sábado, 26 de junio de 2021

Décimo tercer domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

 

   

    El Evangelio que acabamos de proclamar en el nombre del Señor, hoy domingo décimo tercero del tiempo ordinario, ciclo b, nos habla de la fe de dos grandes personajes, que han pasado a la Historia de la Iglesia como modelos de fe para el cristiano: la fe de Jairo y la fe de una mujer conocida con el nombre de Hemorroísa.

    La homilía de hoy va a consistir en hacer un comentario espiritual sobre el texto del Evangelio.

    No se sabe cuándo ocurrieron estos dos milagros, que nos cuentan los evangelistas Mateo (Mt 9,20-26); Marcos (Mc 5,25-43; y Lucas (Lc 8,43-56) con pequeñas diferencias en la narración. Es probable que Jesús se encontrara ya en el segundo año de su vida pública, teniendo por residencia Cafarnaúm, sede central desde donde realizó su apostolado en Galilea. En distintos lugares y en diferentes ocasiones Jesús predicó las principales parábolas del Evangelio. Después hizo una breve expedición a Gerasa donde curó a dos posesos , y luego, acompañado de sus discípulos, se dirigió en barca a la ribera de Cafarnaúm. Apenas desembarcaron, observaron que en la orilla había una gran muchedumbre. Estaba todavía Jesús junto al mar, cuando un personaje, presidente de una de las sinagogas de la ciudad, con expresión de suma tristeza en el rostro, se acercó a Jesús, se postró a sus pies, le adoró y le hizo la siguiente apremiante súplica:

- Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.

    Y Jesús, compadecido de este padre que tenía el corazón partido de pena, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud se encaminó hacia la casa de Jairo con el fin de curar a su hija, que tenía 12 años. Y sucedió que en el camino, irrumpió una mujer conocida por los comentaristas del Evangelio por el nombre de la hemorroísa. Estaba enferma de hemorragias durante doce años, y había gastado todo su capital en médicos, y cada día se encontraba peor. A empujones y tratando de no molestar, esta buena mujer de fe intentaba acercarse a Jesús, a quien sólo conocía de oídas, pensando para sí que si lograba tocar el manto de Jesús, se curaría. Y lo consiguió, pues silenciosamente por detrás tocó su manto, sin que nadie lo advirtiera. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.

    Jesús, notando que había salido fuerza de Él, se volvió a la turba entre la que se encontraba la hemorroísa, y preguntó:

-¿Quién es el que ha tocado el manto?

    Pedro, los discípulos y los que con Él estaban, alborotados le contestaron:

- ¡Qué cosas tienes, Señor! ¡Qué preguntas! Estás viendo que todos te tocamos porque no puedes rebullirte, y preguntas: ¿Quién me ha tocado?

    Entonces Jesús echó una mirada sobre la turba buscando a la persona que le había tocado, mientras decía:

- Alguien me ha tocado, porque de mí ha salido una fuerza curativa.

    Jesús debió posar su mirada, de manera significativa, sobre la hemorroísa de tal manera que quedó descubierta. Entonces la pobre mujer temiendo y temblando se postró a los pies de Jesús y le confesó todo. Y Jesús con semblante bondadoso y mirada agradecida, le dijo:

- Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.

    Todavía estaba hablando cuando llegaron de la casa de Jairo, jefe de la sinagoga, unos criados para decirle un poco en privado:

- Jairo, tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?

    Jesús alcanzó a oír esta misiva y dijo a Jairo:

- No temas, basta que tengas fe.

    Y luego, acompañado solamente por Pedro, Santiago y Juan llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Y dijo:

- La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de Él. Entró donde estaba la niña con sus padres y acompañantes y cogiéndola de la mano, le dijo:

- Niña levántate.

    Y la niña se levantó y echó a andar. Y todos se quedaron viendo visiones.

    ¿Cómo era la fe de estos dos personajes?

    Tanto la fe de la hemorroísa como la de Jairo era una fe en Jesús, popular, religiosa, un tanto supersticiosa, considerado como profeta taumaturgo de Galilea, y no como verdadero Dios. Para que la hemorroísa pudiera ser curada, tenía que tocar el manto de Jesús; y para que la hija de Jairo fuera sanada, tenía que ir Jesús a su casa e imponer las manos. Más perfecta fue la fe del Centurión que creía en el poder de la palabra de Jesús, sin necesidad de tocar al enfermo:

- “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, más di una sola palabra y mi criado quedará sano”. Sabía que no era necesario el tacto de Jesús, aunque Él solía hacer siempre un gesto, imponer las manos, tocar, como hizo con un leproso que le pedía:

- “Señor, si quieres, puedes curarme”. Bastaba para que fuera curado que Jesús quisiera. Y Jesús quiso, pero extendió su mano y le tocó para curarlo.

    La fe de los personajes del Evangelio no era teológica, como la que tenemos nosotros, heredada y estructurada en definiciones dogmáticas, debido a una formación catequética o teológica. Pero era fe del corazón bueno y creyente.

