sábado, 18 de mayo de 2024

Pentecostés. Ciclo B

 


Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, día en que el Espíritu Santo vino sobre los Apóstoles: el comienzo oficial de la Iglesia Católica.          

Sucedió este hecho cincuenta días después de resucitar Jesús y de manera espectacular, como nos refiere el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2,1-11). De repente, dentro de la casa donde se encontraban los discípulos reunidos, que probablemente era el Cenáculo, se oyó un ruido espantoso, como de un viento recio, y aparecieron unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Con estos símbolos de viento y lenguas de fuego se significaba la infusión del Espíritu Santo en cada uno de los Apóstoles. Entonces, se produjo milagrosamente el hecho de cada Apóstol hablaba en la lengua que el Espíritu Santo le sugería, de manera que todos los oyentes, que eran muchos y de distintas lenguas, les entendían en su propio idioma con la admiración y el espanto de todos.

Aprovechando esta fiesta singular, os voy a hablar brevemente de los dones del Espíritu Santo.

Para mejor entender este tema, me parece conveniente recordar lo que todos sabemos, el significado de don. 

Don, en general, es un regalo que una persona hace a otra por liberalidad, es decir porque quiere, y por benevolencia, es decir, con el fin de hacer bien a la persona que recibe gratuitamente el don. Se excluye, por tanto, toda obligación de justicia o recompensa por un trabajo que se hace.

Empezamos por decir que el Espíritu Santo, como Persona, es Dios, igual que el Padre y el Hijo, que son tres Personas distintas y solo Dios verdadero en la Santísima Trinidad, como sabemos por el catecismo elemental. Las tres divinas Personas realizan las mismas operaciones, pero a cada una de Ellas se le atribuye una acción específica diferente: al Padre  la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación de la Iglesia. Pero las tres  Personas, como Dios, crean, redimen y santifican.

La liturgia llama al Espíritu Santo el don de Dios altísimo, como Persona en el seno íntimo de la Santísima Trinidad, que es Amor, el Dios Santificador, porque santifica o vivifica a todos los hombres, como si fuera el alma de la Iglesia, de manera parecida a como el alma vivifica el cuerpo. Por tanto, el Espíritu Santo es en sí mismo DON PERSONAL.

Del Espíritu Santo, como don en sí mismo personal, proceden todos los dones o bienes que existen, tanto en el orden natural como sobrenatural, que no son otra cosa que efectos totalmente gratuitos del infinito amor con que Dios nos ama trinitariamente. Por consiguiente, en sentido amplio, se puede decir que todo lo bueno que hemos recibido de Dios es don del Espíritu Santo. La Creación entera, el Universo, con todos los seres que existen, visibles e invisibles, son regalos de Dios Uno y Trino, dones físicos del Espíritu Santo. Pero en sentido teológico propio los dones que el Espíritu Santo nos regala son humanos, es decir se refieren al hombre. Se pueden clasificar en tres grupos:

- dones naturales  humanos, corporales y espirituales, no sobrenaturales, que el Espíritu Santo concede a los hombres en su propio ser, en el cuerpo y en el alma, como por ejemplo la belleza, la fortaleza, la salud, la buena voz, las distintas aptitudes para realizar bien cosas pronto y con eficacia, el talento, memoria, sentido del arte en todas sus dimensiones etc...

- dones sobrenaturales que son las gracias actuales que el Espíritu Santo regala a los hombres, de maneras muy diferentes y de modo misterioso,  que superando la capacidad del ser humano, no pertenecen al complejo sobrenatural de la gracia.

- y dones del Espíritu Santo en sentido propio que forman parte del complejo sobrenatural de la gracia.

Cuando recibimos el bautismo el Espíritu Santo nos infunde un organismo sobrenatural compuesto de gracia, fundamento de la vida espiritual, virtudes que son las potencias de operación sobrenatural y los dones del Espíritu Santo, como instrumentos de perfección o santidad.

De estos dones vamos a  hablar brevemente.

