sábado, 16 de julio de 2022

Domingo décimo sexto. Tiempo ordinario. Ciclo C

 



MARTA Y MARÍA


1. Marta y María


2. Marta y María símbolos de la vida consagrada.







1 Marta y María


Jesús tenía una amistad especial con una familia rica, de Betania, profundamente religiosa, compuesta por tres hermanos: Lázaro, Marta y María. Solía visitar esta casa con relativa frecuencia, cuando ejercía el apostolado por las cercanías de Jerusalén en los tiempos libres.


Marta


Me imagino que Marta era la hermana mayor de la familia. Era como la segunda madre, asumía la autoridad de la casa y ejercía el gobierno de la familia fraterna y de la servidumbre, a falta de los padres que, pienso, no vivían. Tendría menos de cuarenta años de edad. Deduzco este supuesto del hecho de que fue quien recibió a Jesús en su casa (Lc 10,38), costumbre judía que correspondía al Jefe de la Casa.


Cuando Jesús llegó a Betania, Marta mandaría a los criados colocar en el mejor salón de la vivienda los más cómodos y lujosos divanes, adornar la estancia con suntuosidad, colocar la mejor mesa en el comedor, y sobre ella la mantelería y la vajilla más lujosa, piezas reservadas para los ilustres visitantes, procurando que no faltara ni el más mínimo detalle. Como buena ama de casa “andaba muy atareada con los muchos servicios” (Lc 10,40) con el fin de preparar un suntuoso banquete para Jesús y tal vez también para sus discípulos. Era una mujer muy trabajadora, enérgica, de temperamento sanguíneo, activa, dinámica, siempre tenía que estar haciendo algo, sin poder estar quieta ni un momento. Cuando venía Jesús a comer a casa, le faltaban manos para traer cosas a la mesa y pies para correr para que no faltara nada en la mesa. Por eso, Jesús le dijo: “Marta, Marta: andas inquieta y preocupada con muchas cosas: sólo una es necesaria” (Lc10, 41), pues con un aperitivo bastaba, porque en esta ocasión no había venido a comer, sino a estar un rato con ellas y hablar de las cosas de Dios.


María


Me imagino que María tendría alrededor de una veintena de años. Era la hermana menor de los tres hermanos por naturaleza intuitiva y de temperamento contemplativo. Cuando llegó Jesús a Betania, se desentendió de los trabajos del banquete que su hermana estaba preparando para Jesús, y se sentó a sus pies para escuchar sus palabras (Lc 10,39).


Es evidente que ambas hermanas, Marta y María, amaban a Jesús y tenían con Él la máxima confianza, cada una a su manera temperamental. Marta encontrándose agobiada por las tareas del servicio, en lugar de acudir a su hermana a pedirle ayuda, que hubiera sido lo más normal del mundo, acude a Jesús y con cariñosa confianza fraterna le dijo:


Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me eche una mano (Lc 10,40).


Lo lógico hubiera sido que ambas se ocuparan de las tareas del trabajo, turnándose en estar con Jesús; y, luego durante la comida o en la sobremesa las dos juntas escucharan la palabra de Dios.


Marta y María eran dos mujeres distintas que con su propio temperamento amaban a Jesús y tenían con Él la máxima confianza. El temperamento, normalmente equilibrado de la persona, no es una dificultad para la virtud sino más bien un medio eficaz, que es necesario educar y perfeccionar con sacrificio personal y comunitario en la lucha de cada día. El temperamento ideal no existe en teoría, porque en la práctica para cada uno el suyo es el mejor, porque Dios se lo ha concedido para los mejores fines. La santidad, siendo objetivamente la misma en su esencia, resulta en concreto personal. La personalidad de uno no gusta a todos, ni siquiera la divina de Jesús gustó a todos, como sabemos por el Evangelio. Aunque uno sea santo, por su manera de ser vivida temperamentalmente, no gusta a los que son de otra manera; y esto se ve mejor en la convivencia. Los mismos santos en la convivencia se ocasionan dificultades unos a otros por la manera de ser de cada uno y el modo de vivir la santidad, incluso con el mismo carisma. Procura no ser tú causa de mortificación para nadie, pero inevitablemente serás ocasión de molestias o sufrimientos para algunos o muchos, por muy santo que seas. Lo importante en la vida cristiana y en la vida consagrada es amar a Jesús cada uno como es, y no como es el otro o le gusta a otros. Querer ser como es el otro es tratar de enmendar la plana al Creador y estropear la obra de Dios en cada persona.