    También en nuestros días los cristianos acuden a Jesús a pedirle gracias o milagros, y para conseguir estos favores tienen que ir y tocar, como por ejemplo a Jesús de Medinacelli. Aunque esta fe sea primaria y no teológica, hay que respetarla y jamás ridiculizarla, pero sí educarla, pues sólo Dios premia la fe del corazón sencillo y no la fe de la cabeza. Para que Jesús nos escuche, no hace falta tocarle, sino tocarle con fe. Cuando comulgamos, tocamos el Cuerpo de Jesús, que es más que tocar el manto, como hizo la hemorroísa, y no nos curamos.





sábado, 19 de junio de 2021

Décimo segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo B

         San Juan Bautista

SEMBLANZA

Juan Bautista era hijo de Zacarías, sacerdote, e Isabel, santos esposos que vivían en la presencia del Señor en Ain Karin, ciudad a siete kilómetros y medio de Jerusalén. Ambos eran de edad avanzada e Isabel además estéril. Existían en ellos impedimentos naturales para ser padres, juntos y por separado pedían a Dios con ilusión y esperanza el milagro de que su matrimonio fuera agraciado con la bendición de un hijo. Sucedió que un año le tocó a Zacarías  presidir  la ceremonia religiosa en el templo de Jerusalén, y por razón de su cargo tuvo la suerte de poder entrar en el Sancta Santorum a ofrecer el incienso, cosa que ocurría alguna vez que otra en la vida, por los muchos sacerdotes que había al servicio del altar en el templo de Jerusalén.  En el mismo instante en que Zacarías se disponía a incensar, cerró los ojos y en oración silenciosa y con devoción profunda  pidió a Dios la gracia milagrosa de tener un hijo, creyendo que aquel era el momento más apropiado para que su oración  fuera escuchada. Al abrirlos para empezar la incensación, se le apareció un ángel del Señor de pie a la derecha del altar, en medio de una aureola de rayos que lo envolvía. Al verlo, Zacarías se sobresaltó  y quedó emocionadamente desconcertado. El ángel le dijo:

“Tranquilízate, Zacarías, que tu ruego ha sido escuchado: Isabel, tu mujer, te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti una grandísima alegría y serán muchos los que se alegren de su nacimiento… Se llenará de Espíritu Santo. Él irá por delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,13 – 17).  

            Zacarías dudó de las palabras del ángel y le dijo:

“¿Cómo estaré seguro de  eso? Porque yo ya soy viejo y mi mujer  de edad avanzada” (Lc 1,18).

Como castigo por su falta de fe, el ángel, que era Gabriel, le anunció que quedaría mudo desde ese momento hasta  el nacimiento de su hijo.

Al terminar los días del servicio religioso en el templo, Zacarías volvió a su casa, y poco tiempo después Isabel, su mujer, quedó embarazada. Terminado el período de gestación dio a luz un hijo. A los ocho días, cuando fueron a circuncidar al niño,  para resolver la problemática que surgió sobre el nombre que se le había de poner, Zacarías escribió en una tablilla el nombre de Juan, que era el que el ángel le había dicho que se le pusiera. Y en ese momento  se le soltó la lengua, y  en un arrebato místico pronunció la poesía profética del “Benedictus”, una de las composiciones más bellas de la Sagrada Escritura (Lc 1,67-79).  

Niñez y juventud de Juan

Basándome   en el precioso libro “Vida y Misterio de Jesús de Nazaret” de Martín Descalzo. Juan se educaría en el ambiente religioso de su propia familia. Durante ese tiempo, Juan y Jesús se verían con alguna frecuencia, sobre todo cuando cada año los santos esposos José y María acudirían con el Niño Jesús al templo de Jerusalén a celebrar la Pascua; y aprovechando esta circunstancia, se acercarían a ver a Isabel, parienta de la Virgen.  

A los doce años, edad en que sus ancianos padres podrían haber fallecido, Juan  impulsado por el Espíritu Santo pudo internarse en algún monasterio de monjes, junto a la orilla occidental del mar Muerto, a 13 kilómetros de Jericó.  En su juventud pasaría al desierto de Judea a completar su formación monástica con una vida eremítica de oración y penitencia, como nos da a entender el Evangelio: “Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel” (Lc 1,80).

Austero profeta del desierto

Juan vestido de piel de camello, con una correa a la cintura y alimentado con miel silvestre (Mt 3, 4), como austero profeta del Altísimo (Lc 1,76), en un lugar desconocido del Jordán predicó la conversión como preparación para la inmediata llegada del Mesías: “¡Convertíos que ya llega el reinado de Dios!” (Mt 3,2); y consiguió con su predicación muchas conversiones y discípulos, algunos de ellos se hicieron discípulos de Jesús, como Pedro, Andrés, Santiago y Juan.

Muerte de San Juan

Herodes, Rey, vivía maritalmente con Herodías, mujer de su hermano Filipo. Juan le reprendió este hecho y por esta causa, Herodías, su concubina,  consiguió del Rey lo metiera en la cárcel porque le odiaba a muerte. Sucedió que  Herodes en un cumpleaños suyo dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y principales de Galilea, y en esa fiesta la hija de Herodías  bailó con gracia, arte y ademanes provocativos con el aplauso y gusto de todos, principalmente del rey. Entonces Herodes mandó llamar a la muchacha y le dijo: Te juro que te daré todo lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino. Ella  preguntó a su madre qué le pedía al rey, le contestó: Pídele la cabeza de Juan Bautista. El rey se llenó de tristeza porque en el fondo de su corazón lo apreciaba, pero por no incumplir su juramento, llamó a uno de su guardia y le ordenó que trajera inmediatamente  la cabeza de Juan. Poco tiempo después el soldado decapitó a Juan en la cárcel, trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y ella se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura (Mc 6,17-29).

MENSAJE

El mensaje de San Juan Bautista era la conversión para la venida del Mesías, que se tenía que conseguir mediante la oración y la penitencia. Propongo en breves enunciados estos  tres temas con algunas reflexiones espirituales.

Conversión  

La conversión es un fin común para todos los hombres:

- los infieles  están llamados a la conversión a la fe mediante la fuerza omnipotente de la gracia del Espíritu Santo y la colaboración de todos los cristianos de la Iglesia en vanguardia en misiones o retaguardia en el mundo con la oración, penitencia y ayudas económicas;

- los pecadores muertos en el alma por el pecado a la vida de la gracia;

- los cristianos  en gracia a la conversión de la santidad bautismal progresiva;

- los consagrados a la santidad de la vida evangélica para conseguir  la mayor perfección posible en el cumplimiento de los estatutos, reglas,  normas disciplinares, vida comunitaria establecida y el trabajo dentro de la Comunidad o fuera de ella. Son los que más tienen que convertirse por la profesión de votos o compromisos  a Dios al servicio de la Iglesia. 

