lunes, 5 de enero de 2026

 


El mensaje principal de la Epifanía, que significa manifestación, es el siguiente: La salvación es un deseo de Dios para todos los hombres, como nos asegura el apóstol San Pablo en su carta a los Efesios, que hemos proclamado en la segunda lectura de la liturgia de la Palabra de hoy: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

En el tiempo de Jesús muchos judíos pensaban que la salvación era un privilegio, casi en exclusiva, para el pueblo judío, a pesar de que en la Sagrada Escritura estaba revelado que la salvación era universal. Esta idea, deformada por los diversos intérpretes del antiguo Testamento, fue revelada especialmente en el Nuevo Testamento en diversos textos, por ejemplo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2,4)

En efecto, esta es una verdad de fe: Dios salva a los hombres por medio de Jesucristo en la Iglesia católica, y de infinitas maneras, propias del misterio de la misericordia de Dios Padre, que no conoce la teología católica.

Pero no es el tema de la salvación el objeto de esta homilía, porque quiero fijar mi atención en los regalos que los Magos hicieron al Niño Jesús en Belén: oro, incienso y mirra.

Los Santos Padres interpretan que el oro significa la dignidad que corresponde a Jesús, como Rey del Universo, porque el oro es el metal de los reyes; el incienso es símbolo de la divinidad del Niño Jesús; y la mirra significa su naturaleza humana.

Como estos dones pueden ser interpretados en muchos sentidos espirituales, a mí se me ocurre pensar que el oro puede significar la bondad de nuestro corazón, el incienso la ofrenda de nuestra oración y la mirra el sentido de nuestro dolor.

Un corazón de oro significa una vida limpia de pecado grave que impida la unión con Dios, el esfuerzo de vivir en lucha constante contra todo pecado, el ejercicio de la verdad sin engaños, ni dobleces, ni intenciones egoístas, el cumplimiento del deber en todas sus amplitudes y la práctica de obras buenas en caridad por amor a Dios y al prójimo. 

Pero es posible que algunos digan: Yo no puedo regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque tengo un corazón de barro, manchado por muchos pecados de la vida pasada o presente; porque vivo envuelto en muchos vicios, porque soy un gran pecador. ¿Cómo voy a regalar a Dios un corazón de oro si está manchado de barro?

Quizás sea este tu caso. Hay dos caminos por los que se puede ir al Cielo: por el camino de la inocencia, con un corazón de oro, o por el camino de la penitencia, del arrepentimiento, de la conversión.

Si no eres inocente porque has pecado mucho, de muchas maneras y gravemente, no por esto, se te han cerrado las puertas del Cielo, pues la gracia de la misericordia de Dios tiene fuerza sobrenatural para convertir de muchas maneras el barro de tu corazón en oro, sobre todo si acudes a la fábrica de la conversión, que es el Sacramento de la Reconciliación con Dios, que perdona los pecados y convierte el corazón de barro en corazón de oro por la gracia sacramental.

El incienso puede significar para nosotros la unión con Dios por medio de la oración que mueve montañas, concede la fortaleza para la lucha contra el pecado, la preparación para la confesión bien hecha, aunque sea pobre y se haga con defectos.

Cada uno debe hacer su oración como es, como sabe y como puede, y no como le gustaría o como la hacen otros. No tenemos que imitar el modo de orar de otros, sino su actitud de orar. Debemos estar contentos con que otros tengan más gracia que nosotros con tal que cada uno tenga la que Dios quiera, aunque sea la menor. Dios hará todo lo que te falte, pues comprende la bondad limitada de tu corazón puro y el modo pobre de orar de quien está apegado a la tierra, a los bienes de este mundo con miserias y pecados. Y Él hace todo lo que tú no sabes o no puedes hacer.

Quizás el obsequio más agradable que puedes hacer al Niño Dios sea la mirra de tu dolor, de tu sufrimiento, de tu cruz, porque estás enfermo o con debilidades físicas, psíquicas o tienes un problema familiar insoluble: un marido o una mujer que te hace la vida imposible o con quien te resulta difícil o muy difícil la convivencia, un hijo que te lleva por la calle de la amargura, un problema de padres o familia, un desequilibrio, falta de trabajo, cualquier dolor, pena o angustia.

