sábado, 8 de enero de 2022

Bautismo de Jesús. Ciclo C

 

 Bautismo de Jesús

 Cuando Jesús terminó la primera etapa redentora  de su vida oculta, se despidió de su Madre y se dirigió al Jordán para ser bautizado por Juan con el fin de continuar y completar la Redención.

La palabra bautismo, de origen griego, en sentido  religioso  significa acción de lavado o purificación. No era un acto religioso exclusivamente judío, pues en los pueblos paganos de la antigüedad se celebraba, de diversas maneras, en muchas religiones politeístas. Los egipcios se bautizaban en las aguas del río Nilo, los babilonios en las del Eúfratres y los indios en las del Ganges. En algunos lugares el bautismo consistía en sacrificar víctimas humanas, ofrecidas a los dioses. Cuenta Papini en su vida de Jesús  que en Curio de Chipre, en Terracina, Marsella, en tiempos históricos indefinidos se arrojaba todos los años un hombre al mar, para que mediante el sacrificio expiatorio de su bautismo de agua el pueblo quedara purificado de sus pecados.

Bautismo en el Antiguo Testamento

El bautismo judío en el Antiguo Testamento consistía en un rito de ablución corporal, símbolo de limpieza interior o purificación de impurezas legales. Los judíos lo recibían después de escuchar la Palabra de Dios, y con el bautismo se comprometían a cumplir la Ley y se incorporaban al pueblo de Israel. Los bautizados que sentían una vocación especial para dedicarse al apostolado profético cursaban estudios bíblicos.

Bautismo de Jesús

El bautismo que Jesús  recibió fue un hecho real de visión sobrenatural, y no una alegoría contada poéticamente por autores de los primeros siglos del cristianismo con cierto simbolismo místico, como dicen algunos intérpretes  racionalistas.

Los evangelistas sinópticos solamente narran el bautismo de Jesús en el río Jordán con dos particularidades especiales: el rechazo de Juan para bautizar a Jesús y la revelación oficial del misterio de la Santísima Trinidad. 

No se sabe dónde sucedió este gran acontecimiento. Una antiquísima tradición que data del año 333 señala el lugar a unos doce kilómetros de Beisán, cerca de la desembocadura del Jordán en el Mar Muerto, junto al convento griego de San Juan Bautista.

Según se deduce del Evangelio de San Lucas (Lc 3,21), Jesús fue bautizado en una celebración comunitaria. Pudo suceder como yo imagino:

Los judíos que se iban a bautizar se situaban en fila india esperando su turno. El bautismo se solía administrar  por inmersión en el agua o por el baño de la cabeza y gran parte del cuerpo hasta la cintura. En una de las celebraciones comunitarias Jesús, de figura esbelta y elegante, que destacaba sobre los demás judíos devotos, se colocó en fila con porte exterior de profundo recogimiento, esperando su turno. Vestía  una túnica blanca de lino, que llegaba hasta los pies, sujeta a la cintura con un cíngulo. Tenía los pies desnudos, calzados con unas sandalias de tirillas de cuero atadas con hebillas. Un manto, de color granate, cubría desde sus hombros todo el cuerpo por la espalda, y se prolongaba hasta los talones de manera que los extremos caían por ambos lados con  picos desiguales. Cuando a Jesús le tocó su vez, se despojó de las vestiduras necesarias para recibir el bautismo simple, no por inmersión. Cuando Juan iba a bautizarlo clavó la mirada en sus ojos y sintió la corazonada de encontrarse en la presencia del Mesías. Entonces se resistió a bautizar a Jesús y le dijo: “¿Tú acudes a mí? Si soy yo quien necesito que tú me bautices”. Jesús le contestó: “Déjalo ya, que así es como nos toca a nosotros cumplir todo lo que Dios quiera” (Mt 3,14-15)Entonces Juan obediente a Jesús lo bautizó. En el momento en que el agua regaba la cabeza y parte de su cuerpo, el cielo se  rompió en dos mitades, como si fuera el telón de un escenario que se abre, y un rayo de luz celeste, muy potente, enfocó toda la Persona  de Jesús, quedando la Naturaleza en penumbra; y del espacio luminoso descendió una blanca paloma en ágil y rápido vuelo que se posó por encima de la cabeza de Jesús, sin tocarla, quedando en posición estática. Se hizo un impresionante y majestuoso silencio, y en medio de un ambiente sobrecogedor se dejó oír una voz sonora que decía: “Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto” (Mc 1,11), haciendo eco al chocar contra las montañas,

Todos los que estaban presentes en el río clavaron sus ojos en la Persona  de Jesús, y lo vieron rodeado en un círculo luminoso, como si desde el espacio un foco lo iluminara. Y todos quedaron ofuscados por la visión y con el corazón reventando de un gozo interior indescriptible.

La interpretación común de los Santos Padres y la Tradición entienden que en esta escena se reveló el misterio de la Santísima Trinidad, no conocido en el Antiguo Testamento. La primera Persona del Padre estaba simbolizada en la voz que hablaba; la segunda, la del Hijo, Jesús que se estaba bautizando; y la tercera, el Espíritu Santo en la paloma misteriosa de naturaleza desconocida de belleza sin igual. 