Existencia de los dones del Espíritu Santo

Por la simple razón humana no se puede conocer la existencia de los dones del Espíritu Santo, sino por revelación. Los Catecismos de todos los tiempos, incluido también el Catecismo de la Iglesia Católica de Juan Pablo II, enseñan que son siete: “don de sabiduría, don de entendimiento, don de consejo, don de fortaleza, don de ciencia, don de piedad y don de temor de Dios. Estos dones completan y llevan a la perfección las virtudes de quienes los reciben y hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud las inspiraciones divinas”, como nos dice el Catecismo de Juan Pablo II (Cat 1831).

El fundamento de estos dones está basado en el profeta Isaías: “Espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejero y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Dios (Is 11,2). Falta el don de piedad, que ha sido incorporado por la doctrina de la Iglesia y de los teólogos escolásticos.

El Espíritu Santo santifica con sus siete dones, pero también  con otros que la ciencia teológica no conoce, pues la infinita sabiduría y omnopotencia de Dios no se puede ceñir solamente a siete modos de santificar. Definamos cada uno de ellos, aunque no los expliquemos por razón del tiempo. 

  • El don de sabiduría  no consiste en saber muchas cosas de Dios, en dominar la sabiduría teológica, sino en saborear los misterios de Dios por fe o con consolaciones.
  • El  don de entendimiento hace que la inteligencia de quien lo posee se llene del Espíritu Santo y discurra siempre sobre las verdades de fe, de manera que, sin estudios especiales, penetre y explique los misterios de Dios.
  • El don de consejo comunica la ciencia de aconsejar bien en todos los problemas que se relacionan con la virtud, en orden a la santificación y la vida eterna,  incluso también en los asuntos humanos.
  • El don de fortaleza potencia al cristiano para defender la fe, vivirla y soportar todo tipo de pruebas y dificultades de la vida.
  • El don de piedad excita en la voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios, considerado como Padre, y un sentimiento de fraternidad universal para con todos los hombres, en cuanto hermanos nuestros e hijos de Dios Padre.
  • El don de temor de Dios regala al cristiano docilidad especial para someterse totalmente a la voluntad de Dios, cumpliendo los mandamientos, con temor al propio pecado, que puede merecer el castigo justo de Dios.

El Apóstol San Pablo, en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos dice que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Por consiguiente, los dones del Espíritu Santo se conceden para el servicio de todos en funciones diferentes, es decir para el bien común de todos los miembros de la Iglesia, y no para uno mismo o en beneficio de unos cuantos.

Todos los cristianos, en virtud del sacramento del bautismo, como hemos dicho, poseemos todos los dones del Espíritu Santo, cuyo desarrollo depende de la medida del don que se nos regala y de la correspondencia que el cristiano lo secunda  con oración y obras buenas.

Los dones del Espíritu Santo son diferentes a los carismas, que son dones del Espíritu Santo también, pero que concede a unos cuantos en bien de la Iglesia, como son, por ejemplo,  las inspiraciones que los fundadores y otros cristianos reciben para fundar Institutos u obras de la Iglesia, a favor de algunos cristianos, no todos, para el bien de la Iglesia en general.

Pidamos al Espíritu Santo nos conceda la gracia de secundar con frutos los dones que hemos recibido del Espíritu Santo, con el fin de vivir en plenitud nuestra vocación cristiana, que es vocación de santidad. 

sábado, 11 de mayo de 2024

Ascensión del Señor. Pascua. Ciclo B

 




En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11) de la solemnidad de la Ascensión, que estamos celebrando, se nos dice que  mientras los Apóstoles miraban fijos al Cielo, viendo cómo Jesús se marchaba, una nube se lo quitó de la vista, y dos ángeles, en forma de hombres vestidos de blanco, se les aparecieron diciendo:

- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse

 LOS CIELOS NUEVOS Y LA TIERRA NUEVA

 Está revelado y es doctrina de la Iglesia Católica que al fin de los tiempos, todas las cosas creadas del Universo serán transformadas en Cristo (Ef 1,10). La Creación entera se convertirá en “los nuevos cielos y la nueva Tierra”, de los que nos habla la Palabra de Dios (2 P 3,13;Apoc 21,1). Es decir vendrá el fin del mundo.