En este caso ofrécele al Señor la mirra de tu cruz personal, familiar, social, querida por Dios o permitida, porque estoy seguro de que el Señor aceptará el regalo del sufrimiento que te purifica y santifica.

Estos son los regalos que hoy podemos hacer al Niño Dios, adorado por los Magos: el oro de la bondad de nuestro corazón o del barro de nuestra conversión, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestro dolor.

sábado, 3 de enero de 2026

Segundo domingo de Navidad. Ciclo A

 


Voy a fijar mi atención en esta frase de San Pablo, de la liturgia de hoy, que tiene un contenido profundamente teológico: “El Padre de la Gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocer a Jesucristo, ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama y cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, el conocimiento de Jesucristo”. 

El tema es el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. 

Los hombres nos conocemos de diversas formas: unas veces de vista. Conozco a Antonio, decimos, porque le he visto varias veces y en distintas ocasiones con el que he cruzado algunas palabras de simple educación; en este caso se trata de un conocimiento visual, fisonómico, circunstancial.  

Otras veces, nos conocemos por el trato superficial, convencional: cuando nos cruzamos con el vecino del cuarto en la escalera; o cuando coincidimos con un conocido en la calle, en la compra, en el metro o en el autobús y mantenemos con él palabras ocasionales de saludo. Por supuesto que este trato de conocimiento es superficial.  

Nos conocemos por el trato laboral, porque trabajamos juntos en la misma empresa, en el mismo oficio, tal vez en la misma sección o departamento, y hablamos solamente de las cosas que son propias de trabajo, con algunas añadiduras sobre temas de los acontecimientos del día que nos comunican los medios de comunicación social. Entonces tenemos con los compañeros de trabajo un conocimiento imperfecto elaborado con apreciaciones puramente subjetivas, infundadas objetivamente, porque la relación con ellos es educada, más o menos respetuosa, de convivencia obligada de comportamiento.  

El conocimiento propio de los hombres se da en la convivencia familiar y social. Ahí es donde nos pronunciamos como realmente somos, y no como parecemos delante de los demás con los que nos comportamos, no nos portamos. Para llegar a conocernos de verdad, hace falta la convivencia en la intimidad familiar, en la que surgen los problemas del roce de los temperamentos y salen a flote los defectos congénitos y adquiridos.  

Fuera de la familia existe el teatro donde se escenifican los personajes que no somos en su totalidad. Aquellos que no se intiman, no se confidencian, no se comunican cosas que están en el corazón y en la vida, difícilmente pueden llegar a conocerse del todo. Si vivimos en familia bajo un mismo techo comemos la misma comida a la misma hora, pero no existe comunicación de amor y hechos, somos unos extranjeros que viven en un hostal, apodado familia.  

A veces ni siquiera los esposos, los padres e hijos, hermanos, se comunican porque no pueden. Viven juntos, pero separados en la vida. Y esto es lo que realmente pasa en la convivencia social.  

Las personas y personajes no son conocidas por la interpretación de las personas que conviven con ellas. Si ahora hiciéramos una encuesta a las monjas que conviven con Sor Lucía, la vidente de Fátima, obtendríamos diversas opiniones, contrarias, y de todo tipo, de manera que no faltarían quienes la conceptuaran como no santa, y con otras calificaciones desfavorables, pues el concepto que se tiene de los santos es subjetivo, depende de muchos factores y apreciaciones que se hacen según son las personas, su educación y su virtud.  

Un concepto real sólo es propio de Dios. El conocimiento perfecto del hombre es difícil, depende de muchos factores, de la convivencia de intimidad virtuosa que supone sacrificios, renuncias, abnegaciones, cruces, vivencias gozosas y entregas.  

Si el conocimiento humano entre los hombres en la práctica resulta difícil, y a veces casi imposible, el conocimiento humano de Jesucristo es imposible, porque no es un personaje de la Historia del pasado, a quien se le conoce por las biografías escritas por hombres; ni por la simple lectura reposada del Evangelio con interpretación personal. Hay muchos cristianos, incluso creyentes, más o menos practicantes, que conocen a Jesucristo nada más que de oídas: por los libros, la prensa los programas de televisión, algunas conferencias culturales, y acaso por las homilías escuchadas en las misas oídas por el mero cumplimiento dominical.  