 La Iglesia resume perfectamente el significado del bautismo de Jesús con estas palabras: “El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente... y es anticipo del bautismo de su muerte sangrienta” (Cat 536).

            ¿Por qué fue bautizado Jesús?

No se puede admitir católicamente la teoría de los ebionitas y adopcionitas del siglo II que afirmaban que “Jesús fue un pecador, como cualquier hombre, que se purificó y “divinizó” al ser adoptado por Dios en el bautismo.  También es rechazable la opinión de aquellos herejes que ven en el bautismo de Jesús solamente un signo de conversión de pecador. Estas suposiciones son contrarias a la fe católica, pues Jesús, como Dios no pecó ni pudo pecar.

La doctrina común de la Iglesia  es que el bautismo de Jesús fue un rito ejemplar de perfección, necesario a los ojos de los judíos para poder ejercer el oficio de profeta en Israel;  un símbolo del bautismo de sangre que Él iba a recibir con su muerte en la cruz; un signo del bautismo sacramental que Jesús instituiría en su momento; y el acto misterioso de comunicar al agua la virtualidad de servir de instrumento para borrar el pecado de origen y personal del hombre.  Así lo expresa la Iglesia Católica en el prefacio de la liturgia del martirio de San Juan Bautista: “Él bautizó en el Jordán al Autor del bautismo, y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres.

Bautismo, sacramento instituido por Jesucristo

El bautismo instituido por Jesucristo no es: una costumbre religiosa, familiar, local o social; un requisito esencial para poder pertenecer a la Iglesia; ni mucho menos una acción sagrada instituida por la Iglesia para poder ejercer en ella ciertos actos religiosos o  apostólicos.

Es un sacramento instituido por Jesucristo: una generación sobrenatural por la que el hombre, nacido de Adán con el pecado original, recibe la misma vida sobrenatural de Dios por el baño del agua y de la palabra de vida (Ef 5,26);  una participación de la naturaleza divina (1P 1,4) por la que el hombre se hace verdaderamente hijo de Dios (Rm, 8,15; Ga 4,5). El cristiano nace dos veces: a la vida natural por la generación de sus padres por la que es engendrado hombre; y a la vida sobrenatural por la gracia del bautismo por el que es engendrado hijo de Dios. El bautizado tiene, por consecuencia, dos naturalezas: una humana, engendrada de la carne, y otra divina, engendrada del Espíritu Santo por el agua y la palabra.  

 

miércoles, 5 de enero de 2022

Epifanía del Señor. ciclo C

 

EPIFANÍA

Epifanía es una palabra griega que significa en su sentido etimológico manifestación. En la liturgia es la manifestación de Dios, encarnado, para la salvación de todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios en  la liturgia de la Palabra de este día: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

Muchos judíos, principalmente en los tiempos inmediatos al nacimiento de Jesús, apoyados en falsas interpretaciones de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, escritas en estilo enigmático y apocalíptico de difícil interpretación, pensaban que la salvación era una exclusiva para el Pueblo de Israel, sometido en ese tiempo principalmente a la invasión de Roma. La salvación  para ellos consistía en la instauración de un reino de justicia y paz, humano, temporal y político con sentido religioso con abundancia de bienes materiales y espirituales. Sin embargo, es una verdad de fe que Dios, infinitamente misericordioso, quiere que  todos los hombres se salven (1 Tim 2,3) por medio de la Iglesia católica o de otras muchas maneras en su suplencia.

Los Magos

El día de la Epifanía es entendido popularmente en España como la Fiesta de los Reyes Magos en que los niños, y también mayores, reciben regalos, en recuerdo de los dones de oro, incienso y mirra que los Magos regalaron al Niño Jesús en Belén.

En una descripción poética, de pura fantasía oriental, el evangelista San Mateo nos describe el relato de unos magos que vinieron de Oriente, guiados por una estrella, que llegaron a Belén; y allí, de rodillas, ofrecieron al Niño Dios oro, incienso y mirra.  Los Magos no eran reyes porque no fueron tratados como tales por Herodes, rey de Judea en Jerusalén en aquella época; ni magos, prestidigitadores que hacían magia. Eran  científicos dedicados a la astronomía. Sucedió que acostumbrados a estudiar la ciencia de los astros, un día observaron en el firmamento una estrella singular, fenómeno diferente a las estrellas que ellos conocían por su  ciencia. Impulsados por una revelación sobrenatural, guiados por esa estrella misteriosa, se pusieron en camino hacia Belén, con la certeza  de que había nacido el Mesías, el Salvador.  

No se sabe el lugar de donde vinieron. Una tradición fundada en el profeta Isaías (60,1-6), sin credibilidad histórica,  dice que procedían de Madián y de Efá, lugares que no conoce la ciencia geográfica; ni tampoco se sabe  el número de magos, ni sus nombres, aunque la tradición popular nos dice que eran tres y sus nombres Melchor, Gaspar y Baltasar. Su fundamento ilusorio se basaba en que como fueron tres los regalos que ofrecieron al Niño Jesús, oro, incienso y mirra, tres eran los Magos, en contra del sentido común, pues  tres personas pueden hacer un solo regalo y una sola tres. Tampoco se sabe el tiempo que los Magos tardaron en el viaje hasta llegar a Belén. Se piensa que el trayecto como mínimo duró seis meses y como máximo un año o año y medio.


