jueves, 24 de julio de 2025

Santiago Apóstol

 


Santiago el Mayor, así llamado para distinguirlo de Santiago el Menor, y su hermano Juan evangelista, eran hijos de Zebedeo y Salomé, naturales de Betsaida y de oficio pescadores (Mt 4,21;Jn 21,1-2). Sus padres tenían una posición económicamente desahogada, pues poseían, por lo menos, una barca y jornaleros a su servicio que pescaban con red barredera, y no con redes de mallas arrojadas al mar a merced de la suerte, como hacían los humildes pescadores de Galilea (Mc 1,20; Mt 4,21).

Su madre fue una de aquellas piadosas mujeres que siguieron fielmente a Jesús y le asistieron con sus bienes, incluso en los momentos cruciales de su crucifixión y muerte (Mt 27,55-56; Mc 15,40;Lc 8,3).

Por su carácter impetuoso, ambos recibieron de Jesús el apelativo de Boanerges o hijos del trueno (Mc 3,17), pues pidieron al Señor que bajara fuego del Cielo (Lc 9,54) para quienes no comprendían a su Maestro. Parece que este apelativo se debe a la anécdota evangélica que voy a contar.

Cuando llegó la hora de partir Jesús de este mundo al Padre, decidió ir a Jerusalén.  Y para cumplir su propósito envió a unos emisarios suyos a que fueran delante de él a buscarle posada en una de las aldeas de samaritanos, que había en el camino. Pero sus habitantes no quisieron alojarlo, por la extraña y simplona razón de que tenía intención de ir a Jerusalén. Enterados sus discípulos Santiago y Juan del caso, se enfadaron mucho, y, enfurecidos, acudieron al Señor a decirle: “Si quieres, decimos que caiga un rayo y acabe con ellos” (Lc 9,54).

Se me ocurre pensar que estas duras palabras salieron de los labios de Santiago y no de Juan, que tenía un temperamento pacífico y controlado. Sucede generalmente en grupos de amigos, compañeros y extraños, que se reúnen por intereses comunes, que uno asume la representación de todos, aunque nadie se la encomiende.

Santiago se pasó, pues el hecho de que aquella aldea no quisiera alojar a Jesús en la posada, no sabemos por qué, no era tan grave como para pedir a Dios que la castigara mandando del Cielo un rayo que la fulminara. Es admirable el comportamiento de Jesús que reprende cariñosamente el defecto de sus discípulos, justificando, tal vez, la libertad del posadero para hospedar en su casa a quienes quiera.

Esta actitud tan virtuosa nos enseña a dejar la justicia en manos de Dios, y no desear males a nadie. Los hombres juzgamos las apariencias externas de las acciones, sin conocer la intención secreta de los corazones, que es una exclusiva reservada a Dios.

Los dos hermanos, hijos de Zebedeo, discípulos predilectos de Jesús, juntamente con su amigo Pedro, aparecen en el Evangelio en los siguientes pasajes:

- en la llamada  oficial de Jesús en el Lago de Tiberíades (Mt 4,21-22);

- en la lista de los Apóstoles (Mt 10,2-4;Mc 3,16-19;Lc 6,14-16;Hech 1,13;

- en la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37);       

- en la transfiguración en el monte Tabor (Mt 17,1-13);

- en el discurso escatológico sobre la destrucción de Jerusalén y fin del mundo (Mc 13,1-4);

- con su madre Salomé, cuando pedía a Jesús un puesto de privilegio, uno a la derecha y otro a la izquierda en su reino para sus dos hijos (Mt 20,20-23);

- en la agonía del huerto de Getsemaní (Mc 14,33); 

Formaba, junto con su hermano Juan, y con Pedro, el grupo de los tres discípulos preferidos (Mt 17,1;26,37;Mc 5,37;13,3).

El apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España, a quien se le tiene mucha devoción en todo el mundo, principalmente en Europa, no tuvo diálogos personales con Jesús. Aparece en el Evangelio como personaje de referencia, como se puede comprobar en los textos antes citados. Por eso, de este insigne apóstol solamente reseñaremos una síntesis biográfica, que es realmente escasa.

De su hermano Juan explicaremos, en documento aparte, el único diálogo que mantuvo con Jesús en la última Cena.