2 Marta y María, símbolos de la vida consagrada


Marta y María son dos maneras de vivir la consagración a Dios en el mundo o en la vida religiosa. Marta es modelo de vida activa, fundamentada en la contemplación, pues hacer sin orar es humanizar o deshacer, pero no apostolizar, y frecuentemente actuar por gusto. María suele ser símbolo de vida contemplativa en el mundo o en vida consagrada, pero debe estar hermanada con el trabajo y en vida fraterna complementada con el trabajo, pues orar sin hacer es neurastenia psicológica o espiritual. No es mejor una vida que otra, sino distintas, las dos igualmente buenas.

sábado, 9 de julio de 2022

Décimo quinto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C





EL BUEN SAMARITANO


1. Comentario.

2 Amor al prójimo.

3 Clases de prójimo.

4 Amarás al prójimo como a ti mismo.

5 Amor al enemigo.



1 Comentario

El Buen Samaritano es una parábola que inventó Jesús para responder a la pregunta que le hizo un doctor de la Ley: ¿Quién es el prójimo?

El prójimo no es como un sacerdote que bajaba de Jerusalén a Jericó y encontró en el camino a un judío en el suelo, molido a palos por unos bandidos que le robaron, y lo dejaron desnudo y medio muerto. Y al verlo, dio un rodeo y pasó de largo; ni tampoco como un levita, experto en la Sagrada Escritura, que se acercó adónde estaba el herido, y al verlo, se desentendió del tema y se marchó sin hacer nada. Luego pasó por allí un samaritano que iba de viaje, y al verlo le dio lástima, se acercó a él, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, lo montó después en su jumento, y lo llevó a una posada para que lo cuidaran. Al día siguiente dio dos denarios al posadero y le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a la vuelta. Jesús dijo al doctor de la ley: Éste es el verdadero prójimo, el que hace bien al prójimo, también al enemigo. Haz tú lo mismo.

2 Amor al prójimo

“Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39).

No existe hada más que un mandamiento, primero, principal y único de la Ley de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas, tema fundamental de la vida cristiana y sobre el que juzgará Dios a todos los hombres en el examen del juicio personal y final(Mt 25, 31ss).

El amor al prójimo no es nada más que una consecuencia lógica del amor a Dios, como también el amor a las cosas. Son dos aspectos diferentes de un mismo amor. No existe verdadero amor a Dios sin el amor efectivo al prójimo.

3 Clases de prójimo

Según la doctrina de Santo Tomás de Aquino el amor al prójimo se extiende a todos los seres que poseen la comunicación de la gracia o la capacidad de conseguirla: Solamente no son prójimos los demonios y condenados que están en el infierno, porque están eternamente desconectados de la bienaventuranza.

4 Amarás al prójimo como a ti mismo

Amar al prójimo como a ti mismo no significa amar al otro tanto cuanto uno se ama a sí mismo, pues no es un amor cuantitativo sino cualitativo, modal y sobrenatural. Valga una comparación. Amamos a todos los miembros de nuestro cuerpo de la misma manera, aunque no a todos con la misma preferencia o intensidad. Amamos más, por ejemplo, un ojo que un dedo de un pie que no se ve y no es tan necesario para la vida del cuerpo, pero a todos los miembros de nuestro cuerpo los amamos igualmente, de manera preferencial y necesaria. Así debemos amar a todo prójimo, pero de distinta manera cuantitativa. Por ley natural se ama más a un hijo o a un amigo que a un extraño o al enemigo, a quien hay que amarlo con amor de caridad por amor a Cristo, pero no con la misma intensidad.