 
Oración

 La oración no es un “concesionario” de gracias que se pueden conseguir observando rigurosamente ciertas normas de ciencia experimental; ni un soborno espiritual por el que se pretende conseguir de Dios favores a cambio de oraciones, sacrificios y limosnas, de modo condicional, final o causal: “te doy, si me das, te doy para que me des, y te doy porque me has dado”.           

           La oración es hablar con Dios para pedirle las gracias necesarias sobrenaturales para ir al cielo, que no se pueden conseguir con las fuerzas naturales. Santo Tomás de Aquino definió la oración con estas palabras: “La oración es la elevación de la mente a Dios para alabarle y pedirle cosas convenientes a la vida eterna”. Y Santa Teresa de Jesús, maestra en oración práctica, dijo: “es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

         El Catecismo de la Iglesia Católica de Juan Pablo II dice que “la oración es la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La oración cristiana es relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones” (Compendio nº 534; 2558-2565. 2590).

        La  oración es un acto personal de hablar o comunicarse con Dios. La tradición cristiana ha expresado tres modos principales de hacer la oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa, según enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (Cat compendio 568).

Fin de la oración

        El fin principal de la oración es triple:

- alabar a Dios, Creador de todas las cosas y Dador de todo bien por el que todo  sucede envuelto en la presencia de la Providencia amorosa de Dios Padre, pues todo es gracia, aunque parezca desgracia. El Creador de todas las cosas,   merece toda alabanza por los siglos sin fin;

- pedirle  todo tipo de gracias, debidamente ordenadas a la salvación eterna y el perdón por los pecados.

Penitencia

 La penitencia es un precepto evangélico que Jesucristo ejerció para efectuar la Redención, y enseñó a los hombres como un medio indispensable para la vida cristiana santificadora y apostólica.  La razón teológica es porque el hombre quedó deformado por el pecado original; y en  consecuencia devino la concupiscencia o inclinación al mal, el pecado y todos los males del mundo.

          San Pablo enseñó que la Penitencia es el complemento que faltó a la Pasión de Cristo en los miembros de su  Cuerpo Místico: “Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24); y  “domino mi cuerpo, no sea que después de predicar a los demás, yo quede descalificado” (1 Co 9,27).

 
Obligación de la penitencia

        La penitencia es una obligación que impone la Iglesia.  Recuerdo la ley penitencial de la Iglesia.

“En la Iglesia universal son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma (c 1250).

        El ayuno y la abstinencia se guardarán solamente el miércoles de Ceniza y el viernes Santo. Todos los viernes del año son días penitenciales. La abstinencia de carne que obliga solamente todos los viernes de Cuaresma, se puede cambiar en los demás viernes del año por un acto de piedad, caridad o limosna. Para mayor seguridad en cumplir el precepto penitencial de todos los viernes del año es aconsejable guardar la abstinencia de carne todos los viernes del año, porque si se quiere cumplir de la manera que permite la Iglesia española, no se cumple o se cumple mal. La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno a todos los mayores de edad, dieciocho años  hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve (c 1252).

Principales penitencias

        Las principales penitencias son:

- Recibir el sacramento de la Penitencia;

- el cumplimiento del deber;

- la aceptación total de sí mismo con la limitación de las cualidades personales;

- la humillación de los propios pecados;

-  la renuncia constante a la propia voluntad;

- el sacrificio costoso de la convivencia en comunidad, familiar, laboral, social, amistad y consagrada;

- y la aceptación de todos los acontecimientos como gracias de Dios. Todo lo que sucede, por voluntad de Dios, o querido por los hombres, entra dentro de la Providencia divina en el misterio de la Salvación, que sólo se entiende, si se acepta por fe.    

 

sábado, 12 de junio de 2021

Décimo primer domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

  

        La esperanza es una actitud firme o perfección habitual del entendimiento y de la voluntad que regula nuestros actos, ordena nuestras pasiones, guía nuestra conducta según la razón y la fe, proporciona facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena (Cat 1804)

 La virtud natural de la esperanza es distinta de  la virtud sobrenatural, que es infundida por Dios en el bautismo juntamente con la gracia santificante. La esperanza es una virtud teologal, infundida por Dios en la voluntad por la que confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para conseguirla, si somos fieles a Dios. Con ella aspiramos a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios del Espíritu Santo (Cat 1817)

Por culpa del pecado, el hombre está sometido a la esclavitud del pecado con todo tipo de debilidades, dolores, enfermedades y condicionamientos mientras vive; y necesita la virtud de la esperanza para superar las dificultades de la vida, vencer las tentaciones y sufrir con Cristo, que asumió todas las debilidades del hombre, menos el pecado.

Los acontecimientos de esta vida, tanto buenos como malos, hay que aceptarlos de manera subordinada a la vida eterna, porque todos son bienes espirituales, aunque muchos tengan apariencia de males. La tierra es un lugar de destierro, un valle de lágrimas, como rezamos en la salve, un espacio de miserias que nos acompañan hasta la sepultura. Merece la pena sufrir con la esperanza de gozar eternamente de la visión y gozo de Dios en el Cielo, porque “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18); y si sabemos soportarlos  santamente,  nos preparan el pesado caudal de gloria eterna (2 Co, 4,17).

Los cristianos padecemos con esperanza todos los sufrimientos de esta vida con los ojos puestos en el Cielo.

