Vocación

El evangelio de este domingo nos habla de la vocación de Pedro, Andrés, hermanos y de la de otros dos hermanos Santiago y Juan. Los cuatro eran amigos y pescadores de profesión. Aprovecho esta ocasión para tratar el tema de la Vocación en los siguientes apartados
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Vocación cristiana
Clases Santidad
Vocación  de santidad en todos los estados de la vida
Apostolado, obligación bautismal
Vocación consagrada

Vocación cristiana

¿Qué es la vocación?

La vocación humana es una especie de instinto natural que nace de lo más profundo del ser humano y lo empuja, de manera permanente, hacia un bien: el arte, la ciencia, la profesión, el deporte, la religión. Como son muchos los bienes a los que una persona puede estar inclinada, son diferentes las vocaciones que existen. Cuando la persona se siente  inclinada permanentemente  con dotes especiales hacia el arte, se da  en él vocación artística; si a la  ciencia, vocación científica; si a determinado trabajo, vocación profesional; si al deporte, vocación deportiva; si a la religión, vocación religiosa…
No es lo mismo vocación que gusto por las cosas, pues la vocación requiere cualidades para las cosas que gustan. El gusto es una simple complacencia por ciertas cosas, pero si no se tienen cualidades para desarrollarlas, no es vocación; ni tampoco es igual que obligación de hacer ciertas cosas, pues en este caso hay que hacerlas, guste o no guste. La vocación cristiana es obligatoria a todos los bautizados, radica esencialmente en el bautismo y hay que potenciarla con el esfuerzo de la oración, recepción de los sacramentos, principalmente el de la Eucaristía y el de la Penitencia, y el ejercicio de las obras buenas. La santificación del cristiano es una vocación común, y no una casta privilegiada de personas dotadas de cualidades excepcionales. Su desarrollo es un misterio que evoluciona de muchas maneras. No todos los cristianos están llamados al mismo grado de santidad, de la misma manera que no todos los hombres, siendo iguales en naturaleza, son los mismos en cualidades y dones naturales.

Clases de santidad

Adecuando la santidad a la calificación que se hace en la docencia podríamos decir que existen cinco clases de santidad: Santidad suficiente, Santidad de aprobado por misericordia; Santidad notable, Santidad de sobresaliente y Santidad de matricula de honor.

Santidad suficiente

La santidad suficiente consiste esencialmente en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia, de las obligaciones propias del estado, del trabajo, en el ejercicio común de las virtudes, y en la aceptación de la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste. Es santo común  el cristiano que vive y muere en estado de gracia, sin pecado mortal, aunque tenga pecados veniales y defectos. Si muere limpio de pecado grave, merece la calificación de suficiente y consigue el Reino de los Cielos, aunque tenga que purificarse un tiempo en el Purgatorio.

Aprobado por misericordia

Dios aprueba con un “cinquillo”, por los pelos, en virtud de su infinita misericordia, a muchísimos cristianos, no practicantes, que no cumplen estrictamente la Ley de Dios ni de la Iglesia, pero ejercitan las virtudes cristianas, según ellos entienden y saben, pues la evaluación moral de los actos sólo Dios la juzga. El Espíritu Santo activa en ellos la santidad excepcional, basada en la bondad humana, que por la omnipotencia divinamente infinita de su misericordia hace las veces de gracia; y también aprueba, de manera singular, a millones de religiosos de otras religiones, no católicas, que viven su fe con sincero corazón, y al número impensable de hombres que hacen el bien, según ellos entienden en su recta conciencia

Santidad notable


La santidad notable consiste en cumplir las obligaciones cristianas de la santidad suficiente, hacer por evitar el pecado venial en lo posible, y en ejercer notablemente las virtudes cristianas. Esta santidad se vive con defectos personales, que no siempre son pecados, sino muchas veces ofensas a los hombres. Dios permite los fallos humanos en los cristianos para que se compruebe  que la santidad es radicalmente gracia, y los defectos humanos son factores necesarios para el conocimiento de Dios, el propio y la comprensión de los hombres.