5 Amor al enemigo

El amor al enemigo no es un consejo de perfección evangélica sino un precepto universal para todos los hombres. Está claramente preceptuado en la Sagrada Escritura. El motivo principal de perdonar a quien nos ha ofendido es el ejemplo del Señor que perdonó a quienes lo crucificaron con excusas antes de morir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

No se puede excluir a nadie del amor al prójimo, ni siquiera al enemigo a quien hay que amar como miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Negando el perdón a nuestros hermanos, el corazón se cierra y se hace impermeable a la misericordia de Dios. Así nos lo enseña la Iglesia en el Catecismo de la Iglesia católica del Papa Juan Pablo II: “Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia” (Cat 2840). El amor al enemigo consiste esencialmente en no odiar y no vengarse. Excluye dos cosas: el odio y la venganza en el corazón, términos incompatibles con el perdón. Odiar no es lo mismo que sentir la ofensa en lo más íntimo del corazón, ni tampoco exigir la justicia

sábado, 2 de julio de 2022

Décimo cuarto domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C

 


“La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos”



En la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de Dios en este domingo, el apóstol San Pablo escribiendo a los Gálatas les dice que la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos. ¿Cómo se puede conseguir la paz en un mundo lleno de males y pecados? Con la justicia y misericordia de Dios. Hagamos algunas reflexiones sobre estos temas.

1 Virtud de la paz

2 Males en el mundo

3 Pecados de los hombres

4 Justicia y misericordia de Dios


1 Virtud de la paz

En un sentido profundamente teológico, San Agustín dice que la paz es la tranquilidad en el orden. Cuando las cosas están como son y en el orden que tienen que estar, se produce un ambiente de paz. Cuando en el hombre las cosas están debidamente ordenadas: subordinado el cuerpo al alma, la razón a la fe, la voluntad humana a la voluntad de Dios existe la paz en el alma, pase lo que pase, pese a quien pese, y cueste lo que cueste, aunque haya males en el mundo. La paz es la santidad, el orden y subordinación de todas las cosas a Dios.

2 Males del mundo

En la Historia humana observamos que en el mundo del pasado ha habido siempre muchos males físicos en la naturaleza: inundaciones, volcanes, terremotos, incendios, desgracias humanas, enfermedades, dolores horribles; males espirituales, psicológicos, psíquicos, males morales crímenes espeluznantes, inconcebibles, inhumanos, inevitables que claman a gritos al Cielo; los hay ahora también en el mundo del presente y los habrá siempre en el del futuro hasta el fin del mundo. Y lo que es humanamente inconcebible es que muchos vienen de la libre voluntad de Dios, que es bueno, Creador y Padre de todos los hombres. ¿Cómo se concilia la bondad de Dios con los males que hay en el mundo?

La causa fundamental teológica del mal nos dice la fe que es el misterio del pecado original, que causó todos lo males del mundo con el fin del bien de la Redención, el misterio pascual: la Encarnación del Hijo de Dios, hecho hombre, para que el hombre se haga “dios”, pues no hay mal que por bien no venga. Los males que Dios quiere no son males intrínsecamente malos en sí mismos, sino medios humanos, aparentemente malos, para bienes supremos y eternos que sólo Dios conoce.

3 Pecados de los hombres

Los pecados son los únicos y mayores males morales que existen en el mundo, pero no todos son ofensas a Dios, pues hay muchas causas eximentes de responsabilidad moral: ignorancias, pasiones, temores, miedos, violencias, anomalías psíquicas y otras muchas causas. Para que el hombre peque y ofenda a Dios tiene que ser consciente y libre del mal que hace, cosa que sólo Dios sabe en su infinita sabiduría misericordiosa. Hay muchos males en el hombre que no son pecados, sino actos de hombre, no actos humanos; y muchos, por graves que parezcan, y al observarlos rompan el discurso de la razón y dejen el corazón hecho trizas, no ofenden a Dios ni merecen el infierno. Sólo la eterna sabiduría de Dios, hermanada con su infinita misericordia sabe quién peca y merece el infierno con sus pecados. Esto no quiere decir que no hay pecados graves y leves, porque es la justicia misericordiosa de Dios quien los juzga.