 Hay que vivir con esperanza. Es lícito y, a veces obligatorio, procurar, a todo precio, la salud que se ha perdido, en cumplimiento del quinto mandamiento de la ley de Dios en su sentido positivo, que manda conservar la salud, aplicar los adelantos modernos de la ciencia y de la técnica, y  recuperar la integridad física, si esa es la voluntad de Dios. Es un pecado atentar contra el don de la vida, regalo de Dios, rehusando los medios necesarios para conservarla y recuperarla. Se puede luchar con esperanza por conseguir bienes materiales, merecer cargos y honores humanos con sacrificios y esfuerzos, cultivar las vocaciones artísticas, recreativas y deportivas con fines personales, familiares o sociales, y, mejor aún, en estado de gracia, que hace meritorias sobrenaturalmente todas las acciones del hombre. Las obras humanas, grandes o pequeñas, realizadas con la gracia y el esfuerzo humano gracia merecen Cielo. La gracia de Dios hace grandes las cosas pequeñas, y el desamor pequeñas las cosas grandes.

El Señor llega a nosotros, como quiere y de la manera que más nos conviene, tanto en los buenos y agradables sucesos como en los dolorosos que la naturaleza humana rechaza. Hay que aceptar la voluntad de Dios, que es el bien supremo del hombre en la tierra, porque como todo depende de la fe, todo  es gracia (Rm 4,13).

La virtud de la esperanza nos hace vivir ya en la tierra los bienes del Cielo. Por naturaleza nos gusta más esperar la venida del Jesús milagroso de la vida pública, que llega a nosotros en acontecimientos sorprendentes y milagrosos que la llegada del Cristo en su Pasión y muerte en la cruz, que se hace presente en nosotros con el signo del dolor, que parece castigo más que amor.

            Esperamos muchas cosas que queremos y no llegan, y nos lamentamos; y nos alegramos cuando suceden las cosas que nos gustan, ignorando la razón última de los sucesos, que están manejados por la providencia divina. Todo lo que no depende de la libertad del hombre acontece no por el azar o por casualidad, sino por la causalidad de la voluntad divina, que rige el destino de todas las cosas para el bien de los que aman

sábado, 5 de junio de 2021

Corpus Christi. Ciclo B


El sacramento de la Eucaristía es conocido con diversos nombres que expresan cada uno de ellos algún aspecto de este sacrosanto misterio. Hoy, primer día del triduo en honor del Corpus Christi, vamos a explicar el título de Acción de gracias, porque la Eucaristía es, sin duda, la acción de gracias litúrgica por excelencia.

Dice un refrán castellano que “el que no es agradecido, no es bien nacido”. Todos los hombres unas veces somos bienhechores de los demás y otras beneficiarios, porque nadie es suficiente para sí mismo. Solamente, Dios Trinitario, en el Espíritu Santo es dador de todo bien y no necesita nada, porque es eterno, infinitamente perfecto.

Jesucristo en el Evangelio nos dice: “Dad gratis porque todo lo habéis recibido gratis”. Es cierto que la justicia es una virtud que exige dar otro lo que realmente merece, pagar a cada uno lo que le corresponde por sus obras. Pero además de la justicia, y por encima de ella, está la caridad, que es la virtud formal de todas las virtudes, sin la cual no existe virtud alguna; y la caridad, que es amor de Dios, exige dar sin recibir nada a cambio. El que sólo obra en virtud de la justicia, no se puede considerar verdaderamente cristiano, pues si de Dios todo lo hemos recibido, debemos dar cosas gratis a los demás para obrar al estilo divino y compartir entre todos lo que es de Dios en última instancia.

La creación del ser humano es un privilegio entre todas las criaturas existentes, pues podríamos haber sido cualquier otra criatura, una piedra, una planta, un animal, y no un hombre o una mujer; y nada hubiera pasado y nada hubiera faltado a la perfecta Creación. Sin embargo, Dios fue infinitamente bueno para con todos nosotros. Nos predestinó, desde la eternidad, a ser hijos suyos en la Iglesia Católica, nos proporcionó unos padres que nos dieron la vida causada por Dios; unos padres que nos regalaron, según ellos entendieron, todo lo mejor que supieron y pudieron, aunque por excepción, tal vez, se diera el caso de que nos hubieran ocasionado males, debido a su desequilibrio personal o por muchas causas justificables; males que en su corazón fueron bienes subjetivos, pues nadie quiere el mal para sí mismo; y los padres responsables, de ninguna manera quieren hacerse mal a ellos mismos en los hijos.

Podríamos haber sido hijos de padres indiferentes a la fe, u opuestos a ella; o haber nacido en un país primitivo, de una cultura pagana, materialista, humanista, o acaso atea. Sin embargo, tanto nos amó Dios que volcó sobre cada uno de nosotros un amor singular, repleto de dones naturales y gracias sobrenaturales.

Siguiendo esta línea de gratitud a Dios por los beneficios recibidos, cada uno haga ahora, o en otro momento de más tiempo y soledad, el recuento de gracias que de Dios ha recibido; y no tendrá otra opción que rendir gracias a Dios, entonando un Tedeum por los muchos regalos que de Él ha recibido.

Además de esta gracia natural, que es la suprema entre todas las cosas creadas, podemos considerar, aunque sólo sea de paso, el hecho de ser cristiano, hijo de Dios por la gracia del bautismo en la Iglesia católica, haber conocido a Dios, desde siempre, haber sido arropado de muchas circunstancias y factores, que contribuyeron a mi vocación cristiana, en mi caso vocación sacerdotal, o en el tuyo vocación de vida consagrada o sacramental del matrimonio, o de vida cristiana en cualquier estado de la vida.