Si al hombre y al santo no es posible conocerlos en su realidad, menos a Cristo cuyo conocimiento no es fruto de la razón sino de la gracia del Espíritu Santo. ¿Quién es capaz de conocer al hombre en la convivencia y juzgarlo como realmente es en la presencia de Dios?  

Tampoco es suficiente para conocer a Cristo el trato de la oración personal, no orientada ni dirigida, porque cabe el peligro de conseguir un conocimiento de Jesús a capricho del gusto propio: un servicio del conocimiento de Jesús a la carta.  

Para conocer bien a Jesús se necesita una catequesis adecuada, complementada por el trato amoroso con Dios en la oración, una aceptación de los acontecimientos dolorosos de la vida que enseñan la sabiduría de la cruz, y una sabiduría sobrenatural del Espíritu Santo.  

Por la catequesis aprendida según la enseñanza del magisterio de la Iglesia, se conoce al Cristo histórico, al Cristo dogmático y al Cristo doctrinal.  

Pero este conocimiento en sí mismo es científico e insuficiente, porque hay muchos cristianos, incluso sacerdotes, religiosos, y profesores de teología que conocen al Cristo teológico de la Iglesia, pero no llegan a conocerlo en su intimidad. En cambio, muchos cristianos sencillos y humildes, incultos, que solamente saben la catequesis elemental de la Iglesia con fe profunda conocen a Jesús perfectamente, porque viven su vida cristificados, identificados con Cristo en la contemplación, en el trabajo y en la aceptación de todas las circunstancias de la vida.  

“No el mucho saber satisface el alma, sino el gustar de las cosas de Dios internamente”, decía San Ignacio de Loyola en su libro magistral de “Los ejercicios espirituales”  

Vamos a pedirle al Padre nos conceda la sabiduría del Espíritu Santo para conocer a Cristo en la intimidad de la oración, continuada con la constante presencia de Dios en la acción ordinaria, en la aceptación de todo cuanto sucede, como providencia de Dios, que todo lo quiere o permite para el bien de los hombres. De esta manera comprenderemos cuál es la esperanza a la que Dios nos llama y cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Solemnidad Santa María Madre de Dios

 



Hoy celebramos el día de la Madre de Dios, precisamente en el estreno del un año nuevo. ¡Qué coincidencia más feliz!

Hoy en los días siguientes, todos vamos a felicitarnos el año nuevo con una frase usual ¡feliz año nuevo! para desearnos lo mejor.

 Hagamos una reflexión sobre estas palabras.

Realmente cada año es nuevo, y también cada mes, cada día, cada hora y cada tiempo, porque ningún momento es igual, todo es distinto y nuevo, aunque se hagan las mismas cosas.

¿En qué consiste la felicidad que nos deseamos?

La felicidad puede concebirse bajo tres perspectivas diferentes: felicidad humana, felicidad espiritual, y felicidad cristiana.

Para un hombre de mundo, sin fe, feliz año nuevo significa tener salud, poseer bienes materiales, desempeñar un cargo de relieve social o político o un puesto de trabajo, bien remunerado, gozar de autoridad, disfrutar mucho de las cosas, comer muchas, buenas y variadas comidas exquisitas y degustar bebidas agradables al paladar y beneficiosas para la salud, divertirse de muchas maneras... Eso es un año feliz para el que no ve las cosas nada más que con los ojos del mundo y las considera en relación al bienestar de los apetitos carnales. Pero la verdadera felicidad no consiste en la salud, porque se puede ser feliz espiritualmente en la enfermedad; ni tampoco en las riquezas, porque se puede ser desgraciado con ellas y feliz con la pobreza. Muchos tienen posesiones inmensas y son desgraciados, y otros tienen lo necesario para vivir y son inmensamente felices, porque la felicidad no consiste en tener muchas cosas sino en no necesitar nada más que lo necesario para vivir.

Para muchos, que son espirituales, no cristianos, la felicidad consiste en satisfacer las aspiraciones del hombre: buscar y encontrar la verdad, cultivar la ciencia, bucear en la sabiduría y gozar con ella, fomentar el amor, la justicia, la amistad... Pero no todos son felices, porque muchos satisfaciendo las aspiraciones buenas del hombre, son desgraciados; y otros con las cosas más elementales de la vida el amor, la justicia, la amistad, la paz y otros valores, son felices.