El Evangelio nos habla de este espectacular acontecimiento con imágenes vivas y espeluznantes que explican analógicamente la realidad de este suceso revelado, que ni siquiera se puede imaginar. ¿Cómo será? ¿Cuándo tendrá lugar? Nadie lo sabe, como nos dice el Evangelio:

“El sol se hará tinieblas, la luna no dará su esplendor, las estrellas caerán del Cielo, los astros se tambalearán... El día y la hora nadie los sabe, ni siquiera los ángeles del Cielo ni el Hijo, sólo y únicamente el Padre” (Mt 24,29-30.36)

Será, sin duda, ese singular acontecimiento un cambio radical y total del Cosmos y del mundo entero, cuya realidad deberá ser espantosa. Todos los astros: estrellas, planetas, satélites y demás cuerpos celestes que hay en el firmamento, que desconocemos y conocemos, sufrirán un cambio brusco en su ser y en su funcionamiento. Cesarán sus leyes físicas y serán sustituidas por otras metafísicas materiales de naturaleza desconocida, que el más sabio de los astrónomos no puede ni siquiera imaginar. La Tierra, el hermoso planeta azul en el que vivimos, santificado por la presencia de Jesús, en el que nació, vivió, murió y resucitó, sufrirá en sus entrañas una transformación espantosa en su constitución, en sus leyes y en su estructura exterior. La Tierra de entonces será sustancialmente la misma, pero perfeccionada al máximo, con características tal vez acomodadas para ser el habitáculo de los cuerpos gloriosos, como imaginan algunos teólogos. 

 Veamos lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre este tema:

“La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3,13;Ap 21,1)...En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre... Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado” (Cat 1046-1047).

“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS,1)

LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

La creencia en la resurrección de los muertos forma parte integral de los artículos de la fe, como afirmamos en el Credo de la iglesia Católica que rezamos en la Santa Misa: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” Nadie que se considere católico de manera consecuente puede negar la verdad revelada de que Cristo nos resucitará en el último día (Jn 6,39-40).

Cuando morimos, el alma se separa del cuerpo y es juzgada por Dios en juicio particular con sentencia eterna, que será confirmada públicamente delante de todos los hombres en el día del juicio universal, al final de los tiempos. Y el cuerpo, muerto para la vida, volverá a la tierra, de la que fue hecho, para esperar el día de la resurrección de los muertos.

Cuando llegue el último día, el fin del mundo, todos los muertos “resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc de Letrán IV: DS 801), transformado en  cuerpo de gloria (Flp 3,21), “en  cuerpo espiritual” (1 Co 15,44; Cat 999).

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

“El Señor mismo, a la señal dada por la voz de un arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del Cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán (1 Ts 4,16; Cat  1001).

Nadie sabe el día en que este acontecimiento espectacular tendrá lugar, ni tampoco cómo, porque no ha sido revelado. Este hecho sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe” (Cat 1000).

Esta es la sustancia de la fe católica respecto del dogma de la resurrección de los muertos. Todas las demás explicaciones son teorías de teólogos que hacen sus propios discursos, más o menos fundados, sobre estas verdades innegables.

Santo Tomás de Aquino, y con él la mayoría de los teólogos, piensa que resucitará el mismo cuerpo que tenemos ahora con su propia materia, numéricamente la misma. “Para que resucite el mismo hombre numéricamente, no se requiere que todo cuanto estuvo materialmente en él durante la vida se tome de nuevo, sino solamente lo suficiente para completar su debida cantidad”.

El Catecismo de San Pío V que recoge las doctrinas del Concilio de Trento, dice que los cuerpos gloriosos gozarán de cuatro dotes principales:

 - impasibilidad” , “esto es una gracia y dote que hará que los cuerpos no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá hacer daño, ni el rigor del frío, ni la fuerza del calor, ni el furor ni de las aguas”.

 -“Sutileza” o dote por el que el cuerpo glorioso “se sujetará completamente al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio.

 -“Agilidad” “en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiere el alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento”.

El cuerpo glorioso podrá trasladarse a sitios remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. Sin embargo, este movimiento, aunque rapidísimo, no será instantáneo.

 - “Claridad”  por la que brillarán como el sol los cuerpos de los santos.

Será un resplandor supranatural con más luminosidad que la más brillante de las estrellas.