Todo es gracia, nos dice el apóstol San Pablo en la carta a los Romanos. Todavía se acrecienta más la gratitud a Dios, si cada uno en particular reconsidera los dones espirituales que ha recibido y los guarda en el secreto íntimo de su corazón. Y más aún, si recuerda los pecados que ha cometido en la vida pasada, o sigue cometiendo tal vez en la vida presente, que son expresión de ingratitud para con Dios, de quien ha recibido todo bien. Por si esto fuera poco, el Señor es tan infinitamente misericordioso que, a cambio de la ingratitud del pecado, te perdona y te regala el don inestimable de su amor.

Siempre podemos dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en la oración personal o comunitaria, en cualquier momento sobre la marcha de la vida ordinaria, con una simple acción de gracias, a modo de jaculatoria, en momento transitorio, que debería ser permanente. Cualquier ocasión es buena para agradecer a Dios el diluvio de gracias recibidas de Él, sin mérito alguno de nuestra parte y sólo por su bondad infinita. Pero el momento más oportuno, oficial y litúrgico es en la celebración de la Santa misa o de la Eucaristía.

La Eucaristía es en sí misma acción de gracias al Padre por el Hijo que se inmola de nuevo por nosotros y nos sigue redimiendo, perpetuando el mismo sacrificio que ofreció al Padre en el altar de la cruz, ministerialmente por medio del sacerdote. Por consiguiente, nuestra misa no debe ser solamente un acto de culto eucarístico, una obligación legal para librarnos del pecado mortal, un cumplimiento de la ley de Dios y de la Iglesia, sino el acto teológico y litúrgico de acción de gracias.

Damos gracias a Dios en el acto penitencial en el que pedimos perdón por nuestros pecados con gratitud eterna; damos gracias a Dios cuando rezamos o cantamos el himno del gloria o de alabanza; cuando escuchamos la Palabra, que nos prepara para la liturgia eucarística; en la presentación del pan y del vino, en el que nos ofrecemos como somos y cuanto tenemos, para que cuando el pan deje de ser sustancia de pan y se convierta en el cuerpo de Cristo y el vino deje des sustancia de vino y se convierta en la sangre de Cristo, nuestra vida y todas nuestras cosas se conviertan en eucaristía; cuando recitemos la plegaria eucarística, con el cuerpo y la sangre de Cristo, presentes en el altar, pidamos por la Iglesia y los difuntos dando gracias a Dios por toda la creación, redención y santificación.

Y, por fin, con el rezo del padre nuestro en el que pedimos a Dios el perdón de nuestros pecados, con el propósito de perdonar a los que nos han ofendido, al estilo de Dios; y con el rito de la paz que entre los hermanos nos damos, y con la comunión al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, que es acción suprema de gracias, que no tiene parangón.



















sábado, 29 de mayo de 2021

Santísima Trinidad. Ciclo B

Celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio absoluto que ninguna criatura puede entender, revelado en el Nuevo Testamento por Jesucristo.

No pretendo en esta homilía explicar en qué consiste esta verdad dogmática, porque las realidades de fe transcienden la capacidad intelectiva de los seres creados, ángeles y hombres, y, por consiguiente, no se entienden, sino que se creen y se viven, en espera de poderlas contemplar un día en el Cielo por medio de la visión intuitiva. Entonces veremos a Dios, Uno y Trino, tal cual es en sí mismo, porque la fe con la que ahora creemos, se convertirá eternamente en visión y gozo.

Tampoco es mi propósito explicar el misterio de la Santísima Trinidad con términos teológicos, porque este tema es más bien propio de catequesis o de estudios teológicos. Simplemente recuerdo lo que todos sabemos por el catecismo de primera comunión: Existe un solo Dios, y en Dios tres Personas realmente distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que tienen una sola naturaleza divina. Y nada más. ¿Cómo se explica este misterio? Nadie lo sabe. En el Cielo lo veremos y entenderemos con claridad divina en toda su profundidad.

Yo quiero hoy hablar de una verdad muy consoladora y provechosa para la vida cristiana y santificación personal: La inhabitación de la Santísima Trinidad dentro del alma del justo, por medio de la gracia santificante.

Es un hecho indiscutible que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo moran en el alma que está en gracia de Dios, es decir sin pecado mortal. Son muchos los textos del Nuevo Testamento que prueban esta sublime realidad, que vivida con fe y fomentada con amor nos puede llevar con rapidez a la cumbre de la santidad. No se trata de una metáfora mística para afirmar que Dios Uno y Trino, la transcendente Trinidad, está siempre, de una manera u otra, con el hombre, sino que habita o convive o inhabita en el alma por medio de la gracia.

A título de ejemplo voy a reseñar el texto más claro del Evangelio, que afirma esta verdad transcendente, que si no hubiera sido revelada, parecería poética o imaginaria:

-“Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (J, 14,23). En este texto Jesús habla en plural, vendremos y haremos morada en él; y no vendré y haré, como pide la lógica del texto: Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y yo vendré a él y moraré en él.

Este misterio, vivido con fe esperanzadora de amor operativo, no se puede explicar con palabras humanas, pero es una verdad clara y contundente, que hace vibrar la sensibilidad mística del alma del creyente. En efecto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad, mora o convive dentro del alma que está unida a Dios por la gracia santificante. ¡Qué maravilla, qué gozo, ser partícipe de la vida trinitaria de Dios en el alma!

¿Cómo se explica esta transcendente realidad mística?

Sabemos por la doctrina de la Iglesia que ”la gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en intimidad de la vida trinitaria: por el bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, cabeza de su cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único, y recibe la vida del Espíritu” (Cat 1997).

Es evidente que la naturaleza única de Dios, Uno y Trino, solamente puede ser participada totalmente por las tres divinas Personas, y no por ninguna criatura. Pero sí puede ser participada sobrenaturalmente, de modo creado y analógico. De la misma manera que el sol no cabe dentro de una habitación de la Tierra, pero sí puede ser participado analógicamente por su luz y calor, así también la naturaleza divina es participada por la luz y el calor de su gracia.