Para nosotros que somos hombres de fe y cristianos, el año feliz no significa totalmente ni lo uno ni lo otro. No descartamos la realidad de que para la felicidad humana contribuyen mucho los bienes materiales y espirituales, pero sabemos que la felicidad esencial no consiste solamente en ellos, pues con los esenciales, se puede ser feliz.

Cuando nosotros nos felicitamos el año nuevo desde la fe, nos deseamos un año nuevo lleno de la gracia de Dios y también lleno de gracias materiales y espirituales, en perfecta subordinación a la voluntad divina, que consiste fundamentalmente en el cumplimiento de la ley y en la aceptación de los acontecimientos de la vida, de cualquier manera que se manifiesten. Sólo así se puede ser totalmente feliz, con las pequeñas y normales contrariedades de la vida. La verdadera felicidad evangélica consiste en vivir en gracia de Dios, conformarse con lo que se ha recibido, con lo que uno tiene, es decir, conformarse con uno mismo y no ambicionar nada de este mundo, que nos lleve al pecado.

Si yo busco el dinero, no como fin, sino como medio para cumplir mis necesidades y ser feliz, hago muy bien y estoy dentro de la felicidad humana y cristiana. Y si busco la riqueza como medio para mi felicidad y la de otros y con fines sociales consigo un bien personal y común. Se puede ser feliz o desgraciado en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en la niñez,  juventud y vejez, en la vida larga o corta, pues las cosas de este mundo pueden ser medios para la felicidad, si se administran bien, y medios para las desgracias, si se utilizan mal, para el pecado.

Desde la fe, hermanos, un año nuevo es aceptar la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste, agradable a la naturaleza o desagradable: con salud y fortuna y con enfermedad e infortunios.

Os deseo y me deseo un año distinto nuevo en amor, gracia y santidad, conforme con lo que Dios tenga preparado para cada uno de nosotros, aceptando con fe las enfermedades, los momentos buenos y malos que vayan a venir, sabiendo que Dios es Padre y quiere el bien para todos sus hijos. De esta manera cada año nuevo será siempre feliz en la tierra, y después, cuando este mundo termine, vendrá la eternidad feliz, que nunca acaba, en unión con Dios, visto y poseído en totalidad y gozo de todos los ángeles y los santos, resplandor de la gloria de Dios eterna.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Sagrada Familia. Ciclo A

 





Se podría concebir que la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo en única divinidad, es la familia divina y eterna de la que proceden todas las cosas, y es la referencia de toda familia humana.

En el plano humano, la Sagrada Familia, San José, María Santísima y el Niño Jesús constituyen, en perfecta unión humana y divina, el modelo ejemplar de toda familia natural o instituida. Hagamos algunas reflexiones pastorales sobre la Familia.

Dignidad y autoridad en la familia

La autoridad en la Sagrada Familia no era igual que en las demás familias humanas, en las que la autoridad la suele ostentar el padre o la madre o ambos de común acuerdo. El hijo no tiene más autoridad que la obediencia. En cambio, en la familia de Nazaret, la persona menos importante en dignidad era la autoridad máxima, al estilo judío. La Virgen María, persona más digna que San José por ser Inmaculada y Madre de Dios ejercía también la autoridad en mutuo consenso con su esposo San José. El Niño Jesús Persona divina, no tenía más autoridad que la obediencia, como nos dice el Evangelio: Jesús bajó con sus padres a Nazaret y siguió bajo su autoridad”. Y, sin embargo, tenía más dignidad que San José y María, porque eran personas humanas. El Niño Jesús ayudaría a San José en las tareas del taller y del campo, y a María en las ocupaciones domésticas de la casa, no por obediencia sino por amor redentor.