Significados del oro, incienso y mirra

La peregrinación que los Magos hicieron desde Oriente a Occidente puede significar la travesía que nosotros hacemos desde el oriente de nuestro nacimiento hasta el occidente de nuestra muerte, y el camino el tiempo que vivimos en la Tierra hasta llegar al Cielo.

Como peregrinos debemos caminar en marcha hacia la meta de la eternidad, cargados siempre con los dones de oro, incienso,  y mirra que debemos  regalar constantemente  a Jesús hasta que llegue la hora de verlo y adorarlo en el Cielo con gozo eterno.   

El oro puede ser  símbolo de un corazón limpio de pecado grave que impide la perfecta unión con Dios; y  símbolo también del ejercicio de la verdad, sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas; del cumplimiento del deber en todas sus amplitudes; y de la práctica de obras buenas realizadas por amor a Dios y al prójimo.

Es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque mi vida pasada ha estado manchada de pecado, o acaso lo está ahora en el presente; o mi vida espiritual ha estado o está marcada por la tibieza, la indiferencia o la apatía cristiana o apostólica. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro dañado por el pecado y sin el brillo de una piedad, evangélicamente auténtica? Quizás ese sea tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia con un corazón de oro puro, desde siempre, o por el camino del oro de la penitencia, del arrepentimiento y de la conversión. Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y tal vez gravemente, puedes convertir el barro de tu vida en un corazón de oro por una conversión permanente de santas obras.

El oro puede estar significado también por el amor en su máxima expresión, que es la comprensión, que no significa ver bueno lo que es malo, ni justificar el mal,  sino excusar al pecador, al estilo de Jesús en la cruz que perdonó a los que lo crucificaron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es decir: no condenar a nadie en el corazón, porque desconocemos la realidad del mal que hace el pecador en su corazón delante de Dios.

San Pablo nos enseña que el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). La comprensión consiste en aceptar  a los hombres buenos y malos, como son, y  no como a nosotros nos gustaría que fueran. No pensemos que nosotros, por ser cristianos, somos delante de Dios mejores que los que no lo son; ni los fervorosos que viven la fe de una manera extraordinaria, ejemplar  son mejores que los que la viven de otra manera; ni que unos santos son más santos que otros por el modo de vivir la santidad en oración, penitencias y obras apostólica.  Solamente Dios lo sabe.

El oro de la compresión podría resumirse en tres frases: no hacer mal a nadie, no desear mal a nadie y no pensar mal de nadie. Dicho esto de manera positiva: hacer todo el bien que debemos y podemos a todos, desear el bien a todos y pensar bien de todos. 

 El incienso puede ser símbolo del reconocimiento de   la dignidad de Dios, a quien se le inciensa, como a los dioses falsos; y también de la oración teológica, eucarística y sacramental, alimento del alma. La oración privada es necesaria para estar en línea directa con Dios y se realiza de muchas formas. Hay que buscar un tiempo para estar de muchas maneras con Dios, nuestro Padre, que sabemos nos ama, como decía Santa Teresa de Jesús. Es conveniente, y muy fructuosa  la oración comunitaria, porque nos asegura Jesús en el Evangelio que cuando dos o tres se reúnen en su nombre, en medio está Él. Cuando oramos, de modo personal, nos preparamos para la oración litúrgica por excelencia, que es la celebración del sacrificio de la Santa Misa. Ora como tú eres, con tu estilo personal, de la manera que sepas y puedas, sin imitar a nadie en el modo, sin ceñirte necesariamente a un método determinado, con la ayuda de un libro o sin él, comunicándote con Dios con el pensamiento, deseo o palabra, con recogimiento o distracciones, con pena o alegría, despierto o dormido, con turbaciones, tentaciones o en paz, aburrido o entusiasmado, con el sacrificio de la fe o con el gozo del Espíritu Santo.  Ora, sabiendo que tu pobre y humilde oración de pura fe o de altura mística sube al Cielo como el incienso.

La mirra que los Magos ofrecieron al Niño Dios puede estar significada por nuestro dolor, nuestra cruz, debilidades físicas, psíquicas propias o de un familiar o amigo, y por los problemas que inevitablemente existen en la convivencia familiar y social.

Ofrécele al Señor la mirra de tu cruz sabiendo que es un bien que te purifica y santifica. Hay que presumir la buena voluntad de los que nos causan u ocasionan el mal, porque la cruz es gracia y hay que dar gracias a Dios por ella. Es humano y cristiano dar gracias a Dios por lo bienes recibidos, y es heroico, propio de santos, dar gracias a Dios por las cruces que sobrevienen, que son medios para la santificación, porque todo es gracia menos el pecado.  Te hacen mal si tú lo consideras así, y mucho bien si haces que el mal se convierta en bien. Estos son los regalos que podemos hacer al Niño Dios: el oro de la bondad del corazón estando siempre en estado de una vida de gracia expresada en santas obras y en la comprensión, el incienso de nuestra oración en sus múltiples formas; y la mirra de nuestro dolor. 