4 Justicia y misericordia de Dios

Dios es el Ser eterno, el que es infinitamente perfecto amando siempre. Es Uno en esencia y Trino en personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, una realidad sobrenatural que el hombre concibe en perfecciones humanas o atributos, cuyo significado no se pueden aplicar de la misma manera a Dios que a los hombres. Son muchos los atributos con los que conocemos a Dios con limitaciones, y de modo imperfecto y analógico. Su existencia es el principal atributo, pues el que es siempre forzosamente tiene que ser lo mejor. En relación de los hombres destacamos dos atributos: justicia y misericordia.

La justicia es la virtud por la que Dios juzga las obras de cada hombre sin equivocación posible, porque es infinitamente sabio, sabe lo que hace y metafísicamente no se puede equivocar. La misericordia es otra virtud tan perfecta como la justicia. Cuando se dice que la justicia de Dios es infinitamente misericordiosa no quiere decir que es más justo que misericordioso, ni más misericordioso que justo, sino tan justo como misericordioso, pues Dos tiene todas las perfecciones por igual en grado infinito, y entre ellas no existen distinción real sino de razón. Tenemos que amar tanto la justicia de Dios como su misericordia, porque Dios es una sola cosa: Amor, que es gracia, paz, justicia y misericordia.

Confía en Dios, aunque hayas pecado, vive convertido y no le temas, porque su justicia es paz, misericordiosa de Padre.

sábado, 25 de junio de 2022

Décimo tercer domingo. Tiempo ordinacio Ciclo C



La libertad


En la segunda lectura de la liturgia de la palabra de este domingo, la palabra de Dios nos dice: Vuestra vocación es la libertad. La libertad, según Kant, es “uno de los conceptos más difíciles de la Metafísica”. Por eso se entiende, se explica y se utiliza con distinta ideología filosófica y en diversos sentidos populares.

La libertad no consiste en hacer cada uno lo que quiere, lo que le gusta, le apetece, es decir hombre sin ley, hombre contra ley, error contra razón, porque más bien la libertad consiste en obrar según ley. Dios es libre y actúa con la supremacía de la inteligencia estableciendo leyes para que todo en la Creación sea perfecto en orden al bien.

El hombre es libre porque es inteligente y responsable porque es inteligente y libre. Todo acto directamente querido, bueno o malo, es imputable a su autor (Cat 1736).

La responsabilidad del pecado puede disminuir, aumentar o ser anulada en un pecador por factores psíquicos, inadvertencias, hábitos y afecciones desordenadas. En concreto, el pecado que ofende a Dios cuánto y cómo es una estimación del juicio misericordioso de Dios, Creador y Padre.

Clases de libertad

La libertad puede entenderse en muchas clases: libertad de pensamiento, libertad ideológica, libertad de prensa, libertad cultural, libertad política, libertad de gobierno, libertad artística, libertad comercial, libertad religiosa… La libertad es un derecho humano con tal que se ajuste al derecho natural, divino, eclesiástico y el de los demás. De lo contrario es libertinaje.

Solamente Dios es absolutamente libre, porque todo lo que hace es siempre el bien, según sus eternos designios, aunque el hombre no lo entienda. En cambio, el hombre tiene una libertad limitada, relativa, condicionada, muchas veces equivocada haciendo el mal creyendo que es un bien, o simplemente elige el mal por muchas razones subjetivas justificadas o injustificadas. No debe hacer siempre lo que quiere, sino lo que debe.

La libertad católica, de los hijos de Dios, tiene unas características reveladas. No es una libertad humana de capricho en la elección de cualquier cosa, sino en la elección de bienes. El hombre es libre cuando elige el bien que debe. La ley no es un obstáculo para la libertad, sino una necesidad para su ejercicio, pues orienta educa, protege, perfecciona y santifica al hombre. El hombre, por ser un ser creado, está regido por las leyes físicas en cuanto al cuerpo y por la ley moral en cuanto al alma.

¿Qué es la libertad en sentido católico?

El Catecismo de la Iglesia Católica del papa Juan Pablo II la define con estas palabras:

La libertad es el poder de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar acciones liberadas. Radica en la razón y en la voluntad. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza (Cat 1731).