La autoridad es servicio de amor

El amor es la autoridad en la familia. Cuando dos se quieren mucho, el uno sirve al otro y le presta los servicios que necesita no por autoridad ni obligación, sino por amor, lo contrario es justicia, tiranía o egoísmo. Las tres personas de la Sagrada Familia estaban tan íntimamente unidas en el amor, que era el único móvil de toda acción familiar. San José amaba tanto a su esposa María que todo lo hacía por Ella no por autoridad sino por la ley jerárquica del amor; y dedicaba también todo su trabajo, fatigas y esfuerzos por su hijo, el Niño Jesús, por la ley del corazón. Y lo mismo María, como esposa y madre todo su pensar, querer y hacer era para su esposo San José a quien amaba humana y espiritualmente como a Ella misma con el amor de Dios; y amaba por encima de todo a su Hijo, Jesús, con corazón de madre de Dios. ¡Qué misterio de amor! Dios creador de sus padres y, a la vez, sumo a ellos que eran hombres.

La Sagrada Familia modelo de toda familia humana

La sagrada familia es modelo de toda familia humana e instituida, porque en ella resplandecían el amor verdadero y todas las virtudes necesarias para la convivencia familiar.

En toda familia, fundamento de la Sociedad y de la Iglesia, tiene que existir la felicidad y la paz humanamente posible: amor afectivo o efectivo en el trato humano de palabra, aunque sea de estilo bondadosamente político, comprensivo con la manera de ser de cada uno y respetuoso con los ideales; y también comportamiento común de justicia y caridad, porque hoy en la familia hay miembros de distintas ideologías, culturales y religiosas y no religiosas. La convivencia en la familia en la que uno está obligado a vivir es muy difícil. Para que haya paz en ella es necesario soportar muchos sacrificios y renuncias por parte de todos los miembros.

La familia cristiana tiene que tener por mira a la Sagrada Familia para imitar sus virtudes. Es pensable que San José y María, como eran diferentes en el ser y en el obrar, algunas cosas de uno no les gustarían al otro, cosa natural, como suele pasar en los esposos muy enamorados, incluso entre santos, porque las diferencias accidentales del ser y obrar, aunque no gustan, se aceptan por el amor. Raramente hay una persona que guste totalmente a la persona amada, pues el amor por muy grande y perfecto que sea, conlleva sufrimientos de cosas o cosillas que no gustan de la persona amada, y la única solución es la comprensión mutua del amor sacrificado.

Los padres de Jesús cuando no entendían ciertos comportamientos misteriosos del Niño, los comprendían con amor, guardando todas las cosas en el corazón, sin comentarlos ni criticarlos, y ni siquiera pensarlos, aceptando por fe las decisiones de su Hijo que no les gustaban, porque eran hombres y sabían que su Hijo era Dios.

Muchas veces en las familias, entre esposos que se quieren mucho, entre padres e hijos y hermanos, que se llevan bien, se rompe o se enfría el amor por tontadas de soberbia, amor propio o cabezonería. ¡Qué cosa más humana y cristiana es dar la razón a quien no la tiene en aquello que realmente es igual o no tiene mayor importancia! La razón de los hombres que discuten acaloradamente la llevan subjetivamente todos, algunos o ninguno, pues solamente Dios sabe quiénes llevan la razón. Es mejor muchas veces dar la razón a quien no la tiene en cosas pequeñas, sin trascendencia, triviales por amor a la paz familiar que defender las cosas con guerra.

La Sagrada Familia es modelo de todas las virtudes que tenemos que imitar, cada uno la que más necesite para vivir en paz con uno mismo, con los miembros de su propia familia y, sobre todo, con Dios que es quien juzga a todos en justicia y verdad.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Navidad. Ciclo A

 


La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria” (Jn 1.14).

Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera “dios”

El Hijo de Dios, sin dejar de ser Él mismo, se humilló hasta tal extremo que se rebajó de su dignidad divina y se hizo hombre, asumiendo la naturaleza humana de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu San. Nació como hombre, vivió como hombre en todo, menos en el pecado, padeció los dolores más grandes que se pueden imaginar, murió en la cruz, y al tercer día resucitó para que el hombre naciera a la vida de la gracia, viviera siempre en gracia, muriera en gracia y resucitara en gracia, para ser con Cristo resucitado feliz eternamente en el Cielo.

En la liturgia de la Navidad de hoy conmemoramos el acontecimiento singular del nacimiento de Jesús, eje alrededor del cual gira toda la Historia y principio de la salvación de los hombres. La Navidad no es un tiempo mundano  dedicado a la diversión, comilonas, bebidas y juergas,   como para los paganos o no cristianos, sino es una fiesta eminentemente religiosa: el acontecimiento del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor. Sin embargo, todo el mundo celebra y felicita la Navidad en todos los sentidos: religioso, humano, familiar, comercial, político y mundano, y no cualquier otra fiesta humana.