 

sábado, 1 de enero de 2022

Domingo segundo después de Navidad. Ciclo C

 

Hacía ya quinientos años que en Israel no surgía un profeta auténtico que predicara la ley de Moisés, denunciara la degradación moral del pueblo judío, combatiera la idolatría y condenara a los invasores extranjeros que tenían al pueblo de Israel oprimido en un puño, cometiendo injusticias sociales que clamaban al Cielo. Los que se presentaban como enviados por Dios eran predicadores oportunistas, que engañaban al pueblo con mitos religiosos y carismas falsos de naturaleza socio-política.

De repente, de la manera que no se sabe, se hizo presente en las riberas del Jordán un profeta estrafalario, llamado Juan, que vivía la pobreza heroica en grado extremo, sin ser conocido por nadie. Cubría su esquelético cuerpo con un vestido de pelo de camello, ceñido a la cintura con una correa de cuero,  y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre (Mt 3,4). Hoy todavía en Arabia, Etiopía y Palestina se encuentran estos insectos ortópteros, de la familia de los acrídidos, que a veces arrasan comarcas enteras. Tostados sobre las brasas, son el alimento común de los pobres en algunos lugares de aquellos países. La miel amarga y aromática, distinta de la que elaboran las abejas, se halla en los troncos de ciertos árboles, como la palmera, la higuera, el tamarindo y en las hendiduras de las rocas.

La predicación del extraño profeta del desierto se centraba en proclamar la llegada del Mesías, “anunciada muchas veces y en diversas formas a nuestros padres por medio de los profetas” en el Antiguo Testamento (Hb 1,1).  En la temática de sus sermones repetía frecuentemente el estribillo de su constante predicación: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Lc 3,4), aludiendo a la profecía de Isaías (40,3-5). Esta frase profética recordaba la antigua costumbre de los reyes orientales que, antes de ir a visitar sus estados, enviaban a sus criados para que preparasen los caminos, allanando los baches y acondicionando el paso por donde el cortejo real tenía que pasar. El argumento único de su predicación era la conversión: “¡Convertíos que ya llega el reinado de Dios!” (Mt 3,2), gritaba constantemente y a pleno pulmón el Pregonero del desierto. Con esa frase repetida y palabras de fuego reprendía enérgicamente a los fariseos, saduceos y escribas que acudían a él por malsana curiosidad, y  a quienes llamaba camada de víboras (Lc 3,7). Con el pueblo, sin embargo, se mostraba complaciente y comprensivo, invitando a la conversión perfecta de compartir con el pobre los propios bienes (Lc 3,11). 

La conversión exigía dos actos importantes: la confesión de los pecados y el bautismo por inmersión en las aguas del Jordán, que prefiguraba el bautismo sacramental que Jesucristo había de instituir en su momento histórico con agua y  Espíritu Santo. El rito sagrado judío, celebrado con salmos penitenciales, exigía una transformación total del hombre: la ruptura del pecado y el cumplimiento de la voluntad divina, manifestada principalmente en la Ley divina.

Tan espectacular llegó a ser la figura ascética de este extraño misionero, y tan sorprendente y exigente su doctrina, que se acercaban a él turbas numerosas de toda Judea y de toda la región del Jordán para oír la buena noticia que predicaba. Y, a consecuencia del fuego de su palabra y del imán de su arrebatadora conducta, muchos confesaban sus pecados y se bautizaban (Mc, 1,5), incluso pecadores, publicanos, soldados y prostitutas (Mt 21,32; Lc 3,12-14); y algunos de los que escuchaban la palabra de Juan se hicieron discípulos de Jesús, como Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Pero como de todo hay en la Viña del Señor, otros,  en cambio, rechazaron la nueva doctrina de Juan, el Bautista, y se mantuvieron en sus ideas religiosas tradicionales, y no faltaron quienes se hicieron enemigos suyos, como sucede siempre en este mundo. Tampoco faltaron manifestaciones celosas por parte de algunos discípulos de Juan que condenaron la actitud de Jesús, porque bautizaba y se llevaba la gente de calle (Jn 3,26). Y, como es lógico, bastantes fariseos y doctores de la ley no se convirtieron y se negaron a recibir el bautismo (Lc 7,30).

La fama de Juan empezó a difundirse por todas partes, incluso mucho tiempo después de ser bautizado Jesús y haber pasado cuarenta días y cuarenta noches en el desierto en oración y penitencia, preparándose para la vida pública. Los mismos sacerdotes y levitas empezaron a pensar si realmente había llegado ya la plenitud de los tiempos mesiánicos y sería aquel  anacoreta, profeta del desierto,  el mismo Mesías. (Lc 3,15). Para salir de dudas, el Sanedrín ejerció su perfecto derecho de investigar el caso y cerciorarse de la identidad de tan singular profeta. Eligió sacerdotes, levitas y fariseos, expertos en Sagrada Escritura, conocedores de las profecías, y los mandó a preguntar a Juan quién era en realidad. (Jn 1,19-23). Según un oráculo antiquísimo, que fue pasando de generación en generación como una creencia firme de los judíos, reflejada en el Evangelio, Elías subió al cielo arrebatado en un carro de fuego, y vendría al fin de los tiempos, podría ser también el Mesías (Mt 16,14; Jn 1,21).