La Santísima Trinidad se nos comunica principalmente para tres finalidades: para convivir con el hombre, potenciar sobrenaturalmente sus actos y regalarle experiencias místicas.

La Santísima Trinidad convive con el hombre

El cristiano que está en gracia de Dios convive en verdad con la Santísima Trinidad, no simplemente está con Ella, como quien “está” con una persona sin otra relación que la de presencia; ni vive, como un interno en un colegio o un huésped en un hotel o una casa; sino que el justo convive con la Santísima Trinidad en intercomunicación de vidas.

Dios se da al cristiano con su propia vida; y el cristiano, al recibir la vida Dios, le devuelve esa misma vida divina con sus buenas obras. Existe, realmente, una mutua convivencia de vidas, en la que, al intercomunicarse la vida, forman como una misma vida mezclada, conservando cada una la suya propia. Por eso, San Pablo llegó a decir: “Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

Es, en verdad, una intercomunicación de amor y gracia. Se podría decir que esta sublime realidad se parece al embrión, que siendo una persona distinta a la madre, recibe de ella su vida constantemente.

Dios Uno y Trino, es participado en el alma, tal como es en si mismo en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Allí, en el fondo íntimo del alma, el Padre engendra al Hijo y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; y desde el cielo del alma divinizada, la Trinidad realiza su obra de glorificación de los bienaventurados y la santificación de los hombres.

La Santísima Trinidad potencia sobrenaturalmente los actos del hombre

La vida es esencialmente movimiento, dinamismo, actividad. Siendo la gracia una forma divina, también es divina su actuación, dice Santo Tomás de Aquino. El hombre en estado de gracia, por efecto de la presencia trinitaria, actúa humanamente al modo divino, y sus actos resultan materialmente humanos, pero formalmente divinos. El motor divino es Dios, quien pone en marcha los hábitos de los dones, y el hombre justificado es utilizado por El Espíritu Santo, arrancando de él mociones y actos sobrenaturales, algo así como el violinista arranca de las cuerdas del violín melodías artísticas.

La Santísima Trinidad regala al hombre experiencias místicas

La Santísima Trinidad, en la mutua convivencia de vida divina con la vida humana, además de potenciar sobrenaturalmente los actos del hombre “endiosado”, se convierte en objeto fruitivo de experiencias místicas en grados muy diferentes, según la medida del don que se recibe y la correspondencia a los dones del Espíritu Santo.

Algunas almas llegaron a conocer la existencia de la Santísima Trinidad, y en cierto sentido su naturaleza y funciones, por experiencias místicas. Hay teólogos que opinan que la mística es el desarrollo normal de la gracia, como la beata Isabel de la Trinidad. Algunos teólogos opinan que si el cristiano no llega a experimentar gozos místicos es porque no corresponde a los dones del Espíritu Santo, y con el pecado o apegos a cosas o personas impide la evolución del gracia y su desarrollo, que fructifica en experiencias místicas.

Lo que sí es cierto es que el que vive siempre en gracia y trabaja por la perfección, consigue la santidad, es decir vive cada vez con más fe, con ráfagas de consuelos del Espíritu Santo y con espacios aislados o habituales de ciertas experiencias místicas de diferente índole.

Esta sublime realidad nos lleva a la conclusión de luchar por vivir siempre en gracia de Dios, a no echar por el pecado mortal fuera del corazón a los divinos huéspedes, Dueños y Señores de la vida del hombre; a no tener por el pecado venial a las tres divinas personas, que moran en nuestra alma, prisioneras con un trato descuidado, frío y superficial; sino a tratar a la Santísima Trinidad con convivencia de amor operativo, trabajando por conservar su divina presencia trinitaria con progresiva intensidad de gracia, aunque no se nos regale ninguna experiencia mística, pues solamente el hecho de morar en nosotros por su “presencia graciosa” es la mayor paga que se puede esperar.

sábado, 22 de mayo de 2021

Pentecostés. Ciclo B

 

Pentecostés tiene su origen en el Antiguo Testamento. Era una fiesta religiosa de sentido popular, conocida con el nombre de la fiesta de la recolección y de las siete semanas o Pentecostés, en la que los judíos ofrecían a Dios las primicias de todos los frutos del campo (Éx 23,16; 34,22).

En la primera lectura de la liturgia de la Palabra que estamos celebrando se nos narra el hecho evangélico de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo. Sucedió de modo espectacular. De repente se oyó un ruido del cielo, como de un viento recio, que resonó en toda la casa, como anuncio sensible de la venida del Espíritu Santo.

Después aparecieron unas lenguas, como llamaradas de fuego, que se posaron sobre la cabeza de cada uno de los apóstoles; y mediante estos signos recibieron el Espíritu Santo que los transformó totalmente, y les comunicó dones especiales y carismas extraordinarios con el acompañamiento de milagros sorprendentes, como el don de lenguas.

El efecto del ruido fue tan sorprendente que muchos de los que se encontraban en Jerusalén en aquel momento acudieron en masa al cenáculo y quedaron desconcertados, porque cuando los apóstoles empezaron a predicar, cada uno los oía hablar en su propio idioma, habiendo entre ellos judíos devotos de todas las naciones de la tierra, y hombres venidos de Mesopotamia, Judea, Frigia, Egipto, Libia, romanos y árabes.

En el Antiguo Testamento, desde las primeas páginas, se nos habla del Espíritu de Dios, presente en la Creación y actuando en los profetas y en toda la Historia de la Salvación. Pero la revelación del Espíritu Santo, como Persona Divina, distinta a la del Padre y a la del Hijo, sólo es revelada en el Nuevo Testamento.