Tenemos pocos datos en el Evangelio para hacer una radiografía psicológica de la personalidad de este apóstol. A pesar de ser uno de los discípulos preferidos, aparece en el Evangelio como personaje extra en relación con los diálogos de Jesús.

Santiago era un joven inteligente, de carácter espontáneo, que decía las palabras sin pasarlas antes reposadamente por el control de la razón. Podía más en él la fuerza del corazón que la atinada prudencia del razonamiento. Temperamentalmente inquieto y nervioso, no podía estarse quieto ni un momento. Compañero servicial como el primero, estaba al quite de todo cuanto sucedía, y dispuesto a echar una mano allí donde se precisaba cualquier servicio. Por su genio activo y abierto era emprendedor y eminentemente misionero, destacando en él las virtudes de la sinceridad y la justicia.

Tal vez pudo ser un hombre de genio vivo, defensor de la ley y de los derechos de Dios, y simpatizante del partido de los Celotes, que fanáticamente esperaban la inminente venida del Mesías, y luchaban contra las esclavitudes que padecía entonces el pueblo de Israel, por culpa del abusivo Imperio Romano.

Su madre, que tenía amistad especial con Jesús, le pidió la ambiciosa gracia de que sus dos hijos estuvieran sentados a la derecha y a su izquierda en su Reino, ingenua petición que equivalía humanamente casi a pedir al Señor que sus dos hijos fueran vicepresidente primero y vicepresidente segundo del Gobierno del Reino iba a fundar.(Mt 20,20-28;Mc 10,35-45). ¡Qué enseñanza nos ofrece este pasaje del Evangelio, que denota la ambición humana del hombre y la envidia entre iguales!

Debemos dar la vida por Cristo y esperar de Él su infinita misericordia, sin desear tener en el Cielo los mejores puestos, sino aquél que nos corresponda, según los secretos designios de Dios Padre.

La tradición extrabíblica de su venida a España y la aparición de la Virgen del Pilar en carne mortal en Zaragoza es una devoción española, muy arraigada en nuestro Pueblo, que no se puede demostrar ni negar históricamente con argumentos apodícticos. 

Sufrió el martirio bajo Herodes Agripa I (Hech 12,2) en el año 44.

 

sábado, 19 de julio de 2025

Décimo sexto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


MARTA Y MARÍA


1. Marta y María
2. Marta y María símbolos de la vida consagrada.

1 Marta y María 

Jesús tenía una amistad especial con una familia rica, de Betania, profundamente religiosa, compuesta por tres hermanos: Lázaro, Marta y María. Solía visitar esta casa con relativa frecuencia, cuando ejercía el apostolado por las cercanías de Jerusalén en los tiempos libres. 

Marta 

Me imagino que Marta era la hermana mayor de la familia. Era como la segunda madre, asumía la autoridad de la casa y ejercía el gobierno de la familia fraterna y de la servidumbre, a falta de los padres que, pienso, no vivían. Tendría menos de cuarenta años de edad. Deduzco este supuesto del hecho de que fue quien recibió a Jesús en su casa (Lc 10,38), costumbre judía que correspondía al Jefe de la Casa. 

Cuando Jesús llegó a Betania, Marta mandaría a los criados colocar en el mejor salón de la vivienda los más cómodos y lujosos divanes, adornar la estancia con suntuosidad, colocar la mejor mesa en el comedor, y sobre ella la mantelería y la vajilla más lujosa, piezas reservadas para los ilustres visitantes, procurando que no faltara ni el más mínimo detalle. Como buena ama de casa “andaba muy atareada con los muchos servicios” (Lc 10,40) con el fin de preparar un suntuoso banquete para Jesús y tal vez también para sus discípulos. Era una mujer muy trabajadora, enérgica, de temperamento sanguíneo, activa, dinámica, siempre tenía que estar haciendo algo, sin poder estar quieta ni un momento. Cuando venía Jesús a comer a casa, le faltaban manos para traer cosas a la mesa y pies para correr para que no faltara nada en la mesa. Por eso, Jesús le dijo: “Marta, Marta: andas inquieta y preocupada con muchas cosas: sólo una es necesaria” (Lc10, 41), pues con un aperitivo bastaba, porque en esta ocasión no había venido a comer, sino a estar un rato con ellas y hablar de las cosas de Dios. 