La respuesta de Juan a los curiosos investigadores que querían saber la identidad  de su persona y de su misión profética, no pudo ser más humilde:

Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni un profeta. Yo soy una voz que grita desde el desierto: Allanadle el camino al Señor (Jn 1,20-23).

 La doctrina y comportamiento de Juan tuvo también repercusión en el Gobierno, porque el valiente Profeta del Jordán reprendió abiertamente a Herodes Agripa por su concubinato público con Herodías, la mujer de su hermano Filipo. A pesar de ello, el tetrarca no lo odiaba, sino que le escuchaba con gusto, lo respetaba y protegía, pues reconocía que era un hombre justo y santo (Mc 6,20).

Estando encarcelado Juan, envió una embajada formada por algunos de sus discípulos para preguntar a Jesús si realmente era Él el Mesías. Volvieron con la respuesta afirmativa, comprobada por los muchos milagros que Jesús hacía, y con la misiva de que Juan el mayor de los nacidos: “Os aseguro que no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista”, dijo el Señor (Mt 11,11; Lc 7,28).

 

viernes, 31 de diciembre de 2021

Santa María Madre de Dios. Solemnidad

 

    Al estrenar un año nuevo, celebramos tres acontecimientos diferentes en un mismo acto litúrgico: el primero, la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, que es el tema central de la liturgia; el segundo, el estreno de un nuevo año civil, un año más que Dios nos concede para nuestra santificación; y el tercero, la conmemoración de la jornada mundial de la paz.

    La Palabra de Dios proclamada en la primera lectura del libro de los Números nos dice: “Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: el Señor te bendiga y te proteja, y te conceda su favor, la paz”.

    Utilizando este texto, se me ocurre felicitaros el año nuevo con las mismas palabras, que resumimos en tres ideas: “Que el Señor te bendiga, te proteja y te conceda la paz”.

    No hay cosa más hermosa, hermanos, al estrenar un año que pedir a Dios, nuestro Padre, que nos bendiga; que desciendan sobre cada uno de nosotros las bendiciones del Cielo, que más necesitamos para vivir la fe en su plenitud con todas sus consecuencias; que aceptemos todos los acontecimientos que van a suceder en el año que acaba de empezar, como gracias, pues para quien tiene fe y ama a Dios todo le sirve para bien; que el Señor diluvie sobre todos nosotros toda clase de bendiciones sobrenaturales, espirituales y materiales.

    Os deseo de todo corazón que la bendición de Dios en todas sus acepciones sea para nosotros un escudo para retener las asechanzas del enemigo, un castillo donde vivamos refugiados de los peligros del mundo, una protección que nos resguarde de todos los males, una fortaleza para luchar contra el pecado, para vivir en unión con Dios en medio de las  adversidades,  con la esperanza de la vida eterna.

    Bendecidos con la protección de Dios, como un seguro a todo riesgo, si somos cristianos responsables con nuestra fe, vendrá a nosotros, como consecuencia lógica y aplastante, la paz de Dios que consiste en el cumplimiento de la voluntad divina, aceptando las distintas circunstancias de la vida, tanto personales, como comunitarias, tanto físicas como espirituales y morales. Os deseo de todo corazón que en el próximo año el Señor nos conceda la paz que trajeron los ángeles a Belén, en el nacimiento de Jesús; esa paz que no conoce el mundo y que se falsifica con la abundancia de bienes y ausencia de guerra; esa paz que es amor y es gracia, que es posible, aunque difícil, para los que caminamos por la tierra como peregrinos hacia la meta del Cielo, impulsados por la fe y motivados por la esperanza.

    También os deseo la paz para vuestras familias, que viven en perfecto funcionamiento humano con desajustes, averiadas con difícil arreglo o rotas de manera irreparable. Por que la paz del corazón se puede vivir en las distintas situaciones en que se encuentren las familias.

    Al celebrar litúrgicamente la maternidad divina de María, quiero también resaltar el gran dogma, base o fundamento de toda la teología mariana, porque por ser María la Madre de Dios, lo es todo dogmática o teológicamente: Inmaculada, porque no podía ser Madre de Dios una mujer manchada por el pecado; Virgen porque el modo de ser concebido y nacido el Hijo de Dios es más conforme a la dignidad divina; y Asunta a los Cielos, porque María, Inmaculada debía en los planes divinos gozar, como primicia de todos los hombres, la resurrección anticipada, como Cristo, por ser con Él Corredentora del género humano.

    En efecto, la maternidad divina de María es el fundamento de toda su grandeza. María es Madre de Jesucristo, que es Dios, y no Madre de Dios en sí mismo, como es evidente. La fe católica nos enseña que la Segunda Persona Divina de la Santísima Trinidad encarnó en las entrañas virginales de Santa María, y como efecto de esa encarnación, el Hijo de Dios se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana en todo menos en el pecado, y nació Jesús, Persona divina con la naturaleza divina que siempre tuvo en conjunto con las otras dos Personas del Padre y del Espíritu Santo y con la naturaleza tomada de la carne de María.

    Al celebrar la maternidad divina de María, también celebramos la maternidad espiritual de María, como Madre de todos los hombres. María, asociadas a su Hijo, Redentor, como un solo principio de salvación, es, por voluntad de Dios, Corredentora del género humano. Luego todos los hombres fuimos redimidos por Cristo con la colaboración de María, Corredentora. Todos somos hijos de Dios y porque hijos de Dios también somos hijos de María. Todos los hombres tenemos un solo Padre, Dios, somos hermanos con Jesucristo, Hermano Mayor y tenemos una sola Madre, que es María.