La acción de la santificación en la Iglesia y la de cada uno de los fieles se atribuye al Espíritu Santo, dador de todo bien; la acción creadora al Padre y la acción redentora al Hijo; pero toda acción divina es común a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.

Con el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inaugura oficialmente la Iglesia, que tuvo un origen eterno en el seno íntimo de la Santísima Trinidad. Fue prefigurada en el Antiguo Testamento en los Patriarcas y profetas; y cuando llegó la plenitud de los tiempos, en la concepción del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, se concibió la Iglesia en su Cabeza y en sus miembros místicamente.

Después, cuando nació Jesucristo, nació la Iglesia en su Cabeza con sus miembros en potencia. Luego, durante treinta y tres años Jesucristo fue estructurando su Iglesia en cuatro etapas principales.

En su vida oculta con el ejemplo de la oración, silencio, trabajo y obediencia; en su vida pública con la predicación del Evangelio, realización de signos y milagros, la formación del Colegio apostólico, y la institución de la Eucaristía; y en su pasión y muerte derramando su sangre divina. Resucitado Cristo, estuvo con sus discípulos durante cuarenta días perfilando los últimos detalles de la constitución jerárquica de la Iglesia; y después de encomendar a sus apóstoles la misma misión que recibió del Padre, subió a los Cielos para seguir desde allí, ministerialmente el gobierno de la Iglesia.

Por fin, a los cincuenta días de su resurrección, envió al Espíritu Santo para inaugurar oficialmente la Iglesia hasta la Parusía o final de los tiempos. Cuando este mundo se acabe, se clausurará la Iglesia peregrina en la tierra y se establecerá en el Cielo la Iglesia triunfante por los siglos que no tienen fin.

El Espíritu Santo reparte entre los hombres, a quienes quiere, cuando quiere y de la manera que quiere, diversidad de dones, para diversidad de servicios, y diversidad de funciones, como hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra (1 Co 12,3b-7.12-13), para el bien común de la Iglesia. Son innumerables y no se pueden conocer, pero teniendo en cuenta el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, se pueden clasificar en siete: don de sabiduría, don de entendimiento, don de ciencia, don de consejo, don de fortaleza, don de piedad y don de temor a Dios. Los frutos principales del Espíritu Santo, entre otros, son amor, alegría, paz, comprensión, agrado, generosidad, lealtad, sencillez y dominio de sí (Gá 5,22-23), según nos enseña San Pablo.

Siguiendo la doctrina teológica de Santo Tomás de Aquino, vertida en muchos documentos del magisterio de la Iglesia, existen dos vidas con ciertas analogías: la natural y la sobrenatural.

El hombre, en la vida natural, es un ser misterioso, compuesto de cuerpo y alma, materia y espíritu, que íntimamente asociados forman una sola naturaleza y una sola persona. Con razón se dice que es un microcosmos, síntesis admirable de la creación entera. El alma humana es una sustancia que en su ser y en su obrar es, de suyo, independiente de la materia. Separada del cuerpo, como es el caso de los santos en el Cielo, el alma actúa sin la materia, en virtud de la visión intuitiva, pero está exigiendo la unión con el cuerpo para ser y actuar de manera completa actuación, como persona resucitada. Mientras el alma permanece unida al cuerpo, para operar se sirve de las potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, y de los órganos corporales.

Hay una estrecha analogía entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia es como el alma de la vida sobrenatural. De manera parecida a como el alma actúa en la persona humana valiéndose de las potencias espirituales y corporales, así, en sentido analógico, se puede decir que en el organismo sobrenatural la gracia santificante, que es en sí misma estática y no operativa, actúa mediante las virtudes y dones del Espíritu Santo.

Toda esta doctrina teológica es puramente humana, y está concebida con fundamentos teológicos razonables. Pero la realidad sobrenatural de la acción del Espíritu Santo es inimaginable, actúa, de modo misterioso que supera la ciencia ficción, el discurso del hombre y la imaginación. El modo como el Espíritu Santo comunica sus dones y carismas a todos los hombres, sin excepción, es realmente misterioso, desconocido, personal, múltiple, y entra dentro del misterio de la salvación del amor misericordioso de la Santísima Trinidad.

sábado, 15 de mayo de 2021

Ascensión del Señor. Solemnidad. Ciclo B


En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11) de la solemnidad de la Ascensión, que estamos celebrando, se nos dice que mientras los Apóstoles miraban fijos al Cielo, viendo cómo Jesús se marchaba, una nube se lo quitó de la vista, y dos ángeles, en forma de hombres vestidos de blanco, se les aparecieron diciendo:
- Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que osha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse

LOS CIELOS NUEVOS Y LA TIERRA NUEVA

Está revelado y es doctrina de la Iglesia Católica que al fin de los tiempos, todas las cosas creadas del Universo serán transformadas en Cristo (Ef 1,10). La Creación entera se convertirá en “los nuevos cielos y la nueva Tierra”, de los que nos habla la Palabra de Dios (2 P 3,13;Apoc 21,1). Es decir vendrá el fin del mundo.

El Evangelio nos habla de este espectacular acontecimiento con imágenes vivas y espeluznantes que explican analógicamente la realidad de este suceso revelado, que ni siquiera se puede imaginar. ¿Cómo será? ¿Cuándo tendrá lugar? Nadie lo sabe, como nos dice el Evangelio:

“El sol se hará tinieblas, la luna no dará su esplendor, las estrellas caerán del Cielo, los astros se tambalearán... El día y la hora nadie los sabe, ni siquiera los ángeles del Cielo ni el Hijo, sólo y únicamente el Padre” (Mt 24,29-30.36)

Será, sin duda, ese singular acontecimiento un cambio radical y total del Cosmos y del mundo entero, cuya realidad deberá ser espantosa. Todos los astros: estrellas, planetas, satélites y demás cuerpos celestes que hay en el firmamento, que desconocemos y conocemos, sufrirán un cambio brusco en su ser y en su funcionamiento. Cesarán sus leyes físicas y serán sustituidas por otras metafísicas materiales de naturaleza desconocida, que el más sabio de los astrónomos no puede ni siquiera imaginar. La Tierra, el hermoso planeta azul en el que vivimos, santificado por la presencia de Jesús, en el que nació, vivió, murió y resucitó, sufrirá en sus entrañas una transformación espantosa en su constitución, en sus leyes y en su estructura exterior. La Tierra de entonces será sustancialmente la misma, pero perfeccionada al máximo, con características tal vez acomodadas para ser el habitáculo de los cuerpos gloriosos, como imaginan algunos teólogos.