Al estar resucitado el cuerpo, los sentidos tendrán su propia gloria, de modo que cada uno podrá ejercer, si quiere, su propia función, en grado eminente con gozo accidental, pues la glorificación esencial consistirá en la visión, posesión y gozo de Dios totalmente y para siempre. Santo Tomás de Aquino llegó a decir que las cicatrices de las llagas de Cristo y las de los mártires resplandecerán en el Cielo como focos que proyectarán luz sin deslumbrar con brillo especial.



EL JUICIO FINAL

Transformadas todas las cosas, es decir, convertidas en los nuevos Cielos y la nueva Tierra, los vivos y muertos, justos y pecadores, resucitados, serán juzgados en un juicio universal para que toda la persona humana (cuerpo y alma) participe de la suerte eterna que haya merecido el día de su muerte en el juicio particular: Cielo o Infierno, pues el Purgatorio ya no existirá. Los que entonces vivan morirán y serán resucitados al momento, y los muertos anteriormente resucitarán también. Y, todos, sin saber cómo, compareceremos delante de Jesucristo para ser juzgados públicamente. No se conocen ni el lugar del juicio ni sus características. Será una confirmación de la sentencia definitiva del juicio particular, que será presenciada por todos los hombres. Todo sucederá en fracciones de segundos, sin sucesión de tiempo. Entonces resplandecerá claramente la infinita y bondadosa sabiduría de Dios, Creador y Redentor de todos los hombres y de todas las cosas. Luego, se clausurará el Reino de Cristo en la Tierra, que comenzó al principio del tiempo, preparado en el Antiguo Testamento, fundado por Jesucristo, consolidado con la venida del Espíritu Santo y continuado por la Iglesia hasta la Parusía. Y, por fin, Cristo Rey instaurará la Iglesia eterna, cuyo reino no tendrá fin.

Entonces, se revelarán todos los secretos de este mundo y misterios de los hombres y se comprobará con clarividencia que todo lo que sucedió en el tiempo fue según los designios de Dios y en conformidad con la libre elección del hombre. Conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia condujo todas las cosas a su último fin.

Este gran acontecimiento final del tiempo, lo describe así el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores” (Hech 24,15), precederá al juicio final. Este será la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5,28-29;Cat 1038).

“El juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (Cat 1039).

sábado, 4 de mayo de 2024

Sexto domingo de Pascua. Ciclo B

 


Dios es el Ser increado, eterno, Ser necesario que tiene en sí mismo la razón de existir y es la causa de todo lo creado. Por tanto, no cabe dentro del entendimiento humano, como no caben todas las aguas de los Océanos, mares y ríos que hay en la Tierra dentro de un dedal. Por tanto, no puede ser entendido por ninguna criatura racional, y menos ser definido. La definición más perfecta que conocemos sobre lo que es Dios nos la da el Apóstol San Juan en su primera carta, que hoy la liturgia de la Palabra del sexto domingo de Pascua nos refiere en la segunda lectura: Dios es Amor. Luego el amor, amor verdadero, auténtico, espiritual, divino, que procede de Dios es lo más grande que existe.

Dios ha demostrado su amor al hombre creándolo a su imagen y semejanza y redimiéndole del pecado por medio de su Hijo que padeció, murió y resucitó para hacerle partícipe de su vida divina eternamente en el Cielo. Y para que esta maravilla pudiera llevarse a cabo instituyó los sacramentos, medios de comunicación de la gracia que el cristiano necesita para ser salvado.

Cada sacramento es una gracia especial de Dios que produce el efecto que el que lo recibe necesita. El hombre que nace en pecado original, muerto a la vida sobrenatural de la gracia, en el Bautismo recibe el perdón de pecado original y de los pecados personales, si los tuviere,  y la sobrenaturaleza de la vida divina de la gracia, que es una participación de la misma naturaleza de Dios. En la Confirmación, el cristiano recibe la fortaleza del Espíritu Santo para vivir y defender su fe en medio de los múltiples peligros de la vida y tentaciones del enemigo. La Penitencia, sacramento de Reconciliación, perdona los pecados del hombre pecador y lo reconcilia con Dios y las Iglesia; la Eucaristía alimenta al hombre con el Cuerpo y la Sangre de Jesús para poder vivir en gracia y fortalecerse en sus debilidades espirituales; el Orden sacerdotal configura al cristiano en otro Cristo y le confiere poderes divinos para perdonar los pecados, consagrar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús y para administrar la Unción de enfermos; y el matrimonio regala la gracia sacramental de Cristo a los que se unen en Cristo en una convivencia mutua cristiana de vida en orden a la procreación y educación de los hijos en familia cristiana.