    Al empezar este año, nosotros tenemos que tener a María Santísima cada vez más cerca en nuestra oración y acción, porque siendo mayores nos volvemos cada vez más niños, y estamos más necesitados de la Madre. Cuanto más mayores somos más empequeñecidos estamos y más necesitados de la Madre del Cielo, pues en la niñez de nuestra vejez necesitamos más a nuestra Madre, María. Los jóvenes con sus ilusiones quieren vivir independizados de las madres, porque equivocadamente o con acierto deben vivir su vida y no valoran el sentido de la necesidad de una madre. Nosotros no podemos ya contar con las fuerzas de los jóvenes ni con la ilusión y protección de los niños, pues no tenemos la fortaleza de la juventud ni el encanto de la niñez, y por eso necesitamos a una Madre. Somos unos niños mayores, que hemos perdido el encanto de la niñez y de la juventud con la realidad suprema de la edad mayor, que es la edad perfecta de la vida para ver las cosas en su perfecta realidad.

    A medida que vamos cumpliendo años, constatamos mejor la verdad y la mentira de la vida, comprendemos mejor la miseria, malicia y debilidad de los hombres y el sentido transcendente de las cosas, necesitamos con humildad a Dios y a nuestra Madre María, Madre de Dios y de todos los hombres.

    En este día, estreno del año nuevo, resumiendo, os felicito con la bendición de Dios, deseando para todos y cada uno y vuestras familias la protección divina y la paz, bajo el amparo de nuestra Madre, María, a quien veneramos hoy con el título dogmático de Madre de Dios, pidiéndole que nos enseñe a guardar todas las cosas en el corazón y  a ejercer el apostolado sublime del apostolado de la vida sencilla y humilde.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Sagrada Familia. Ciclo C

 

Se podría concebir  que la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo en única divinidad, es la familia divina y eterna de la que proceden todas las cosas, y es la referencia de toda familia humana.   

En el plano humano, la Sagrada Familia, San José, María Santísima y el Niño Jesús constituyen, en perfecta unión humana y divina,  el modelo ejemplar de toda familia natural o instituida.  Hagamos algunas reflexiones pastorales sobre la Familia.

 Dignidad y autoridad en la familia

 La autoridad en la  Sagrada Familia no era igual que en las demás familias humanas, en las que la autoridad la suele ostentar el padre o la madre o ambos de común acuerdo. El hijo no tiene más autoridad que la obediencia. En cambio, en la familia de Nazaret, la persona menos importante en dignidad era la autoridad máxima, al estilo judío. La Virgen María, persona más digna que San José por ser Inmaculada y Madre de Dios ejercía también la autoridad en mutuo consenso  con su esposo San José. El Niño Jesús Persona divina, no tenía más autoridad que la obediencia, como nos dice el Evangelio: “Jesús bajó con sus padres a Nazaret y siguió bajo su autoridad”. Y, sin embargo tenía más dignidad que San José y María, porque eran personas humanas. El Niño Jesús ayudaría a San José en las tareas del taller y del campo, y a María en las ocupaciones domésticas de la casa, no por obediencia sino por amor redentor.

 La autoridad es servicio de amor 

El amor es la autoridad  en la familia. Cuando dos se quieren mucho, el uno sirve al otro y le presta los servicios que necesita no por autoridad ni obligación, sino por amor, lo contrario es justicia, tiranía o egoísmo. Las tres personas de la Sagrada Familia estaban tan íntimamente unidas en el amor, que era el único móvil de toda acción familiar. San José amaba tanto a su esposa María que todo lo hacía por Ella no por  autoridad  sino por la ley jerárquica del amor; y dedicaba también todo su trabajo, fatigas y esfuerzos por su hijo, el Niño Jesús, por la ley del corazón. Y lo mismo María, como esposa y madre todo su pensar, querer y hacer era para su esposo San José a quien amaba humana y espiritualmente como a Ella misma con el amor de Dios; y amaba por encima de todo a su Hijo, Jesús, con corazón de madre de Dios.  ¡Qué misterio de amor! Dios creador de sus padres y, a la vez, sumo a ellos que eran hombres.

  La Sagrada Familia modelo de toda familia humana

La sagrada familia es modelo de toda familia  humana e instituida, porque en ella resplandecían el amor verdadero y  todas las virtudes necesarias para la convivencia familiar.

En toda familia, fundamento de la Sociedad y de la Iglesia, tiene que existir la felicidad y  la paz humanamente posible: amor afectivo o efectivo en el trato humano de palabra, aunque sea de estilo bondadosamente político, comprensivo con la manera de ser de cada uno y respetuoso  con los ideales; y también comportamiento común de justicia y caridad, porque hoy en la familia hay miembros de distintas ideologías, culturales y religiosas y no religiosas. La convivencia en la familia en la que uno está obligado a vivir  es muy difícil. Para que haya paz en ella  es necesario soportar muchos sacrificios y renuncias por parte de todos los miembros.