La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos (Cat 1734).

La libertad de poder elegir entre el bien y el mal de suyo, es más bien un defecto de la libertad que una propiedad de ella. El hecho de que el hombre elija el mal en lugar del bien, se debe al misterio del pecado original que trastocó todas las facultades del ser humano. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado (Rm 6,17). San Pablo nos dice que nuestra vocación es la libertad, no una libertad para que se aproveche el egoísmo, sino la libertad de la esclavitud del amor de unos para con los otros.

Cuanto más santo es el hombre, más cerca de Dios está, es más libre, porque la santidad consiste en la elección de la mayor y mejor elección de bienes, hasta acercarse al Bien Supremo, que es Dios, el Ser eterno, infinitamente libre y perfecto. “En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien de la justicia” (Cat 1733).

La verdadera libertad consiste en amar con todo el corazón, con toda el alma y todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo, que es la expresión completa del amor a Dios sobre todas las cosas. Dios es el amor supremo, a quien hay que amar, no en bien de Dios, que es inmensamente feliz y nada necesita, sino en bien del hombre, que todo lo ha recibido y necesita. Cuanto más pecador es el hombre, menos libre es y más esclavo del mal. Serás señor de las cosas, si no estás dominado por ellas. Pecar no es otra cosa que ejercer la esclavitud del hombre, perder la libertad, y ser esclavo de las pasiones. La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden disminuir e incluso quedar suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, las afecciones desordenadas y otros factores psíquicos o sociales (Cat 1735).

Dedicarse totalmente al ejercicio de la virtud es ejercer progresivamente el oficio de la libertad, que es la profesión de la santidad. El que cumple la voluntad de Dios y la acepta en todo lo que sucede es el hombre más santo del hombre porque es perfectamente libre, santo, como Dios


sábado, 18 de junio de 2022

Corpus Christi. Ciclo C

Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo cuerpo y sangre de Jesús,

conocida popularmente con el nombre de Corpus Christi.

En la Persona divina de Jesús se pueden concebir siete  acepciones del cuerpo de Cristo: cuerpo humano, cuerpo transfigurado, cuerpo muerto, cuerpo resucitado y glorioso, Cuerpo eucarístico y Cuerpo místico.

CUERPO HUMANO

El cuerpo humano de Jesucristo es su naturaleza humana, unido  a la segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo, virginalmente engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo: verdadero Dios y verdadero hombre. Es igual que  otro cuerpo humano en todo menos en el pecado, 

CUERPO TRANSFIGURADO

El cuerpo transfigurado  es el mismo cuerpo humano de Jesús que en el monte Tabor, en presencia de Moisés y Elías,  fue visto por San Pedro, San Juan y Santiago con un resplandor deslumbrador de gloria, que humanamente no se puede conseguir. Fue  un símbolo humano, imperfecto, de la eterna glorificación de Jesús en el Cielo y de todos los cuerpos glorificados.

         CUERPO MUERTO

Es el cuerpo muerto de Jesús, separado del alma, unido y unidos a la divinidad.

CUERPO RESUCITADO Y GLORIOSO

Es el mismo cuerpo de Jesús muerto, que resucitó, y ahora está glorioso en el Cielo, modelo de los cuerpos gloriosos al fin de los tiempos.

CUERPO EUCARÍSTICO  

Es el mismo Cuerpo de Jesucristo que está en el Cielo y  se hace presente en la Eucaristía, bajo las especies  de pan y vino.

La Eucaristía fue instituida por Jesús el Jueves Santo en el Cenáculo, estando reunido con los apóstoles con estas palabras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Después tomó en sus manos el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza  nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

“Cristo está en la Eucaristía de modo verdadero, real y sustancial con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino por medio de la transubstanciación que significa la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia de vino en la sustancia de su Sangre” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio 273. 282.2839).

 Corpus Christi

La celebración de la Eucaristía se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, al siglo II con varias reformas importantes en el decurso de los siglos.