Todos los sacramentos son pascuales en el sentido de que reciben toda su fuerza o gracia del misterio pascual de la Pasión y muerte del Señor. Pero de una manera especial, podríamos decir que la Unción de enfermos conforma al enfermo al misterio del dolor que Cristo padeció por nuestros pecados. En efecto, el enfermo se une a la pasión de Cristo y sufre con Él lo que faltaba a la pasión de Cristo en sus miembros. Cuando el enfermo sufre, con él sufre la Iglesia y se une al sufrimiento de Cristo con la esperanza de morir con Cristo y resucitar con Él.

La Unción de enfermos es un sacramento pascual no sólo porque lo estamos celebrando en tiempo de pascua, sino porque reproduce y actualiza el misterio pascual de la pasión y muerte del Señor, como sucede en cada uno de los sacramentos, con perspectiva a la Resurrección con Cristo. El Espíritu Santo por medio de este sacramento comunica la gracia sacramental al enfermo para pagar el débito de sus pecados, luchar contra las tentaciones y recibir el alivio y el consuelo  sufrir con Cristo.

La Unción de enfermos no ha de ser considerada como la extremaunción que se recibe en los últimos instantes de la vida, cuando ya la ciencia nada tiene que hacer y es inminente la muerte, sino una unción sobrenatural que recibe el enfermo, consciente de que se prepara jubilosamente para el encuentro con Cristo en la Tierra, que terminará en la resurrección eterna en el Cielo.

sábado, 27 de abril de 2024

Quinto domingo de Pascua. Ciclo B

 


Dice un refrán castellano, que es de sentido común,  que obras son amores y no buenas razones. El amor no se dice, se demuestra, se expresa, como nos dice el apóstol San Juan en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra del V domingo de Pascua que estamos celebrando: No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad.  El amor va a ser el tema de la homilía de hoy.

¿Qué es el amor?

La palabra amor es, sin duda, una de las palabras más usadas por todos los hombres en el lenguaje popular, artístico, literario, poético, humano, religioso y místico, pero con sentido muy diferente. Para una gran mayoría del vulgo paganizado amor se identifica con egoísmo, pasión, sexualidad; y es un error, porque el que en el amor busca su propio interés, no ama, se ama, y amar es más darse y dar que recibir. El egoísmo bien entendido, como bien integral de la persona, pasión y sexualidad son factores complementarios del amor, pero no sólo y exclusivamente amor.

El amor artístico, literario, poético es una vocación, un instinto, un gusto más que amor en sí mismo, porque amar es sentir una atracción hacia una persona y expresarla principalmente con obras, y no de palabra solamente.

El amor humano, verdadero, auténtico, es un sentimiento profundo que nace en el corazón, de manera instintiva y misteriosa, se siente  se vive, se escribe, se poetiza, se canta, tiene diversas maneras de expresión, pero difícilmente se define. En el amor de pareja es entrega, sacrificio, recompensa, mutua intercomunicación de bienes, comunicación de vida, pues el que ama y no se siente amado, ama solitariamente con amor idílico, poético, platónico. El amor al hombre por el hombre, fundado en sus valores o en sus debilidades es un amor filantrópico; y por razones políticas, económicas o sociales es un amor político, personal más que altruista, más o menos interesado.

El amor religioso, cristiano, es espiritual, tiene su fundamento en una ideología, amor al prójimo por amor a Dios o a Cristo. No es necesario que sea mutuo ni sentido, pues el motivo supremo por el que se ama es Dios. El cristiano debe amar al hermano, aunque no sienta amor hacia él, experimente cierta repugnancia, sea o no amado por él, incluso odiado, porque el amor cristiano consiste en amar a Dios y en Dios al hermano.