Santidad sobresaliente

Los cristianos que viven en gracia, superan, en general, el pecado venial y ejercitan de modo heroico las virtudes cristianas, merecen la calificación de sobresaliente en la santidad. Los santos, que vivieron y murieron con calificación de sobresaliente tuvieron ciertos defectos temperamentales, que no quitaron el brillo de su santidad, sino que con ellos hicieron que resplandeciera la mayor gloria de Dios y la omnipotencia de su sabiduría divina. Los defectos fueron para ellos gracias de humillación, que no empañaron el brillo de su santidad, de la misma manera que la luz del sol pasa a los recintos del interior, aunque los cristales no estén totalmente limpios.

Sobresaliente con matricula de honor

Algunos santos, como, por ejemplo, los Apóstoles, San Pedro Poveda y otros, sufrieron el martirio físico, cuyo acto purificó sus pequeños fallos humanos, borrados con su sangre derramada por Cristo, y merecieron la calificación de matricula de honor, la máxima calificación en la santidad. También otros millones de santos, como San Ignacio de Loyola, San Francisco de Paula, San Vicente de Paúl y otros vivieron la santidad con idéntica calificación, sufriendo por Cristo en favor de los hombres el martirio moral de su vida en una entrega total y absoluta a la Iglesia; y otros, muchísimos, quizás nuestros padres, hermanos y amigos, consiguieron la santidad de modo heroico sencillo en el cumplimiento de la Ley y ejercicio de virtudes, y fueron canonizables, pero no canonizados por la Iglesia: santos del silencio.

Vocación consagrada   

Muchos cristianos obtienen, además de la vocación bautismal común de la santidad, la vocación de perfección evangélica, viviendo los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad u otros vínculos aprobados por la Iglesia. El modo de vivir esta específica consagración está determinado por los Fundadores en las Constituciones de sus Obras, escritos que luego sus seguidores viven por reglas y normas legítimamente establecidas.

Vocación de santidad en todos los estados de la vida

El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia nos dice:
“Todos los fieles, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios, cada uno por su camino, a la santidad por la que el mismo Padre es perfecto” (LG 11)
Así como la naturaleza humana es la misma esencialmente para todas las personas, pero, personificada, cada una de ellas es distinta en el ser y en el obrar, así también la vocación cristiana es esencialmente la misma para todos los cristianos, bautismal, pero diferente en grupos y en cada una de sus componentes. De la misma manera que el agua es sustancialmente la misma, aunque adopte formas diferentes en cantidad y formas, según sea el continente donde se recibe o se comunique, según sea la voluntad de Dios y la correspondencia a la gracia.Es como la voz humana que tiene el mismo sonido en el idioma que se hable, pero en cada hablante su propio timbre. La santidad de cada bautizado tiene su expresión en todos los estados de la vida: en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la virginidad elegida o aceptada, en el matrimonio, viudez y en otros estados civiles admitidos por la legislación canónica de la Iglesia.

Apostolado, obligación bautismal

        Dios Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a todos los hombres, mediante el misterio pascual. Terminado el período histórico de la Redención, realizada por Jesucristo personalmente en esta vida, ascendió a los Cielos para seguir desde allí realizando la Salvación ministerialmente, por medio de la Iglesia hasta el fin de los tiempos.


Jesucristo resucitado, antes de subir a los Cielos, encomendó su propia misión, recibida del Padre, a los Apóstoles con estas palabras: "Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,18-20)

La misión evangelizadora de la Iglesia, Sociedad misteriosa y compleja, es una empresa universal que compete a todos los cristianos: a los obispos, sacerdotes y diáconos, jerarquía de la Iglesia; a los religiosos y religiosas, personas consagradas, y también a los laicos, aunque de distinta manera, según los dones que cada uno ha recibido del Espíritu Santo. El carácter bautismal configura al cristiano en otro Cristo, y le hace participar de la triple misión de la Iglesia: profética, regia y sacerdotal.