El apóstol San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de la Navidad, escrita a Tito, nos dice cómo tenemos que celebrar la Navidad: renunciar al pecado, libres del mal moral, en estado de gracia, y llevar una vida sobria, moderada en la celebración, sin excesos en comidas y vino, honrada, dentro de la justicia y religiosa en el ejercicio de la oración, virtudes y santas obras, en el culto a Dios y servicio a los hombres, y llena de gracia (Tit 2,11-14), haciendo que toda nuestra vida sea siempre navidad de amor y felicidad.

La Navidad o nacimiento de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende su vida oculta de oración, silencio y trabajo en obediencia; su vida pública de predicación del Evangelio y realización de milagros; y su vida de pasión, muerte, resurrección y ascensión a los Cielos. Son las fases que un cristiano tiene que vivir para que en su vida siempre sea NAVIDAD.

Para los cristianos siempre es Navidad, no solamente la Navidad litúrgica, el día en que conmemoramos el nacimiento de Jesús, sino cuando celebramos:

La Navidad de nuestro nacimiento: el paso de no ser a ser persona humana, la criatura más perfecta de la Creación terrestre: imagen y semejanza de Dios.

La Navidad del bautismo en el que nacimos a la vida sobrenatural para formar parte de la Familia Divina.

La Navidad eucarística porque en la Eucaristía nace el mismo Cristo resucitado y glorioso del Cielo, que se hace realmente presente bajo las especies de pan y vino en las manos del sacerdote en la cuna del altar.

La Navidad sacramental, pues en cada sacramento nace la gracia de Jesucristo en el alma, si se recibe con las debidas disposiciones.

La Navidad oracional para quien se pone en contacto con Dios y recibe el nacimiento de la gracia.

La Navidad caritativa  en la que se ejerce la caridad con los pobres o se hace cualquier bien al prójimo.

La Navidad teológica en aquellos que hacen que todos los actos de su vida estén hechos con Dios y por Dios: las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso, las caídas y levantadas, los pasatiempos y diversiones, porque cuando se hace el bien es Navidad.   

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo A


El mal que nos sucede tiene varias causas teológicas que conviene explicar para no caer en el peligro de creer que las cosas nos van mal siempre por culpa del demonio. Es verdad que muchas veces Satanás es el culpable de no pocos males que suceden a los hombres en la vida, pues, envidioso de nuestra suerte, nos tienta para conseguir de nosotros el mal. Pero no siempre es así, pues Dios quiere o permite también diversas pruebas que son males físicos y materiales en su apariencia, pero que son bienes en su fin, para enseñar a los hombres con estilo pedagógico de Padre tres cosas importantes: la pequeñez del hombre, la grandeza de la misericordia infinita de Dios y la realidad de la vida. Y como estas verdades fundamentales no suelen aprenderse en otros, porque pocos escarmientan en cabeza ajena, ni en los libros, ni en la vida, el Señor nos las enseña personalmente con clases particulares, con pruebas, a veces muy dolorosas, que no se entienden generalmente, pero que contienen lecciones sabias de fe para purificarnos de nuestros pecados, apegos y como método para encaminarnos al Cielo.

San José, que era bueno, tan bueno que después de la Virgen María no hay otro mejor en el Reino de los Cielos, también fue probado por Dios para que se santificara más aún y se afianzara más en la fe de Dios. La prueba, como todos sabemos, consistió en que la Virgen María había concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, y él no lo sabía, por razones misteriosas que no acertamos a descubrir. María guardó el secreto misterioso de la Encarnación en su corazón sin revelárselo a nadie, ni siquiera a su querido esposo José con quien tenía las más profundas confidencias. Tal vez porque este misterio absoluto no se podría creer sino por la revelación del Espíritu Santo, como sucede con los misterios de nuestra fe, como por ejemplo la Eucaristía, que, si no se tiene la potencia de la fe, no se puede creer. 