La familia cristiana tiene que tener por mira a la Sagrada Familia para imitar sus virtudes.  Es pensable que San José y María, como eran diferentes en el ser y en el obrar, algunas cosas de uno no les gustarían  al otro, cosa natural, como suele pasar en los esposos muy enamorados, incluso entre santos, porque las diferencias accidentales  del ser y obrar, aunque no gustan, se aceptan por el amor. Raramente hay una persona que guste totalmente a la persona amada, pues el amor por muy grande y perfecto que sea, conlleva sufrimientos de cosas o cosillas que no gustan de la persona amada, y la única solución es la comprensión mutua del amor sacrificado. 

Los padres de Jesús cuando no entendían ciertos comportamientos misteriosos del Niño, los comprendían con amor, guardando todas las cosas en el corazón, sin comentarlos ni criticarlos, y ni siquiera pensarlos, aceptando por fe las decisiones de su Hijo que no les gustaban, porque eran hombres y sabían  que su Hijo era Dios. 

Muchas veces en las familias, entre esposos que se quieren mucho, entre padres e hijos y hermanos, que se llevan bien, se rompe o se enfría el amor por tontadas  de soberbia, amor propio o cabezonería. ¡Qué cosa más humana y cristiana es dar la razón a quien no la tiene en aquello que realmente es igual o no tiene mayor importancia! La razón de los hombres  que discuten acaloradamente la llevan subjetivamente todos, algunos o ninguno, pues solamente  Dios sabe quiénes llevan la razón.  Es mejor muchas veces dar la razón a quien no la tiene en cosas pequeñas, sin trascendencia, triviales  por amor a la paz familiar que defender las cosas  con guerra.

La Sagrada Familia es modelo de todas las virtudes que tenemos que imitar,  cada uno la que más necesite para vivir en paz con uno mismo, con los miembros de su propia familia y, sobre todo, con Dios que es quien juzga a todos en justicia y verdad.    

 

viernes, 24 de diciembre de 2021

Navidad. Ciclo C

 

“La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria” (Jn 1.14).

Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera “dios”

             El Hijo de Dios, sin dejar de ser Él mismo, se humilló hasta tal extremo que se rebajó de su dignidad divina y se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu San. Nació como hombre, vivió como hombre en todo, menos en el pecado, padeció los dolores más grandes que se pueden imaginar, murió en la cruz, y al tercer día resucitó para que el hombre naciera a la vida de la gracia, viviera siempre en gracia, muriera en gracia y resucitara en gracia, para ser con Cristo resucitado feliz eternamente en el Cielo.

En la liturgia de la Navidad de hoy conmemoramos el acontecimiento singular del nacimiento de Jesús, eje alrededor del cual gira toda la Historia y principio de la salvación de los hombres. La Navidad no es un tiempo mundano  dedicado a la diversión, comilonas, bebidas y juergas,   como para los paganos o no cristianos, sino es una fiesta eminentemente religiosa: el acontecimiento del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor. Sin embargo, todo el mundo celebra y felicita la Navidad en todos los sentidos: religioso, humano, familiar, comercial, político y mundano, y no cualquier otra fiesta humana.   

El apóstol San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de la Navidad, escrita a Tito, nos dice cómo tenemos que celebrar la Navidad: renunciar al pecado, libres del mal moral, en estado de gracia, y llevar una vida sobria, moderada en la celebración, sin excesos en comidas y vino, honrada, dentro de la justicia  y religiosa en el ejercicio de la oración, virtudes y santas obras,  en el culto a Dios y servicio a los hombres,  y llena de  gracia (Tit 2,11-14), haciendo que toda nuestra vida sea siempre navidad de amor y felicidad.

La Navidad o nacimiento de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende su vida oculta de oración, silencio y trabajo en obediencia; su vida pública de predicación del Evangelio y realización de milagros; y su vida de pasión, muerte, resurrección y ascensión a los Cielos. Son las fases que un cristiano tiene que vivir para que en su vida siempre sea NAVIDAD.

Para los cristianos  siempre es Navidad, no solamente  la Navidad litúrgica, el día en que conmemoramos el nacimiento de Jesús, sino  cuando celebramos:

  • La Navidad de nuestro nacimiento: el paso de no ser a ser persona humana, la criatura más perfecta de la Creación terrestre: imagen y semejanza de Dios.
  • La Navidad del bautismo en el que nacimos a la vida sobrenatural para formar parte de la Familia Divina.
  • La Navidad eucarística porque en la Eucaristía  nace el mismo Cristo resucitado y glorioso del Cielo, que se hace realmente presente bajo las especies de pan y vino en las manos del sacerdote en la cuna del altar.
  • La Navidad sacramental, pues  en cada sacramento nace  la gracia de Jesucristo en el alma, si se recibe con las debidas disposiciones.
  • La Navidad oracional para quien se pone en contacto con Dios y recibe el nacimiento de la gracia.
  • La Navidad caritativa  en la que se ejerce la caridad con los pobres o se hace cualquier bien al prójimo.
  • La Navidad teológica en aquellos que hacen que todos los actos de su vida estén hechos con Dios y por Dios: las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso,  las caídas y levantadas, los pasatiempos y diversiones, porque cuando se hace el bien es Navidad.   

sábado, 18 de diciembre de 2021

Cuarto domingo de Adviento. Ciclo C

   

            La segunda lectura de la liturgia de la Palabra, original del Espíritu Santo y escrita por el apóstol San Pablo en la carta a los Hebreos nos habla de la actitud virtuosa que tenemos que tener siempre en nuestra vida cristiana: “Aquí estoy para hacer tu voluntad” Esta frase me ofrece una oportunidad para hablar de la voluntad de Dios.