La santidad apostólica es una obligación común de todo cristiano, en virtud del carácter bautismal, aunque de distintas maneras y con distintos matices. Todo bautizado, de cualquier color de piel, edad, salud, cultura, ideología, religión, condición social, estado civil y religioso y en cualquier lugar geográfico debe ser santo en algún grado, apóstol o misionero de Cristo, de una o de otra manera. "El apostolado de la Iglesia y de todos los miembros se ordena, en primer lugar, a manifestar al mundo con palabras y obras el mensaje de Cristo, y a comunicar su gracia por medio del misterio de la Palabra y de los Sacramentos, misión encomendada, de forma especial, al clero" (AA 6) "La fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital con Cristo" (AA 4)

"La obra redentora de Cristo no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia, sino también el impregnar y perfeccionar a todo el orden temporal con el espíritu evangélico"(AA 5)

"La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está atada a sistema político alguno, es a la vez signo de salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana"... En todo momento y en todas partes debe predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y situaciones (GS 76)

El apóstol es un simple instrumento de salvación en las manos de la Persona de Jesucristo. Cuanto más perfecta sea la canalización de la gracia, más eficaz puede ser la salvación de los hombres. Así como el agua llega a un recipiente por medio de un canal de barro que de oro, pero no con la misma pureza, así también la gracia de Dios llega a los hombres igual en su naturaleza pura por medio de un pecador que de un santo, pero con diferente calidad de perfección. La gracia de Dios llega a los hombres con las connotaciones propias del apóstol que la transmite: con las virtudes del santo y las adherencias del pecador. Las cualidades personales del apóstol, aunque son muy importantes, no son absolutamente necesarias para la transmisión de la gracia y la eficacia del apostolado, porque es Dios quien salva, por medio de los hombres, o sin ellos, de manera misteriosamente misericordiosa.


sábado, 18 de enero de 2020

Segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


             Terminado el ciclo de Navidad, en el que hemos celebrado el nacimiento del Señor, la Sagrada Familia, Santa María, Madre de Dios y la Epifanía del Señor, comenzamos el tiempo ordinario con la celebración de la fiesta del Bautismo del Señor.

            El Bautismo que recibió Jesús en el río Jordán, de manos de San Juan Bautista, era un bautismo de conversión, de arrepentimiento de los pecados, de consagración al servicio del pueblo de Dios, no para arrepentirse de sus pecados, ni convertirse, pues por ser Dios no tenía ni podía tener pecado alguno; ni tampoco para consagrarse al servicio del pueblo de Dios, sino para dar ejemplo de perfección en el cumplimiento de la ley judía. No fue el mismo que hemos recibido nosotros, que es uno de los siete sacramentos instituido por Jesús, el más necesario para la salvación eterna, pero no el más excelente que es el de la Eucaristía. 

            La fiesta del bautismo del Señor nos ofrece  una oportunidad para hablar del sacramento del bautismo, que gracias a Dios todos hemos recibido.

            El bautismo es un sacramento que produce entre otros tres efectos principales:  infunde la gracia santificante por la que el hombre se hace hijo de Dios y heredero de su gloria, borra el pecado original, y también todos los pecados personales de quien lo recibe de adulto, y lo incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia.

             Ante esta realidad misteriosa, cabe una pregunta: ¿Qué pasa con los millones de hombres que no se bautizan en la Iglesia Católica? ¿No son hijos de Dios, no se les perdonan el pecado original y todos los personales, y no pertenecen al Cuerpo místico de la Iglesia?  

Para contestar a esta pregunta, vamos a establecer un principio teológico enseñado siempre por la Doctrina de la Iglesia: La gracia de Dios, que es sabiduría omnipotente e infinitamente misericordiosa, hace que su gracia de salvación llegue misteriosamente a todos los hombres, de manera que cada uno pueda salvarse, si quiere, la mayor parte de las veces, por diversos e inimaginables caminos o medios, desconocidos por la ciencia  teológica. Valga el ejemplo del buen ladrón que recibió la gracia de la misericordia de Dios, sin conocer a Cristo ni su doctrina, estando crucificado por sus pecados y delitos. Se convirtió  por el misterio de la infinita misericordia divina, suplicando a Jesús la simple petición de un recuerdo, que se convirtió, al instante, en la posesión el Reino e los Cielo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Aquel buen ladrón recibió la gracia de la salvación y con ella, por vía misteriosa de la misericordia divina, se le perdonó el pecado original y todos los pecados personales, quedó hecho hijo de Dios adoptivo, fue incorporado al Cuerpo místico de la Iglesia, y consiguió la vida eterna. Fue el primer santo canonizado de la Iglesia Católica.  Este ejemplo es válido y da respuesta a la pregunta que antes hemos formulado: Que la gracia infinita de la  sabiduría de la misericordia de Dios es la única que salva, dentro de la Iglesia, por camino que el hombre no conoce. 