María 

Me imagino que María tendría alrededor de una veintena de años. Era la hermana menor de los tres hermanos por naturaleza intuitiva y de temperamento contemplativo. Cuando llegó Jesús a Betania, se desentendió de los trabajos del banquete que su hermana estaba preparando para Jesús, y se sentó a sus pies para escuchar sus palabras (Lc 10,39). 

Es evidente que ambas hermanas, Marta y María, amaban a Jesús y tenían con Él la máxima confianza, cada una a su manera temperamental. Marta encontrándose agobiada por las tareas del servicio, en lugar de acudir a su hermana a pedirle ayuda, que hubiera sido lo más normal del mundo, acude a Jesús y con cariñosa confianza fraterna le dijo: 

Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me eche una mano (Lc 10,40). 

Lo lógico hubiera sido que ambas se ocuparan de las tareas del trabajo, turnándose en estar con Jesús; y, luego durante la comida o en la sobremesa las dos juntas escucharan la palabra de Dios. 

Marta y María eran dos mujeres distintas que con su propio temperamento amaban a Jesús y tenían con Él la máxima confianza. El temperamento, normalmente equilibrado de la persona, no es una dificultad para la virtud sino más bien un medio eficaz, que es necesario educar y perfeccionar con sacrificio personal y comunitario en la lucha de cada día. El temperamento ideal no existe en teoría, porque en la práctica para cada uno el suyo es el mejor, porque Dios se lo ha concedido para los mejores fines. La santidad, siendo objetivamente la misma en su esencia, resulta en concreto personal. La personalidad de uno no gusta a todos, ni siquiera la divina de Jesús gustó a todos, como sabemos por el Evangelio. Aunque uno sea santo, por su manera de ser vivida temperamentalmente, no gusta a los que son de otra manera; y esto se ve mejor en la convivencia. Los mismos santos en la convivencia se ocasionan dificultades unos a otros por la manera de ser de cada uno y el modo de vivir la santidad, incluso con el mismo carisma. Procura no ser tú causa de mortificación para nadie, pero inevitablemente serás ocasión de molestias o sufrimientos para algunos o muchos, por muy santo que seas. Lo importante en la vida cristiana y en la vida consagrada es amar a Jesús cada uno como es, y no como es el otro o le gusta a otros. Querer ser como es el otro es tratar de enmendar la plana al Creador y estropear la obra de Dios en cada persona. 

2 Marta y María, símbolos de la vida consagrada 

Marta y María son dos maneras de vivir la consagración a Dios en el mundo o en la vida religiosa. Marta es modelo de vida activa, fundamentada en la contemplación, pues hacer sin orar es humanizar o deshacer, pero no apostolizar, y frecuentemente actuar por gusto. María suele ser símbolo de vida contemplativa en el mundo o en vida consagrada, pero debe estar hermanada con el trabajo y en vida fraterna complementada con el trabajo, pues orar sin hacer es neurastenia psicológica o espiritual. No es mejor una vida que otra, sino distintas, las dos igualmente buenas.

sábado, 12 de julio de 2025

Décimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 

EL BUEN SAMARITANO 

1. Comentario.

2 Amor al prójimo.

3 Clases de prójimo.

4 Amarás al prójimo como a ti mismo.

5 Amor al enemigo.

 

1 Comentario

El Buen Samaritano es una parábola que inventó Jesús para responder a la pregunta que le hizo un doctor de la Ley: ¿Quién es el prójimo?

El prójimo no es como un sacerdote que bajaba de Jerusalén a Jericó y encontró en el camino a un judío en el suelo, molido a palos por unos bandidos que le robaron, y lo dejaron desnudo y medio muerto. Y al verlo, dio un rodeo y pasó de largo; ni tampoco como un levita, experto en la Sagrada Escritura, que se acercó adónde estaba el herido, y al verlo, se desentendió del tema y se marchó sin hacer nada. Luego pasó por allí un samaritano que iba de viaje, y al verlo le dio lástima, se acercó a él, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, lo montó después en su jumento, y lo llevó a una posada para que lo cuidaran. Al día siguiente dio dos denarios al posadero y le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a la vuelta. Jesús dijo al doctor de la ley: Éste es el verdadero prójimo, el que hace bien al prójimo, también al enemigo. Haz tú lo mismo. 

2 Amor al prójimo 

“Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). 