Veamos lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre este tema:

“La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3,13;Ap 21,1)...En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre... Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado” (Cat 1046-1047).

“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventurada llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS,1)

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LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

La creencia en la resurrección de los muertos forma parte integral de los artículos de la fe, como afirmamos en el Credo de la iglesia Católica que rezamos en la Santa Misa: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” Nadie que se considere católico de manera consecuente puede negar la verdad revelada de que Cristo nos resucitará en el último día (Jn 6,39-40).

Cuando morimos, el alma se separa del cuerpo y es juzgada por Dios en juicio particular con sentencia eterna, que será confirmada públicamente delante de todos los hombres en el día del juicio universal, al final de los tiempos. Y el cuerpo, muerto para la vida, volverá a la tierra, de la que fue hecho, para esperar el día de la resurrección de los muertos.

Cuando llegue el último día, el fin del mundo, todos los muertos “resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc de Letrán IV: DS 801), transformado en cuerpo de gloria (Flp 3,21), “en cuerpo espiritual” (1 Co 15,44; Cat 999).

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

El Señor mismo, a la señal dada por la voz de un arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del Cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán (1 Ts 4,16; Cat 1001).

Nadie sabe el día en que este acontecimiento espectacular tendrá lugar, ni tampoco cómo, porque no ha sido revelado. Este hecho sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe” (Cat 1000).

Esta es la sustancia de la fe católica respecto del dogma de la resurrección de los muertos. Todas las demás explicaciones son teorías de teólogos que hacen sus propios discursos, más o menos fundados, sobre estas verdades innegables.

Santo Tomás de Aquino, y con él la mayoría de los teólogos, piensa que resucitará el mismo cuerpo que tenemos ahora con su propia materia, numéricamente la misma. “Para que resucite el mismo hombre numéricamente, no se requiere que todo cuanto estuvo materialmente en él durante la vida se tome de nuevo, sino solamente lo suficiente para completar su debida cantidad”.

El Catecismo de San Pío V que recoge las doctrinas del Concilio de Trento, dice que los cuerpos gloriosos gozarán de cuatro dotes principales:

- "Impasibilidad” , “esto es una gracia y dote que hará que los cuerpos no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá hacer daño, ni el rigor del frío, ni la fuerza del calor, ni el furor ni de las aguas”.

-“Sutileza” o dote por el que el cuerpo glorioso “se sujetará completamente al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio.

-“Agilidad” “en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiere el alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento”.
El cuerpo glorioso podrá trasladarse a sitios remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. Sin embargo, este movimiento, aunque rapidísimo, no será instantáneo.

- “Claridad” por la que brillarán como el sol los cuerpos de los santos.
Será un resplandor supranatural con más luminosidad que la más brillante de las estrellas.

Al estar resucitado el cuerpo, los sentidos tendrán su propia gloria, de modo que cada uno podrá ejercer, si quiere, su propia función, en grado eminente con gozo accidental, pues la glorificación esencial consistirá en la visión, posesión y gozo de Dios totalmente y para siempre. Santo Tomás de Aquino llegó a decir que las cicatrices de las llagas de Cristo y las de los mártires resplandecerán en el Cielo como focos que proyectarán luz sin deslumbrar con brillo especial.

EL JUICIO FINAL

Transformadas todas las cosas, es decir, convertidas en los nuevos Cielos y la nueva Tierra, los vivos y muertos, justos y pecadores, resucitados, serán juzgados en un juicio universal para que toda la persona humana (cuerpo y alma) participe de la suerte eterna que haya merecido el día de su muerte en el juicio particular: Cielo o Infierno, pues el Purgatorio ya no existirá. Los que entonces vivan morirán y serán resucitados al momento, y los muertos anteriormente resucitarán también. Y, todos, sin saber cómo, compareceremos delante de Jesucristo para ser juzgados públicamente. No se conocen ni el lugar del juicio ni sus características. Será una confirmación de la sentencia definitiva del juicio particular, que será presenciada por todos los hombres. Todo sucederá en fracciones de segundos, sin sucesión de tiempo. Entonces resplandecerá claramente la infinita y bondadosa sabiduría de Dios, Creador y Redentor de todos los hombres y de todas las cosas. Luego, se clausurará el Reino de Cristo en la Tierra, que comenzó al principio del tiempo, preparado en el Antiguo Testamento, fundado por Jesucristo, consolidado con la venida del Espíritu Santo y continuado por la Iglesia hasta la Parusía. Y, por fin, Cristo Rey instaurará la Iglesia eterna, cuyo reino no tendrá fin.

Entonces, se revelarán todos los secretos de este mundo y misterios de los hombres y se comprobará con clarividencia que todo lo que sucedió en el tiempo fue según los designios de Dios y en conformidad con la libre elección del hombre. Conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia condujo todas las cosas a su último fin.

Este gran acontecimiento final del tiempo, lo describe así el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores” (Hech 24,15), precederá al juicio final. Este será la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5,28-29;Cat 1038).

“El juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (Cat 1039).