El amor cristiano, evangélico, es único, amor a  Dios, pero tiene dos expresiones distintas: amor a Dios en sí mismo y amor al prójimo por Dios. No existe amor verdadero a Dios sin amor al prójimo, pues quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano o le odia, miente, pues ese amor es enfermizo, esquizofrénico, psicopático, y en en mejor de los casos gusto personal, hobby. El amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. De la misma manera el que ama al prójimo y prescinde del amor a Dios, ama humanamente, pero no cristianamente. Entre los dos extremos: amor a Dios sin amor al prójimo o amor al prójimo sin amor a Dios, es preferible amor al prójimo sin amor a Dios, pues el amor al prójimo, en algún sentido y de alguna manera es amor cristiano.

El amor a Dios consiste en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de la voluntad divina que se manifiesta de muchas maneras y a través de múltiples acontecimientos, adversos o gozosos.

La ley que los cristianos tenemos que cumplir es el decálogo o los diez mandamientos revelados por Dios y entregados a Moisés en el monte Sinaí, que como todos sabemos por el catecismo se reducen a dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

Como somos hombres,  pecadores, el amor cristiano no es perfecto, sino defectuoso, con mezclas de ambigüedades, debilidades, egoísmos

¿Cuáles son las obras con las que tenemos que amar al prójimo?

En primer lugar, cumpliendo la justicia con caridad respecto de los deberes que tenemos con quienes nos obliga la ley o el compromiso libre que se haga. Pero no basta con esto, no podemos conformarnos con ser legalistas, como los buenos hombres, cumplidores rigurosos de la ley, es necesario además demostrar que somos cristianos, haciendo todo el bien que se pueda por amor a Dios, empleando mi tiempo libre en hacer obras buenas a favor de la Iglesia o en obras de caridad o apostolado.

En hacer el bien tiene que haber cierta jerarquía, primero la obligación y después la devoción, primero la justicia con caridad y no la caridad sin justicia. 

sábado, 20 de abril de 2024

Cuarto domingo de Pascua. Ciclo B

 

¿Quién es el buen pastor?

A esta pregunta muchos o todos habéis respondido mentalmente, tal vez: Jesucristo. Y es verdad, Jesucristo es el buen Pastor; es, no fue, no en pasado, sino en presente también, porque Cristo no es como un personaje más de la Historia que vivió entre los hombres, hizo grandes obras y dejó su memoria en recuerdos escritos, como puede ser el caso de San Juan de la Cruz, por decir un ejemplo.

Cristo es un personaje actualizado que está vivo siempre entre los hombres, en la Iglesia. En su tiempo predicó personalmente el Evangelio, realizó milagros o signos de su divinidad, fundó la Iglesia, instituyó los Sacramentos y después de sufrir una pasión inimaginable murió por todos los hombres en la cruz y resucitó, cumpliendo de esta manera su palabra de que el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Realizada la misión de Redentor que le encomendó el Padre en la Tierra, ascendió a los Cielos y en unión con Él y la fuerza del Espíritu Santo, desde allí sigue siendo el Buen Pastor ministerialmente por medio de la Iglesia.

El Papa, Vicario de Cristo, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gobiernan la Iglesia.

El Papa es el buen Pastor en toda la Iglesia universal; y los Obispos son pastores propios en las diócesis, puestos por el Espíritu Santo, que el Papa les ha encomendado. Y todos, coordinados entre sí, unidos al Papa y bajo su obediencia, gobiernan la Iglesia en nombre de Cristo.

Pero como el obispo no puede estar presente en todas las partes de la Diócesis, nombra un delegado suyo, conocido con el nombre de párroco, que ayudado por vicarios parroquiales o coadjutores en parroquias importantes, como es la nuestra, bajo su obediencia gobierna una parcela de la Diócesis, llamada Parroquia, que el Obispo le ha encomendado.

En tareas apostólicas diocesanas, extraparroquiales, el Obispo nombra delegados para que, en su nombre y bajo su obediencia, atiendan las distintas necesidades eclesiales que se presenten en cada momento y en cada diócesis.

Luego también ahora como entonces, en sentido propio, Cristo es el buen pastor de la Iglesia que él fundó.

sábado, 13 de abril de 2024

Tercer domingo de Pascua. Ciclo B

 


En la primera lectura de la liturgia de la Palabra de hoy, tercer domingo de Pascua,  el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta el milagro que hizo Pedro en la puerta Hermosa del templo. Sucedió de esta manera.