No existe hada más que un mandamiento, primero, principal y único de la Ley de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas, tema fundamental de la vida cristiana y sobre el que juzgará Dios a todos los hombres en el examen del juicio personal y final(Mt 25, 31ss). 

El amor al prójimo no es nada más que una consecuencia lógica del amor a Dios, como también el amor a las cosas. Son dos aspectos diferentes de un mismo amor. No existe verdadero amor a Dios sin el amor efectivo al prójimo. 

3 Clases de prójimo 

Según la doctrina de Santo Tomás de Aquino el amor al prójimo se extiende a todos los seres que poseen la comunicación de la gracia o la capacidad de conseguirla: Solamente no son prójimos los demonios y condenados que están en el infierno, porque están eternamente desconectados de la bienaventuranza. 

4 Amarás al prójimo como a ti mismo 

Amar al prójimo como a ti mismo no significa amar al otro tanto cuanto uno se ama a sí mismo, pues no es un amor cuantitativo sino cualitativo, modal y sobrenatural. Valga una comparación. Amamos a todos los miembros de nuestro cuerpo de la misma manera, aunque no a todos con la misma preferencia o intensidad. Amamos más, por ejemplo, un ojo que un dedo de un pie que no se ve y no es tan necesario para la vida del cuerpo, pero a todos los miembros de nuestro cuerpo los amamos igualmente, de manera preferencial y necesaria. Así debemos amar a todo prójimo, pero de distinta manera cuantitativa. Por ley natural se ama más a un hijo o a un amigo que a un extraño o al enemigo, a quien hay que amarlo con amor de caridad por amor a Cristo, pero no con la misma intensidad. 

5 Amor al enemigo 

El amor al enemigo no es un consejo de perfección evangélica sino un precepto universal para todos los hombres. Está claramente preceptuado en la Sagrada Escritura. El motivo principal de perdonar a quien nos ha ofendido es el ejemplo del Señor que perdonó a quienes lo crucificaron con excusas antes de morir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). 

No se puede excluir a nadie del amor al prójimo, ni siquiera al enemigo a quien hay que amar como miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Negando el perdón a nuestros hermanos, el corazón se cierra y se hace impermeable a la misericordia de Dios. Así nos lo enseña la Iglesia en el Catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II: “Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia” (Cat 2840). El amor al enemigo consiste esencialmente en no odiar y no vengarse. Excluye dos cosas: el odio y la venganza en el corazón, términos incompatibles con el perdón. Odiar no es lo mismo que sentir la ofensa en lo más íntimo del corazón, ni tampoco exigir la justicia

sábado, 5 de julio de 2025

Décimo cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C



“La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos”

 En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de Dios en este domingo, el apóstol San Pablo escribiendo a los Gálatas les dice que la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos. ¿Cómo se puede conseguir la paz en un mundo lleno de males y pecados? Con la justicia y misericordia de Dios. Hagamos algunas reflexiones sobre estos temas.

1 Virtud de la paz

2 Males en el mundo

3 Pecados de los hombres

4 Justicia y misericordia de Dios


1 Virtud de la paz

En un sentido profundamente teológico, San Agustín dice que la paz es la tranquilidad en el orden. Cuando las cosas están como son y en el orden que tienen que estar, se produce un ambiente de paz. Cuando en el hombre las cosas están debidamente ordenadas: subordinado el cuerpo al alma, la razón a la fe, la voluntad humana a la voluntad de Dios existe la paz en el alma, pase lo que pase, pese a quien pese, y cueste lo que cueste, aunque haya males en el mundo. La paz es la santidad, el orden y subordinación de todas las cosas a Dios.

2 Males del mundo

En la Historia humana observamos que en el mundo del pasado ha habido siempre muchos males físicos en la naturaleza: inundaciones, volcanes, terremotos, incendios, desgracias humanas, enfermedades, dolores horribles; males espirituales, psicológicos, psíquicos, males morales crímenes espeluznantes, inconcebibles, inhumanos, inevitables que claman a gritos al Cielo; los hay ahora también en el mundo del presente y los habrá siempre en el del futuro hasta el fin del mundo. Y lo que es humanamente inconcebible es que muchos vienen de la libre voluntad de Dios, que es bueno, Creador y Padre de todos los hombres. ¿Cómo se concilia la bondad de Dios con los males que hay en el mundo?