No es posible entender la tragedia que sufrió San José en el corazón, dándole vueltas en la cabeza al hecho evidente de la concepción de María, su mujer. Por más conjeturas que se fraguaba en la mente, no podía adivinar el extraño silencio de María sobre su concepción virginal, que ciertamente no se debía a ninguna causa humana. ¿Cómo es posible que su esposa, santa entre las santas, la bendita entre todas las mujeres, haya concebido? ¿Violación forzosa en el camino a Ain Karin, cuando fue a visitar a su prima Isabel para ejercer con ella el oficio caritativo de sirvienta, como piensan algunos intérpretes protestantes de la Sagrada Escritura? De ninguna manera, pues es evidente que María se hubiera desahogado con él, sabiendo que como santa que era, la iba a comprender perfectamente. ¿Un fallo humano? Imposible, pues José sabía que María era santísima, aunque pienso que pudo ignorar su inmaculada concepción, pues si lo hubiera sabido, hubiera pensado que algo misterioso había pasado en Ella, incluso en que podría ser la Madre del Mesías esperado por siglos sin término.

La mejor solución humana era la que San José había planificado, dejarla en secreto, pasando ante el pueblo como un posible infiel a su mujer que la abandona dejándola embarazada. Pero Dios que es fiel y premia la fidelidad de los hombres, le reveló el misterio de la Encarnación de María, que concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. De esta manera se conoció más a sí mismo, se afianzó en la fe de Dios, que todo lo puede y quiere el bien para todos los hombres, y supo la realidad de la vida, que puede tener excepciones, cuando Dios quiere, como sucedió en la dura prueba que sufrió de parte de Dios. 

Las pruebas que Dios nos manda o permite en sí mismas son buenas, aunque tengan cara mala o apariencia de mal, porque tienen una finalidad suprema de bien, que podemos suponer, pero que no conocemos. Con ellas, si las aceptamos con fe de providencia, llegamos a conocer la pequeñez de nuestro ser, la pobreza de la debilidad del hombre, la miseria de nuestra existencia sin Dios. Y por medio de ellas conocemos más de cerca a Dios y a él nos confiamos sin reservas, despegándonos de las criaturas; y terminamos por conocer la realidad de la vida a los ojos de Dios, que no tiene otra finalidad que el camino hacia Dios, pues las cosas de este mundo son pasajeras, caducas, variables, y no merece la pena, sin fe, querer vivir las realidades de este mundo que pasa. 

Seguramente que tú estás ahora padeciendo alguna prueba dolorosa, tu enfermedad o la de un familiar, la muerte de un ser querido, el aguijón de la carne, el desprecio de los hombres, las continuas humillaciones de la familia o amigos, las pruebas económicas. La solución a estas pruebas que tienen visos de bien eterno es aceptar la voluntad de Dios, que se manifiesta con contrariedades. Espera la hora de Dios, pues te está probando para que conozcas tu debilidad, impotencia, miserias y pecados; para que te fíes sólo y nada más que de Él, y conociendo la realidad de las miserias propias y la fortaleza y gracia de Dios, conozcas la verdad de la vida que consiste en vivir en Dios y para Dios siempre, a pesar de todo lo malo que parece, pues todo sucede para el bien de los hombres a quienes Dios ama.

 

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Tercer domingo de Adviento. Ciclo A


Por instinto natural el hombre busca el bien que le apetece, como camino para la felicidad, poniendo su corazón en las cosas: el dinero, la sexualidad, el poder, la diversión, la comida, el vino, la cultura..., que en su justa medida son bienes buenos y lícitos, pero que tienen el peligro de desordenar las pasiones del hombre e inducirle a muchos males y vicios. Y para conseguir la felicidad que necesita, se esfuerza y trabaja, a veces sin descanso, por encontrarla en las cosas materiales. Pero la experiencia dice que las cosas de este mundo satisfacen momentáneamente el apetito sensitivo o sexual del hombre, pero aumentan  después el hambre de las mismas cosas u otras con el peligro de la degeneración en vicios. El corazón está hecho para amar, y si se le alimenta solamente con cosas, se queda siempre con hambre. 

La verdadera felicidad en este mundo es relativa e imperfecta, y está mezclada de alegrías y penas. Consiste en la intercomunicación del amor y no en el intercambio o regalo de cosas; en la entrega generosa y desinteresada del uno al otro, en darse a los demás por amor  con sacrificios y renuncias, en dar más que en recibir. Solamente Dios satisface plenamente las apetencias del ser humano, como decía San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón no se satisface hasta que descanse en ti".