El cauce normal y oficial, vía ordinaria, por voluntad de Jesucristo, es la Iglesia Católica, incluso aunque la gracia llegue a determinados hombres vía misteriosa. Expliquemos un poco esta realidad de salvación universal.

            El hombre, por el simple hecho de ser creado por Dios a su imagen y semejanza, es hijo de Dios por creación. Recibe en el seno íntimo de su ser gratuitamente la filiación divina, digamos natural, misteriosamente, en previsión de los méritos de Cristo.
El bautismo de agua y del Espíritu Santo es el sacramento ordinario de salvación para conseguir la salvación eterna, por voluntad de Jesucristo: “ID por el mundo entero pregonando la Buena Nueva a toda la humanidad. El que crea  y sea bautizado, se salvará, y el que se niegue a creer, se condenará”  (Mc 16,16). Pero admite suplencias comprensibles por razones históricas evidentes, múltiples causas  y circunstancias humanas, que la Iglesia resume de esta manera: 

- Bautismo de sangre para aquellos que derraman su sangre en favor de los hombres, pues, según nos dice el Evangelio, nadie ama más que el que da la vida por los hermanos. En este caso el martirio, entendido en sentido amplio de derramamiento de sangre,  hace las veces del sacramento de agua y del Espíritu Santo.
- Bautismo de deseo para aquellos millones de hombres que no conocen a Jesucristo ni pertenecen a la Iglesia Católica formalmente, pero que viven con sincero corazón la fe que conocen y en la que fueron educados.
- Bautismo de conciencia  para aquellos millones de hombres que no conocen al Dios verdadero, o profesan religiones falsas. Si obran consecuentemente en la recta conciencia del bien obrar, su conciencia equivale al bautismo. Se dice que Cicerón al morir dijo: Causa de todas las causas, ten misericordia de mí. Tal vez, a los ojos de Dios, esta frase pudo equivaler al bautismo de conciencia.

Estos hombres, situados en estos tres estados de suplencia de bautismo, reciben los mismos efectos que el bautismo de agua y del Espíritu Santo, sin ser sacramento.

Resumimos en principios la doctrina de la Iglesia, explicada en todos los tiempos, pero con más precisión en el Concilio Vaticano II:
 1 La gracia de Dios, infinito en sabiduría y bondad, es la única causa de salvación para todos los hombres y de todos los tiempos, por la que nos hacemos y somos verdaderamente hijos de Dios.
2  El medio ordinario y oficial es el bautismo de agua y del Espíritu Santo, administrado en la Iglesia Católica.
3 Pero por circunstancias históricas, humanas y otras diversas el sacramento del bautismo puede suplirse por infinitos modos, desconocidos por la ciencia teológica, que la doctrina de la Iglesia reduce a tres: el martirio, la buena voluntad en la vivencia de la fe que se conoce, la recta conciencia del bien obrar.

sábado, 11 de enero de 2020

Bautismo de Jesús. Ciclo A


Significado del bautismo

Después de pasar Jesús en Nazaret treinta años de vida oculta, totalmente entregado a la oración y al trabajo de la vida ordinaria en obediencia, realizando su primera y larga etapa de Mesías Redentor, se dirigió al Jordán para ser bautizado por Juan Bautista, con el fin de prepararse para la segunda parte de su vida pública redentora: pasión, muerte y resurrección.

La palabra bautismo, de origen griego, significa acción de lavado, purificación. El bautismo no era un acto sagrado, exclusivamente judío, pues en los pueblos paganos de la antigüedad, desde años inmemorables, era una ceremonia corriente que se celebraba, de diversas maneras, en muchas religiones politeístas. En algunos lugares el bautismo consistía en sacrificar víctimas humanas, ofrecidas a los dioses. Refiere Papini en su vida de Cristo que en Curio de Chipre, en Terracita, Marsella, en tiempos históricos indefinidos, se arrojaba todos los años un hombre al mar, para que, mediante el sacrificio expiatorio de su bautismo el pueblo quedara purificado de sus pecados.