 La causa fundamental teológica del mal nos dice la fe que es el misterio del pecado original, que causó todos lo males del mundo con el fin del bien de la Redención, el misterio pascual: la Encarnación del Hijo de Dios, hecho hombre, para que el hombre se haga “dios”, pues no hay mal que por bien no venga. Los males que Dios quiere no son males intrínsecamente malos en sí mismos, sino medios humanos, aparentemente malos, para bienes supremos y eternos que sólo Dios conoce.

3 Pecados de los hombres

Los pecados son los únicos y mayores males morales que existen en el mundo, pero no todos son ofensas a Dios, pues hay muchas causas eximentes de responsabilidad moral: ignorancias, pasiones, temores, miedos, violencias, anomalías psíquicas y otras muchas causas. Para que el hombre peque y ofenda a Dios tiene que ser consciente y libre del mal que hace, cosa que sólo Dios sabe en su infinita sabiduría misericordiosa. Hay muchos males en el hombre que no son pecados, sino actos de hombre, no actos humanos; y muchos, por graves que parezcan, y al observarlos rompan el discurso de la razón y dejen el corazón hecho trizas, no ofenden a Dios ni merecen el infierno. Sólo la eterna sabiduría de Dios, hermanada con su infinita misericordia sabe quién peca y merece el infierno con sus pecados. Esto no quiere decir que no hay pecados graves y leves, porque es la justicia misericordiosa de Dios quien los juzga.

4 Justicia y misericordia de Dios

Dios es el Ser eterno, el que es infinitamente perfecto amando siempre. Es Uno en esencia y Trino en personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, una realidad sobrenatural que el hombre concibe en perfecciones humanas o atributos, cuyo significado no se pueden aplicar de la misma manera a Dios que a los hombres. Son muchos los atributos con los que conocemos a Dios con limitaciones, y de modo imperfecto y analógico. Su existencia es el principal atributo, pues el que es siempre forzosamente tiene que ser lo mejor. En relación de los hombres destacamos dos atributos: justicia y misericordia.

La justicia es la virtud por la que Dios juzga las obras de cada hombre sin equivocación posible, porque es infinitamente sabio, sabe lo que hace y metafísicamente no se puede equivocar. La misericordia es otra virtud tan perfecta como la justicia. Cuando se dice que la justicia de Dios es infinitamente misericordiosa no quiere decir que es más justo que misericordioso, ni más misericordioso que justo, sino tan justo como misericordioso, pues Dos tiene todas las perfecciones por igual en grado infinito, y entre ellas no existen distinción real sino de razón. Tenemos que amar tanto la justicia de Dios como su misericordia, porque Dios es una sola cosa: Amor, que es gracia, paz, justicia y misericordia.

Confía en Dios, aunque hayas pecado, vive convertido y no le temas, porque su justicia es paz, misericordiosa de Padre

sábado, 28 de junio de 2025

San Pedro y San Pablo

 

 


El nombre propio de Pedro es Simón (Simeón). Fue hijo de Jonás o Juan (Mt 16,17;Jn 1,42;21,15), hermano de Andrés (Mt 10,2), y de profesión pescador (Mt 4,18;Mc 1,16). Nació en Betsaida. Estaba casado. La tradición popular, no confirmada históricamente, afirma que tenía una hija llamada Petronila. Probablemente al casarse se estableció en una casa de Cafarnaúm, en la que vivía con él su suegra, curada por Jesús de un mal de fiebre muy alta (Mt 8,14-15;Lc 4,39).

Cuando Jesús le conoció por primera vez, en el mismo momento en que se lo presentó su hermano Andrés, le cambió el nombre de Simón por el de Pedro, que significa piedra, aludiendo a la misión que le iba a encomendar con el tiempo: ser piedra fundamental o autoridad suprema en la Iglesia (Jn 1,42).

Estudiando la simpática y atractiva figura de Pedro, a mí se me ocurre concebir su personalidad, más o menos, de la siguiente manera.