Un día subían Pedro y Juan al templo de Jerusalén a la oración de media tarde, y vieron traer a un lisiado de nacimiento que lo colocaron a la puerta del templo, como todos los días, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo:

- Míranos.

El lisiado clavó sus ojos en los de ellos, esperando que le darían algo. Entonces Pedro le dijo:  

 - Plata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Mesías, el Nazareno, echa a andar. Y agarrándolo de la mano derecha, lo incorporó; y el lisiado se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios.

La gente al ver este milagro, comprobó que el lisiado era el mismo que pedía limosna en la puerta Hermosa del templo, y quedó desconcertada y estupefacta ante lo sucedido. Pedro al ver a tanta multitud, dijo:

- El milagro que habéis visto, no lo hecho yo por mi propio poder, sino por el poder de Jesús de Nazaret a quien vosotros matasteis y Dios lo resucitó. Sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo. Esto ocurrió para que se cumplieran las Escrituras. Por tanto: “arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados” (Hech 3,1-19).

Este último versículo me va a servir de tema para hablaros hoy brevemente del sacramento de la Penitencia, que también es conocido con el nombre de Sacramento de conversión, porque en él se realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado (Cat 1423).

La primera conversión del cristiano tuvo lugar en el sacramento del bautismo, que convierte el hombre, nacido en pecado, en hijo de Dios renacido en gracia. El bautismo borra el pecado original y todos los pecados personales, pero no quita la concupiscencia que permanece en el bautizado, es decir, la inclinación al pecado contra el que hay que luchar, utilizando constantemente la penitencia interior o conversión del corazón, expresada con gestos y obras de penitencia (Cat 1430). La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, que comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia (Cat 1431).

Son muchas las expresiones de penitencia que se pueden hacer, pero las principales recomendadas por la Sagrada Escritura y los Santos Padre se pueden reducir a tres: ayuno, oración y limosna.

En la práctica el ayuno se debe ejercitar principalmente en la mortificación en las comidas, en la convivencia de la vida ordinaria en familia, en el trabajo y en la sociedad, aprovechando las pequeñas mortificaciones que surgen sobre la marcha.

La penitencia de la  oración consiste en no dejarla nunca, aunque no se tenga gana, nada se sienta, parezca que se pierda el tiempo, con el método que a cada uno mejor le vaya. Se recomienda la lectura o meditación de la Sagrada Escritura, la oración de la liturgia de las Horas, el rezo del padre nuestro, del avemaría, de la salve y de otras oraciones; y se aconseja el estilo de comunicarse con Dios que cada uno tenga, sabiendo por fe que Dios siempre nos escucha y nos concede lo que más necesitamos en orden a la vida eterna.

La penitencia de la limosna se ha de hacer dando a los pobres limosnas, encauzadas y dirigidas por la Iglesia o Centros benéficos, para pedir gracias al Señor, agradecer favores o en reparación de los pecados cometidos.

La segunda conversión se realiza en el sacramento de la Penitencia, porque convierte el pecador muerto a la vida de la gracia por el pecado grave o mortal en hijo de Dios por la gracia; o al pecador en estado de pecados veniales  en hijo de Dios restaurado de sus culpas. La Penitencia reconcilia al pecador  con Dios y con la Iglesia, si está en pecado grave, o lo perfecciona, si lo recibe en estado de gracia, es decir, sin pecados mortales.

Tres actos son necesarios para recibir el perdón de los pecados por parte del penitente: la contrición, confesión de los pecados y satisfacción.

La contrición puede ser perfecta, dolor de haber ofendido a Dios que brota del amor de Dios amado sobre todas; o imperfecta que nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador (Cat 1452-1453).

La confesión de los pecados mortales es esencial para recibir el perdón de Dios. Sin ser estrictamente necesaria la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (Cat 1458).

 

sábado, 6 de abril de 2024

Segundo domingo de Pascua. Ciclo B

 


Son muchas las ideas que se pueden sacar de la liturgia de la Palabra para alimentar la fe de los fieles. Yo para pronunciar la homilía de hoy elijo tres: dos de la primera lectura: comunión de fe y comunión en el intercambio de bienes; y una del Evangelio: el Sacramento del perdón. 