El bautismo judío en el Antiguo Testamento consistía en un rito de ablución corporal, símbolo de limpieza interior o purificación de impurezas legales. No era un sacramento sino un rito sagrado que recibían los judíos que, habiendo escuchado la palabra de Dios, se convertían, confesaban sus pecados de manera genérica y se consagraban al servicio del Señor. San Juan bautista aconsejaba el bautismo para prepararse para la venida del Mesías.

Bautismo de Jesús

El bautismo judío que recibió Jesús no fue una alegoría contada poéticamente con cierto simbolismo místico por autores de los primeros siglos del cristianismo, como dicen algunos intérpretes modernos racionalistas, sino un hecho real de visión sobrenatural: la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.

Según se deduce del Evangelio de San Lucas (Lc 3,21), Jesús fue bautizado dentro de una celebración comunitaria. Cuando a Jesús le tocó su vez, Juan se fijó instintivamente en sus ojos, y sintió la corazonada de encontrarse en la presencia del Mesías. Entonces Juan, resistiéndose a bautizarlo, le dijo:
¿Tú acudes a mí? Si soy yo quien necesito que tú me bautices”.
Jesús le contestó:
Déjalo ya, que así es como nos toca a nosotros cumplir todo lo que Dios quiera” (Mt 3,14-15).

Entonces Juan lo bautizó. Y en el mismo instante de su bautismo, el firmamento se rompió en dos mitades, como si fuera el telón de un escenario, y un rayo de luz celeste, muy potente, enfocó toda la Persona divina de Jesús, quedando la Naturaleza en penumbra; y del espacio luminoso descendió una blanca paloma en ágil y rápido vuelo, que se posó por encima de la cabeza de Jesús, sin tocarla, y quedó en posición estática. La paloma ha sido tradicionalmente en la literatura profana y bíblica símbolo de amor, candor, pureza, sencillez, fidelidad y paz. Se hizo un impresionante y majestuoso silencio, y en medio de un ambiente sobrecogedor se dejó oír una voz, dulcemente sonora, que haciendo eco al chocar contra las montañas, decía:
Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto” (Mc 1,11).

La interpretación común de los Santos Padres y la teología católica tradicional entienden que en esta escena se reveló el misterio de la Santísima Trinidad, no conocido en el Antiguo Testamento. La primera Persona del Padre estaba representada en la voz que hablaba; la segunda en el Hijo, Jesús en quien se estaba bautizando; y la tercera, el Espíritu Santo, en la paloma misteriosa de belleza sin igual.
La Iglesia resume perfectamente el significado del bautismo de Jesús con estas palabras: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente... y es anticipo del bautismo de su muerte sangrienta” (Cat 536).

¿Por qué fue bautizado Jesús?

No se puede admitir católicamente la teoría de los ebionitas y adopcionistas del siglo II que afirmaban que “Jesús fue un pecador, como cualquier otro hombre, que se purificó y “divinizó” al ser adoptado por Dios en el bautismo”. Esta suposición es contraria a la fe católica, pues Jesús no pecó ni pudo pecar, porque es la Persona divina del Hijo humanizada, incompatible con el pecado.

El bautismo de Jesús fue un rito judío simbólico de penitencia, de consagración a Dios y en Jesucristo preparación para celebrar la segunda parte del misterio de la vida pública, pasión, muerte y resurrección, misterio pascual, y ejemplo para que los cristianos vivamos siempre la vida en conversión penitencial.


domingo, 5 de enero de 2020

Epifanía. Ciclo A

Hagamos unas reflexiones espirituales, simbólicas, sobre cinco puntos del episodio de la Epifanía: los Magos, viaje, oro, incienso y mirra.


Los Magos
Los magos eran científicos en astronomía, hombres de fe, no reyes, como piensa la tradición de devoción popular. Algunos autores bíblicos suponen con cierto fundamento que eran judíos o descendientes de ellos, que conocían la Sagrada Escritura, y por inspiración divina hicieron un viaje de Oriente a Occidente, a Belén, guiados por una estrella para adorar al Niño Dios, el Mesías, el Redentor del mundo.
Los Magos son símbolos de los buenos cristianos que hacen el viaje desde el Oriente de su nacimiento hasta el Occidente de su muerte llevando siempre consigo oro. Incienso y mirra para ofrecérselos a Jesús, Redentor y Salvador del mundo.