La solemnidad del Corpus Christi se celebra desde los años 1192-1258. Su principal finalidad  es:

- celebrar la Eucaristía y actualizar místicamente el mismo sacrificio que Jesús ofreció por nosotros en la cruz;

 - proclamar y aumentar la fe en la Eucaristía;

ser  objeto de adoración, culto y alimento de las almas.

La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. En ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él. La Eucaristía  contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. Expresa y produce la unidad del pueblo de Dios y produce la comunión en la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. Mediante la celebración eucarística nos unimos a la liturgia del Cielo y anticipamos la vida eterna (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 274)

Cuerpo místico

        Es la unión de todos los hombres, principalmente los bautizados, con Cristo, su cabeza, en la Iglesia de muchas maneras, formando un Cuerpo Místico en el que hay comunicación de vida divina e intercomunicación de bienes.

 

 

 

sábado, 11 de junio de 2022

Santísima Trinidad. Ciclo C

 


       La Santísima Trinidad es un misterio absoluto que supera la capacidad cognoscitiva del hombre. Su conocimiento es analógico, pues el hombre utiliza conceptos humanos que no se pueden aplicar a Dios, Ser eterno, infinitamente perfecto. La esencia de Dios es incomprensible. Para entenderla utilizamos conceptos humanos que no se corresponden con los divinos. Sin embargo, aunque el conocimiento de Dios para el hombre es imperfecto, es verdadero. Solamente en el cielo los bienaventurados ven el misterio de Dios, tal como es, por medio de una potencia sobrenatural que Dios infunde en el alma, llamada luz de la gloria. Pero no conocen la naturaleza de Dios  cuantitativamente, tanto cuanto Dios se conoce así mismo en las tres divinas personas y como conoce las cosas. El conocimiento de Dios solamente se consigue por la fe con conceptos humanos o atributos que son perfecciones que concebimos en Dios, sacados de las criaturas, quitando sus imperfecciones y elevando las perfecciones al infinito con la imaginación.  Así, decimos, Dios es absolutamente simple, infinitamente perfecto, sabio, poderoso, santo, bondadoso, absolutamente inmutable, eterno, omnipotente. Y después el resultado es que la realidad de Dios queda desconocida.

Creemos en un solo Dios, no varios, y en Él tres Personas Divinas, y cada una de ellas posee la esencia divina que es numéricamente la misma. Las Personas divinas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres son realmente distintas, y no tres dioses. No se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo son lo mismo que el Espíritu Santo, es decir un solo Dios por naturaleza. Cada una de las tres personas tiene la misma sustancia o naturaleza divina (Cat 253).

Las personas divinas son realmente distintas entre sí.

Dios es único pero no solitario. Padre, Hijo, Espíritu Santo no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí. El que es el Hijo, no es el Padre, y el que es el Padre, no es el Hijo, ni el Espíritu Santo. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede (Cat 254).

 Toda la economía divina es  obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola misma operación. Todas las operaciones divinas ad extra son comunes a las tres divinas personas, pero al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la santificación, pero las tres personas son creadores, redentores y santificadores, porque tienen la misma naturaleza divina.

            El concepto que el hombre tiene sobre Dios, naturaleza divina y persona divina es múltiple, y no se puede comparar con el concepto de persona humana, naturaleza humana y naturaleza de las cosas.

            El misterio de la Santísima Trinidad, que es imposible conocer humanamente, se sabe, se cree y se vive por la fe o contemplación mística con oración y acción de obras buenas y santas con la esperanza de que algún día podamos ver y comprender el misterio, tal como es, en el Cielo. 

sábado, 4 de junio de 2022

Pentecostés. Ciclo C



Serenamente y en un análisis teológico, ¿cuándo tuvo lugar el Pentecostés de María Santísima? Sucedió, según una piadosa creencia de la teología de la Iglesia, en el mismo día y en el mismo momento en que lo recibieron los Apóstoles, según nos refiere el libro de los Hechos de los Apóstoles. ¿Estaban reunidos en el Cenáculo? Nadie lo duda, el Espíritu Santo vino espectacularmente sobre los Apóstoles y María Santísima, a modo de lenguas de fuego y en medio de una tempestad majestuosa de carácter misterioso en el Pentecostés histórico.