¿Qué es la voluntad de Dios?

Dios es el SER eterno, Bondad Infinita, el que es amando siempre, es misterio absoluto, cuyo concepto no cabe dentro de las categorías del entendimiento ni de imaginación del hombre: Amor en el ser, pensar, querer y obrar. El pensamiento de Dios, su voluntad  y su obrar son conceptos inescrutables para el hombre, que sólo conoce  defectuosamente con metáforas, analogías, errores y limitaciones. Nadie sabe ni puede saber el pensar de Dios, el querer de Dios y el obrar de Dios.  ¿Quién es Dios y cómo será Dios? ¿

Dios en si mismo, en el seno íntimo de su Ser, Uno y Trino, es un misterio que sólo puede ser conocido en el mundo por la fe. Sólo Dios  puede ser conocido por Él mismo en su plenitud en la esencia de las tres divinas Personas. Los moradores del Cielo conocen a Dios, según la capacidad glorificada que cada uno haya realizado con sus obras buenas en la Tierra. 

El Ser, conocer, querer  y obrar de Dios es una misma cosa en la esencia divina trinitaria, sin distinción real, sino de razón. Cuando lleguemos al Cielo y abramos los ojos del alma glorificada, todo será agradable y gozosa sorpresa: veremos que todo era como sabíamos por la fe en el conocimiento humano y defectuoso en la Tierra,   pero con la total visión y gozo eterno de la Verdad. En el Cielo  entenderemos, veremos y comprenderemos todos los misterios sobrenaturales y naturales, pero no todos los secretos de Dios, exclusivos de las tres divinas Personas.

Los grandes interrogantes que el hombre tiene, que no tienen respuesta humana, sino de fe católica, los comprenderemos con claridad divina. Por ejemplo: ¿Por qué Dios ha creado este mundo en que vivimos, con tantos males, desgracias, enfermedades, odios, guerras, y pecados? ¿Por qué Dios ha creado el hombre, sabiendo que iba a cometer el pecado original, causa de todos los pecados y males del mundo? ¿Cuál es la naturaleza del hombre? ¿Cuál es su fin?  ¿Qué hay después de la muerte?           

La Iglesia católica responde a estos interrogantes de esta manera, que resumo en cuatro principios:

            1 El Universo y el mundo en que vivimos han sido creados por Dios para el bien del hombre, que humanamente no se conoce.

            2 El primer hombre, Adán, fue creado por Dios a su imagen y semejanza, en estado original sobrenatural de gracia con dones preternaturales, para que le sirviera en la Tierra por un tiempo, y lo sometió a una prueba de obediencia, para que, si la superara, fuera glorificado y gozara de Dios eternamente en el Cielo. Pero Adán desobedeció a Dios y cometió el  misterio del llamado pecado original con el que todos los hombres nacemos  con  sus efectos: la ignorancia; concupiscencia o inclinación al mal,  el dolor y  la muerte.

3 Dios Padre se compadeció del hombre, lo perdonó, y le prometió en el Antiguo Testamento, de muchas maneras, la salvación de los hombres  por medio de su Hijo, Dios mismo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y en el Nuevo Testamento se cumplió la promesa: Jesucristo, Dios y hombre verdadero,  redimió al hombre por medio del misterio pascual: Encarnación en Santa María Virgen, por obra y gracia del Espíritu Santo; nacimiento virginal, pasión, muerte resurrección y ascensión a los Cielos. Este estado en su desenlace final, glorioso, es  infinitamente superior al estado primitivo de Adán, creado por Dios en santidad y justicia.

4º No existe más mal en el mundo que el pecado, los demás males, materiales y humanos, son aparentes y medios para el Bien Supremo que es Dios.

Mientras llega la hora de nuestra redención en su plenitud,  tenemos que aceptar la voluntad de Dios para conseguir la salvación eterna con fe, creyendo que siempre pasa lo que tiene que pasar, no por fatalidad ni casualidad, sino por la causalidad providente del amor  de Dios, infinitamente misericordioso, que siempre quiere o permite todo  para el bien de todos los hombres, según su sabia planificación eterna de la Redención, aunque   la razón humana no lo entienda; fortaleza, pidiendo a Dios la gracia para sufrir  sabiendo que el mal es pasajero para un tiempo y nos reporta el bien eterno del Cielo; esperanza, sabiendo que con la oración, dolor y obras buenas completamos lo que faltó a la Redención de Jesucristo en los miembros de su Cuerpo Místico.

El que es verdadero cristiano consecuentemente cree y vive siempre la voluntad amorosa de Dios en todo lo que acontece, como gracia bondadosa o dolorosa. Por eso hay que  gozar y  sufrir con la disposición total y plena de cumplir siempre la voluntad de Dios. Por siguiente debemos estar siempre  en actitud permanente viviendo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.