Viaje
El viaje que los Magos hicieron puede ser símbolo de la travesía personal que cada hombre hace desde el oriente de su nacimiento hasta el occidente de su muerte en este valle de lágrimas, como rezamos en la salve, En ese trayecto hay que pasar muchos sufrimientos por los desniveles y vericuetos del camino, cuestas, bajadas y subidas, lugares tortuosos que ofrecen peligros, que hay que evadir con habilidad y astucia, dificultades que nos regala el Señor para aprovecharlas para nuestra santificación. Debemos pisar tierra firme con tiento, sabiendo dónde posamos los pies, como peregrinos en marcha hacia la meta, llevando consigo los dones del incienso, oro y mirra, la escucha meditada de la Palabra de Dios, la recepción frecuente y fervorosa de los sacramentos y la acción de las obras buenas que alimentan el alma, para que cuando llegue nuestra muerte, podamos adorar, ver y gozar en el Cielo eternamente  del Niño Jesús, hecho hombre, glorioso y resucitado.

Estrella
La estrella que los Magos vieron en Oriente y le llevaron a adorar al Niño Dios puede ser para nosotros símbolo de nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Salvador, guiados por la estrella de la fe, que ilumina a los cristianos el camino que lleva al Belén del Cielo, enseñado por el magisterio auténtico de la Iglesia, como órgano de la Verdad: y no la estrella de los teólogos opinantes y ocurrentes por propia cuenta, o la de los escritores o periodistas que propagan las verdades que les interesan por propios fines o intereses.
La fe es oscura, pero cierta, segura y lúcida. Ilumina con claridad inconfundible todo nuestro tiempo de peregrinación para discernir las cosas verdaderas de las falsas, elegir y querer el bien y evitar el mal, rechazar el único mal que existe, que es el pecado, y aceptar todos los sucesos como gracias dentro de la providencia misteriosa de Dios Padre; y es también fuerza para atemperar las pasiones. En el belén eterno del Cielo la fe se convierte en visión y gozo eterno del Niño Jesús, hombre resucitado y glorioso.

Oro
El oro es uno de los metales más valiosos del mundo, considerado como símbolo de realeza, dignidad, autoridad, soberanía, riqueza, amor verdadero de un corazón bondadoso. Los Magos trajeron de su tierra los más ricos regalos para ofrecérselos al Niño Jesús, Rey de cielos y tierra en Belén. Para los cristianos es símbolo de un corazón limpio sin engaños, ni dobleces, ni intenciones perversas, torcidas y egoístas; también símbolo del oro de la gracia de Dios viva y eficiente en el ejercicio del amor a Dios y al prójimo. Es posible que algunos digan que no pueden regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque su vida pasada estuvo manchada por el óxido del pecado o en la presente está marcada por el pecado, la tibieza, la indiferencia o la apatía. ¿Cómo se va a regalar a Dios un corazón de oro falsificado, sin el brillo de quilates de gracia? Quizás ese sea tu caso. Hay tres caminos por los que se puede ir al Cielo: por el oro de la inocencia, de la conversión auténtica, o el de la penitencia.

Incienso
El incienso era en el Antiguo Testamento una sustancia aromática que se quemaba en el Tabernáculo de Moisés y en el Templo de Jerusalén sobre un incensario o en los braseros que estaban al pie del altar, como ofrenda valiosa para adorar a Dios. En la liturgia católica es un símbolo de oración, reconocimiento de la dignidad de Dios. El incienso quemado en el corazón, dorado por la gracia operativa hace que se expanda por todo el mundo en bien de todos los hombres y sube al Cielo como gloria y alabanza a Dios.

La mirra
La mirra es una sustancia muy valiosa y apreciada en Oriente. Se usaba en perfumería y medicina, aprovechando sus cualidades soporíferas, mezclada con bebidas diversas para calmar los dolores; y también para embalsamar los cadáveres. En sentido cristiano es signo de la cruz física y psíquica, personal, familiar y social.
En conclusión: Seamos como los magos de Oriente, que guiados por la estrella de la fe hagamos la travesía del oriente de la tierra hasta el occidente del Cielo con la vivencia habitual de las ofrendas del oro de la vida santa, el incienso de una oración de alabanza a Dios, y la mirra de nuestro dolor, hecho redención.