Era hombre de estatura mediana y de fuerte complexión física. Cuando en tiempo caluroso faenaba en el mar, ligero de ropa, se podía apreciar en sus brazos una musculatura rígida, conseguida por la gimnasia obligada de tirar tantas y tantas veces de la red para subir el cargamento de peces a la barca. A causa de estar casi siempre al sol en contacto con las aguas marítimas, en su rostro curtido se acusaban arrugas prematuras, que le daban un aspecto de envejecimiento, no teniendo muchos más de treinta años. Tenía unos ojos grandes, de color oscuro indefinido, ligeramente hundidos en sus profundas órbitas. Su larga y negra cabellera, salpicada de algunas canas disimuladas, conjuntaba con su descuidada barba cerrada, dando a su interesante persona una singular prestancia.

Con su mirada viva y penetrante filmaba todo lo que veía, grabando en el cerebro la especie de todas las cosas. Era tan fisonomista que le bastaba una sola mirada para quedarse con la cara de las personas para siempre. Tenía tan privilegiada memoria que se le quedaba grabada en ella toda cosa que oía o leía.

No era un genio, ni un sabio, ni tampoco un teólogo, como San Juan, sino un hombre de mucha inteligencia práctica, conocedor de la vida real, líder por naturaleza y apto para el gobierno. No profundizaba más en el conocimiento de la verdad, porque se dejaba llevar de la pereza innata. Por su perspicacia cazaba al vuelo el error, sin mayor esfuerzo.

Tenía tal voluntad de hierro que nada se le ponía por delante. Perseveraba en su empeño con constancia hasta conseguir todo lo que se proponía.

En el trato con la gente era educado, atento y amable, con cualidades temperamentales que infundían a todos veneración y respeto. En ambiente familiar, en cambio, se mostraba abierto y comunicativo, pero siempre con un trasfondo de seriedad.

Poseía una intuición tan aguda para el gobierno que veía la solución de los problemas en el mismo momento que surgían.

Por su temperamento nervioso, no podía estarse quieto ni un momento: necesitaba estar haciendo siempre alguna cosa. Diseñaba en su cabeza inquieta borradores de objetivos pastorales prácticos, con perspectivas de futuro, que ponía en práctica casi al momento, porque era muy seguro y certero en sus últimas decisiones. Conciliaba la precipitada actividad apostólica con el temple pacífico de la paciencia. Conseguía empresas pastorales con éxito por el sentido realista que tenía de las cosas, el tesón de su voluntad inquebrantable, el esfuerzo constante de su trabajo y el carisma de líder indiscutible con el que había nacido. Parecía que todo se lo daban hecho.

Generalmente vivía absorto en su mundo interior y, a la vez, ocupado totalmente en las cosas que tenía que hacer. Por esta razón se le escapaban detalles de educación y formas sociales, perdonables en él por su incondicional entrega.

No se prestaba al timo porque conocía la picaresca de la vida. Sin embargo, por su bondad natural, se dejaba llevar del corazón al ejercer la caridad, cayendo algunas veces en el engaño.

Luchaba por vencer sus pasiones, superándose a sí mismo en el camino de la perfección evangélica.  En el momento de fervoroso entusiasmo de la Santa Cena, estaba ilusamente seguro de sí mismo hasta el punto de dar la vida por Cristo en cualquier momento, si fuera preciso, confiando en fuerzas humanas que no tenía (Jn 13,37-38); y luego, ante la acusación de una simple criada del palacio del Sumo Sacerdote, juró muchas veces en tres ocasiones diferentes que no “conocía a ese hombre” (Mt 26,72).

En el huerto de los Olivos, valiente como un soldado aguerrido en plena lucha, con su espada cortó de un tajo la oreja de Malco para defender al Maestro; y unas tres o cuatro horas después huyó, como los demás discípulos, muerto de miedo. No llegó al conocimiento de sí mismo hasta que el pecado le enseñó su tremenda debilidad. 

Por su inquieto carácter y capacidad creativa, salía airoso de todos los objetivos pastorales que se proponía, por lo que, sin pretenderlo, humillaba a sus compañeros, haciéndoles sufrir inconscientemente.  Debido a las excepcionales cualidades humanas que poseía, ocasionaba envidias, inevitables, en la comunidad apostólica y social, porque con ellas acomplejaba a los que con él compartían la misma vida. 

Cuando Jesús hacía una pregunta al grupo de los doce, él se constituía, por propia cuenta, en portavoz del Colegio apostólico, sin requerir antes el parecer de sus compañeros; y esto, no por arrogarse el poder, sino por los arranques de su temperamento impulsivo.