Primera lectura (Hch 4,32-35)           

Los cristianos de la primera Comunidad de Jerusalén pensaban y sentían lo mismo; y lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, de manera que ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían y entregaban el dinero a disposición de los Apóstoles, nos dice la primera lectura de la liturgia de la Palabra de hoy.

Este texto nos enseña dos cosas importantes que todos tenemos que copiar para vivir en plenitud nuestra vocación cristiana: Comunión en la fe y comunión en el intercambio de bienes materiales.

COMUNIÓN EN LA FE

El catecismo de la Iglesia Católica resume la fe en cuatro partes principales: símbolo de la fe, sacramentos de la fe, vida de la fe en el cumplimiento de los mandamientos, oración en la vida de la Iglesia. Dicho de otra manera, como se hacía antes en los antiguos catecismos: verdades que tenemos que creer, mandamientos que tenemos que cumplir, sacramentos que tenemos que vivir y oraciones que tenemos que rezar.

- La profesión de fe bautismal: la fe en un solo Dios Padre todopoderoso, el Creador; en Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor y Salvador; y en el Espíritu Santo y en la Iglesia Católica.

- Los sacramentos de la fe: la salvación de Dios hecha presente en la liturgia de la Iglesia, principalmente en los siete sacramentos.

- La vida de fe: en el cumplimiento de los mandamientos;

- La oración en la vida de fe: la importancia de la oración en la vida de la Iglesia, principalmente la oración del padrenuestro.

La fe que hay que creer y vivir se encuentra enseñada y explicada en el Catecismo de la Iglesia Católica del Papa Juan Pablo II, y no en libros publicados sin censura eclesiástica, en doctrinas arbitrarias de teólogos, en revistas y periódicos profanos y eclesiásticos.

COMUNIÓN EN EL INTERCAMBIO DE BIENES MATERIALES 

Los cristianos tenemos que compartir con todos nuestros hermanos creyentes nuestra fe y nuestros bienes.  Ayudar a la Iglesia en sus necesidades no es un consejo de la Santa Madre Iglesia,  sino un  precepto, que  se puede cumplir dando generosamente dinero en las colectas que hace la Iglesia, echando unas pesetas en los cepillos, encendiendo unas velas en los lampadarios, haciendo una suscripción periódica para la financiación de la Iglesia, dando donativos voluntarios a la Iglesia, aportando una cantidad de dinero con motivo de recibir sacramentos u otros servicios.  

En una consagración de mayor perfección evangélica de vida consagrada se vive el voto de pobreza teniendo todas las cosas en común, al estilo de las primeras comunidades de la Iglesia, como medio de santificación y testimonio de desprendimiento y despego de las cosas de este mundo. 

Tercera lectura (Jn 20,19-31) 

El Evangelio de hoy nos habla de la institución del sacramento de la Penitencia, que nos regaló el Padre por medio de Jesús. Dios nos ama porque somos hijos suyos y además nos ama perdonándonos nuestros pecados. El perdón, por consiguiente, es el amor de Dios multiplicado por dos. 

Nos habla también de la incredulidad del apóstol Tomás en la resurrección de Jesús. Para creer, necesitaba ver en las manos crucificadas de Jesús la señal de los clavos y meter el dedo en sus llagas y la mano en su costado. Y Jesús, comprensivo y bondadoso, le reprende cariñosamente apareciéndose otra vez a sus discípulos, estando Tomás presente y le dijo: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Tomás avergonzado de su falta de fe dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Y terminó Jesús diciendo:
- ¿Por qué me has visto has creído? Dichoso los que crean sin haber visto.

El sacramento de la penitencia que nos perdona los pecados es un de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Es necesario confesarse  para recibir cualquier otro sacramento, por ejemplo el sacramento de la Unción de enfermos, si no se está en estado de gracia. Digamos unas palabras sobre este sacramento.

La Unción de enfermos es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo y ha sido administrado, desde tiempos antiguos, en la Tradición de la Iglesia.

No es el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida, sacramento de moribundos solamente, ni un sacramento que se administra cuando la medicina no tiene nada que hacer con los enfermos. Es el sacramento de la enfermedad, sacramento de vida para los que se encuentran seriamente afectados por la enfermedad. No es, de ningún modo, el anuncio de la muerte porque la medicina no tiene ya nada que hacer.