Pero en realidad, María Santísima recibió el Pentecostés personal en el mismo momento en que Ella fue concebida Inmaculada en el seno de su madre, es decir, en el mismo instante en que María fue persona. La concepción Inmaculada de María superó al sacramento del bautismo que recibimos los cristianos. Al ser concebida María sin pecado original o en plenitud del Espíritu Santo, aún antes de nacer, esta concepción hizo las veces de un sacramento superior al del bautismo, que no necesitaba porque no contrajo el pecado original. Y produjo en Ella superiores gracias que confiere el bautismo, quedando convertida en Hija de Dios y potencialmente en Madre de la Iglesia y Madre del Cuerpo Místico.

Nosotros también, hermanos, aunque de diferente manera, hemos recibido la plenitud del Espíritu Santo en dos ocasiones sacramentales: en el bautismo y en la confirmación.

En los primeros siglos de la Iglesia no estaba clara la distinción teológica entre el bautismo y la confirmación, porque se administraban simultáneamente, de manera que no era fácil distinguir cuándo empezaba el bautismo y cuándo la confirmación, pues se administraban en un mismo acto. Con el tiempo estos dos sacramentos se separaron y empezaron a celebrarse en ocasiones distintas.

Hace más de setenta años los niños recién bautizados eran confirmados, sin mirar la edad, cuando el Obispo hacía la visita pastoral a las parroquias, que sucedía de tarde en tarde. Yo fui confirmado en los brazos de mi madre.

Gracias a Dios, con el tiempo la pastoral ha avanzado mucho, y con más sentido teológico hoy no se administra el sacramento de la confirmación hasta que los adolescentes o jóvenes no hayan conseguido una madurez suficiente en la fe.

Demos gracias a Dios porque hemos sido concebidos en gracia en el sacramento del bautismo y confirmados en el Sacramento del Espíritu Santo y por medio de María, Madre de la divina gracia.

La fuerza del Espíritu Santo no se limita a dos ocasiones circunstanciales o históricas, el bautismo y la confirmación, sino que cada vez que recibimos un sacramento cualquiera, viene a nosotros el pentecostés sacramental de la gracia. Es más, hablando con mayor profundidad teológica, siempre que realizamos un acto de piedad, hacemos una acción caritativa, una obra de misericordia y nos ponemos en contacto con Dios para pedir su gracia, celebramos místicamente un pentecostés teológico.

Hablando con mayor amplitud de miras, el Espíritu Santo viene y actúa en todos y en cada uno de los hombres de buena voluntad, que hacen el bien, aunque no sean católicos. Y entonces se celebra en ellos el Pentecostés misterioso.

Es verdad que nosotros tenemos los cauces ordinarios de la comunicación de la gracia, pero ¿quién puede poner trabas y limitaciones a la omnipotencia del Espíritu Santo, que es también sabiduría infinitamente misericordiosa para la salvación de todos los hombres? Aquellos creyentes que están convencidos de su propia fe, de buena voluntad, y aquellos otros que en la práctica viven, como si Dios no existiera, porque no lo conocen, o dejaron a Dios de lado por razones diversas, cuentan también con la venida del Espíritu Santo, cuando realizan una obra buena. Y entonces celebran el Pentecostés misericordioso. Porque al Cuerpo y al alma de la Iglesia pertenecemos todos los hombres del mundo de una u otra manera.

Vamos a pedir a la Santísima Virgen que es Madre de Dios y madre de la Iglesia que nos dé a nosotros, los católicos, la fortaleza necesaria para vivir el pentecostés sacramental de la Iglesia y el pentecostés sacramental y teológico de nuestra vida operativa de obras buenas. Pidamos al Espíritu Santo que venga a nuestra Comunidad parroquial y a nuestras familias y a cada uno de nosotros, para que todos vivamos celebrando un pentecostés viviente, donde se adore a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Pidamos también para que aquellos otros, que están fuera de la Iglesia, pero dentro del Corazón de Cristo, que son hombres de bien, celebren el pentecostés místico y misericordioso de hacer el bien, de la manera que solamente el Espíritu Santo sabe.