Se notaba a la legua que no era un conferenciante, ni un charlatán, ni un orador de campanillas, sino un fervoroso apóstol que predicaba en estilo llano y sencillo, sin elocuencia, el mensaje que creía y vivía. Lograba mantener la atención de los oyentes, convencer y conseguir que la Palabra de Dios se metiera dentro de los corazones suavemente. Poseía dotes especiales de persuasión y una imaginación tan viva que conseguía hacer vivir a los oyentes los hechos que contaba, como si los estuvieran presenciando. Se llevaba a la gente de calle porque era expresivo y comunicador con palabras, actitudes y gestos.

Siendo muy humano y sensato, manso y humilde como un cordero, era autoritario en el modo de proceder.

Me parece que sus principales virtudes eran las siguientes:

- amor apasionado a Jesús hasta el incondicional seguimiento;

- perfecta caridad hasta el punto de amar a todos, perdonarlo todo y no guardar en su corazón de oro rencor ni resentimiento. Tenía los brazos abiertos para abrazar a todos, sin estrechar a ninguno especialmente; 

- caritativa comprensión y firmeza dentro de la misericordiosa justicia;

- sinceridad para decir siempre la verdad, con prudente caridad, porque aborrecía las medias tintas y las “componendas”;

- sencillez, como la de un niño inocente que no conoce dobles intenciones, paréntesis rebuscados, ni puntos suspensivos, cargados de misterios;

- generosidad y desprendimiento, capaz de darlo todo y quedarse sin nada;

- abnegación para el trabajo incansable, sin regatear esfuerzo en la entrega a los demás;

Por estas y otras muchas excelentes virtudes inspiraba confianza y seguridad a todos los que estaban a su lado.

Era un apóstol por los cuatro costados, santo, pero tenía también sus propios defectos, entre los que destacamos: 

-demasiada seguridad en sí mismo;

-autosuficiencia, algunas veces excluyente;

-confianza exagerada en sus propias fuerzas;

-presunción de sus cualidades que consideraba mejores que las de los demás;

-energía de carácter con prontos temperamentales en las decisiones;

-precipitación en realizar muchas obras, sin el debido sosiego;

-vanidad en los muchos éxitos que conseguía.

En su destacada personalidad se daban alternativamente cualidades y defectos:

-valentía en actos reflejos y miedo en momentos de reflexión;

-fortaleza instintiva y debilidad consciente;

-soberbia psicológica y profunda humildad;

-espontaneidad infantil y reflexión madura;

-precipitación y sensatez;

-prisas para hacer y la paciencia para esperar;

-audacia y timidez;

-actividad exuberante y pasividad perezosa;

-amabilidad educada por fuera y vergüenza superada por dentro;

-frialdad o indiferencia aparentemente y tremendamente apasionado en el corazón para el amor sano y equilibrado;

-dureza de carácter y piadosamente humano y comprensivo; 

Así es como yo imagino a San Pedro, el Apóstol de Jesucristo, santo temperamental, primer Papa de la Historia de la Iglesia.

 

sábado, 21 de junio de 2025

Solemnidad del Corpus Christi

 


Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo cuerpo y sangre de Jesús, conocida popularmente con el nombre de Corpus Christi.

En la Persona divina de Jesús se pueden concebir siete  acepciones del cuerpo de Cristo: cuerpo humano, cuerpo transfigurado, cuerpo muerto, cuerpo resucitado y glorioso, Cuerpo eucarístico y Cuerpo místico.

CUERPO HUMANO

El cuerpo humano de Jesucristo es su naturaleza humana, unido  a la segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo, virginalmente engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo: verdadero Dios y verdadero hombre. Es igual que  otro cuerpo humano en todo menos en el pecado, 

CUERPO TRANSFIGURADO

El cuerpo transfigurado  es el mismo cuerpo humano de Jesús que en el monte Tabor, en presencia de Moisés y Elías,  fue visto por San Pedro, San Juan y Santiago con un resplandor deslumbrador de gloria, que humanamente no se puede conseguir. Fue  un símbolo humano, imperfecto, de la eterna glorificación de Jesús en el Cielo y de todos los cuerpos glorificados.

CUERPO MUERTO

Es el cuerpo muerto de Jesús, separado del alma, unido y unidos a la divinidad.