La verdadera felicidad, en sentido cristiano, consiste en la vivencia de la fe con la esperanza puesta en Dios, sabiendo que todo sucede para el bien eterno de los hombres a quienes ama el Señor, aunque no se entienda la razón del obrar de Dios, que muchas veces parece castigo más que amor. Los acontecimientos tristes, desgracias y sufrimientos son los mismos para los que tienen fe que para los que no la tienen. Pero son distintos en cuanto a la aceptación, pues el cristiano recibe las desgracias y sucesos malos, como voluntad de Dios para un fin supremo, misterioso, que no se entiende en este mundo, pero que son medios para conseguir la vida eterna en el cielo.

En cambio, el que no cree, evalúa los acontecimientos buenos como suerte,  fruto del trabajo o astucia personal, y los malos como desgracias naturales o malicia de los hombres. Lo que cambia es la motivación del creyente o no creyente en la aceptación del mal o el bien, que se acepta de distinta manera y se explica por distintas causas. Para el que cree,  todo tiene razón de bien, lo bueno y lo malo, y lo acepta como voluntad suprema y misteriosa de Dios; y para el que no cree, los males suceden por causas naturales, por casualidad o por el misterio de la vida.

La fe es auténtica cuando es operativa, es decir, se vive en estado de gracia y con expresión en obras buenas, sabiendo que Dios está con nosotros siempre, actuando en nuestra salvación, aunque nos dé la sensación de que nos ha dejado de su mano, nos ha abandonado. El estado de gracia es esencial para la vida cristiana de fe, que consiste en el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia y en la aceptación de la voluntad de Dios, de cualquier manera que se manifieste en los acontecimientos de la vida.

La vida cristiana, vivida consecuentemente, es un seguro a todo riesgo para conseguir eternamente la alegría, que es el gozo de la visión y posesión del Dios en el cielo.

Hoy celebramos el tercer domingo de adviento, conocido en la liturgia como el día de la alegría. En la antífona de entrada San Pablo nos manda: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca. Pronto, dentro de nueve días, vendrá la Navidad, y en ella recordaremos  el nacimiento de Jesús nuestro Salvador, alegría de nuestra salvación.

En la oración colecta hemos pedido al Señor que esperando con fe la fiesta del nacimiento de Jesús, consigamos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante.

Nos preparamos con fe para la alegría de la Navidad. Pero podemos preguntarnos: ¿Para qué alegría? Todos o algunos tenemos muchos e importantes motivos para estar tristes: la enfermedad que está minando nuestra salud, la de mis hijos o de mi familia; la desgracia de haber perdido un ser querido hace poco; los dolores que no puedo aguantar; la ingratitud de los hijos; la soledad en la que vivo, sin nadie a mi lado a quien contar mis penas y alegrías o charlar de nuestras cosas; las distintas desgracias familiares; los problemas económicos y sociales: el terrorismo, la guerra...; la falta de fe de mi familia... ¿Cómo se nos puede mandar vivir la alegría en medio de tantas penas?

La alegría que nos pide la Iglesia en este domingo es, en primer lugar, la alegría en el Señor,  la alegría de la salvación, la alegría de la fe y la esperanza, la alegría de que todo pasa pronto y viene luego el gozo de estar con Dios en el Cielo, por toda la eternidad, viendo y gozando de su presencia. Mientras llega ese día, el Apóstol Santiago nos aconseja tener paciencia hasta la venida del Señor, como el labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia, nos dice el Apóstol, manteneos firmes  en la fe, porque la venida del Señor está cerca. Debemos esperar con paciencia la alegría de la venida del Señor, al estilo de los profetas que aguardaron la llegada del Mesías, como salvador del mundo

Mantengamos la alegría de la fe, que muchos no tienen, conservándola pese a todas las dificultades y por encima de todos los acontecimientos adversos. La alegría de perseverar en la gracia de Dios con salud o con achaques; la alegría de vivir en paz con la familia, con pequeñas o grandes dificultades, fácilmente salvables; la alegría de tener lo suficiente para vivir, mientras otros no tienen ni lo necesario; la alegría del premio eterno que aguarda a los que perseveren en la gracia.