CUERPO RESUCITADO Y GLORIOSO

Es el mismo cuerpo de Jesús muerto, que resucitó, y ahora está glorioso en el Cielo, modelo de los cuerpos gloriosos al fin de los tiempos.

CUERPO EUCARÍSTICO  

Es el mismo Cuerpo de Jesucristo que está en el Cielo y  se hace presente en la Eucaristía, bajo las especies  de pan y vino.

La Eucaristía fue instituida por Jesús el Jueves Santo en el Cenáculo, estando reunido con los apóstoles con estas palabras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Después tomó en sus manos el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza  nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

“Cristo está en la Eucaristía de modo verdadero, real y sustancial con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino por medio de la transubstanciación que significa la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia de vino en la sustancia de su Sangre” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio 273. 282.2839).

Corpus Christi

La celebración de la Eucaristía se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, al siglo II con varias reformas importantes en el decurso de los siglos.

La solemnidad del Corpus Christi se celebra desde los años 1192-1258. Su principal finalidad  es:

- celebrar la Eucaristía y actualizar místicamente el mismo sacrificio que Jesús ofreció por nosotros en la cruz;

 - proclamar y aumentar la fe en la Eucaristía;

ser  objeto de adoración, culto y alimento de las almas.

La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. En ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él. La Eucaristía  contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. Expresa y produce la unidad del pueblo de Dios y produce la comunión en la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. Mediante la celebración eucarística nos unimos a la liturgia del Cielo y anticipamos la vida eterna (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 274)

Cuerpo místico

Es la unión de todos los hombres, principalmente los bautizados, con Cristo, su cabeza, en la Iglesia de muchas maneras, formando un Cuerpo Místico en el que hay comunicación de vida divina e intercomunicación de bienes

 

sábado, 14 de junio de 2025

Santísima Trinidad. Ciclo C

 


La Santísima Trinidad es un misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del hombre. Su conocimiento es analógico, pues el hombre utiliza conceptos humanos que no se pueden aplicar a Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto. La esencia de Dios es incomprensible. Para entenderla utilizamos conceptos humanos que no se corresponden con los divinos. Sin embargo, aunque el conocimiento de Dios para el hombre es imperfecto, es verdadero. Solamente en el cielo los bienaventurados ven el misterio de Dios, tal como es, por medio de una potencia sobrenatural que Dios infunde en el alma, llamada luz de la gloria. Pero no conocen la naturaleza de Dios  cuantitativamente, tanto cuanto Dios se conoce así mismo en las tres divinas personas y como conoce las cosas. El conocimiento de Dios solamente se consigue por la fe con conceptos humanos o atributos que son perfecciones que concebimos en Dios, sacados de las criaturas, quitando sus imperfecciones y elevando las perfecciones al infinito con la imaginación.  Así, decimos, Dios es absolutamente simple, infinitamente perfecto, sabio, poderoso, santo, bondadoso, absolutamente inmutable, eterno, omnipotente. Y después el resultado es que la realidad de Dios queda desconocida.

Creemos en un solo Dios, no varios, y en Él tres Personas Divinas, y cada una de ellas posee la esencia divina que es numéricamente la misma. Las Personas divinas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres son realmente distintas, y no tres dioses. No se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo son lo mismo que el Espíritu Santo, es decir un solo Dios por naturaleza. Cada una de las tres personas tiene la misma sustancia o naturaleza divina (Cat 253).

Las personas divinas son realmente distintas entre sí.

Dios es único pero no solitario. Padre, Hijo, Espíritu Santo no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí. El que es el Hijo, no es el Padre, y el que es el Padre, no es el Hijo, ni el Espíritu Santo. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede (Cat 254).

Toda la economía divina es  obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola misma operación. Todas las operaciones divinas ad extra son comunes a las tres divinas personas, pero al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, pero las tres personas son creadores, redentores y santificadores, porque tienen la misma naturaleza divina.

El concepto que el hombre tiene sobre Dios, naturaleza divina y persona divina es múltiple, y no se puede comparar con el concepto de persona humana, naturaleza humana y naturaleza de las cosas.

El misterio de la Santísima Trinidad, que es imposible conocer humanamente, se sabe, se cree y se vive por la fe o contemplación mística con oración y acción de obras buenas y santas con la esperanza de que algún día podamos ver y comprender el misterio, tal como es, en el Cielo.