sábado, 18 de enero de 2020

Segundo domingo. Tiempo ordinario. Ciclo A


             Terminado el ciclo de Navidad, en el que hemos celebrado el nacimiento del Señor, la Sagrada Familia, Santa María, Madre de Dios y la Epifanía del Señor, comenzamos el tiempo ordinario con la celebración de la fiesta del Bautismo del Señor.

            El Bautismo que recibió Jesús en el río Jordán, de manos de San Juan Bautista, era un bautismo de conversión, de arrepentimiento de los pecados, de consagración al servicio del pueblo de Dios, no para arrepentirse de sus pecados, ni convertirse, pues por ser Dios no tenía ni podía tener pecado alguno; ni tampoco para consagrarse al servicio del pueblo de Dios, sino para dar ejemplo de perfección en el cumplimiento de la ley judía. No fue el mismo que hemos recibido nosotros, que es uno de los siete sacramentos instituido por Jesús, el más necesario para la salvación eterna, pero no el más excelente que es el de la Eucaristía. 

            La fiesta del bautismo del Señor nos ofrece  una oportunidad para hablar del sacramento del bautismo, que gracias a Dios todos hemos recibido.

            El bautismo es un sacramento que produce entre otros tres efectos principales:  infunde la gracia santificante por la que el hombre se hace hijo de Dios y heredero de su gloria, borra el pecado original, y también todos los pecados personales de quien lo recibe de adulto, y lo incorpora al Cuerpo místico de la Iglesia.

             Ante esta realidad misteriosa, cabe una pregunta: ¿Qué pasa con los millones de hombres que no se bautizan en la Iglesia Católica? ¿No son hijos de Dios, no se les perdonan el pecado original y todos los personales, y no pertenecen al Cuerpo místico de la Iglesia?  

Para contestar a esta pregunta, vamos a establecer un principio teológico enseñado siempre por la Doctrina de la Iglesia: La gracia de Dios, que es sabiduría omnipotente e infinitamente misericordiosa, hace que su gracia de salvación llegue misteriosamente a todos los hombres, de manera que cada uno pueda salvarse, si quiere, la mayor parte de las veces, por diversos e inimaginables caminos o medios, desconocidos por la ciencia  teológica. Valga el ejemplo del buen ladrón que recibió la gracia de la misericordia de Dios, sin conocer a Cristo ni su doctrina, estando crucificado por sus pecados y delitos. Se convirtió  por el misterio de la infinita misericordia divina, suplicando a Jesús la simple petición de un recuerdo, que se convirtió, al instante, en la posesión el Reino e los Cielo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Aquel buen ladrón recibió la gracia de la salvación y con ella, por vía misteriosa de la misericordia divina, se le perdonó el pecado original y todos los pecados personales, quedó hecho hijo de Dios adoptivo, fue incorporado al Cuerpo místico de la Iglesia, y consiguió la vida eterna. Fue el primer santo canonizado de la Iglesia Católica.  Este ejemplo es válido y da respuesta a la pregunta que antes hemos formulado: Que la gracia infinita de la  sabiduría de la misericordia de Dios es la única que salva, dentro de la Iglesia, por camino que el hombre no conoce. 

El cauce normal y oficial, vía ordinaria, por voluntad de Jesucristo, es la Iglesia Católica, incluso aunque la gracia llegue a determinados hombres vía misteriosa. Expliquemos un poco esta realidad de salvación universal.

            El hombre, por el simple hecho de ser creado por Dios a su imagen y semejanza, es hijo de Dios por creación. Recibe en el seno íntimo de su ser gratuitamente la filiación divina, digamos natural, misteriosamente, en previsión de los méritos de Cristo.
El bautismo de agua y del Espíritu Santo es el sacramento ordinario de salvación para conseguir la salvación eterna, por voluntad de Jesucristo: “ID por el mundo entero pregonando la Buena Nueva a toda la humanidad. El que crea  y sea bautizado, se salvará, y el que se niegue a creer, se condenará”  (Mc 16,16). Pero admite suplencias comprensibles por razones históricas evidentes, múltiples causas  y circunstancias humanas, que la Iglesia resume de esta manera: 

- Bautismo de sangre para aquellos que derraman su sangre en favor de los hombres, pues, según nos dice el Evangelio, nadie ama más que el que da la vida por los hermanos. En este caso el martirio, entendido en sentido amplio de derramamiento de sangre,  hace las veces del sacramento de agua y del Espíritu Santo.
- Bautismo de deseo para aquellos millones de hombres que no conocen a Jesucristo ni pertenecen a la Iglesia Católica formalmente, pero que viven con sincero corazón la fe que conocen y en la que fueron educados.
- Bautismo de conciencia  para aquellos millones de hombres que no conocen al Dios verdadero, o profesan religiones falsas. Si obran consecuentemente en la recta conciencia del bien obrar, su conciencia equivale al bautismo. Se dice que Cicerón al morir dijo: Causa de todas las causas, ten misericordia de mí. Tal vez, a los ojos de Dios, esta frase pudo equivaler al bautismo de conciencia.

Estos hombres, situados en estos tres estados de suplencia de bautismo, reciben los mismos efectos que el bautismo de agua y del Espíritu Santo, sin ser sacramento.

Resumimos en principios la doctrina de la Iglesia, explicada en todos los tiempos, pero con más precisión en el Concilio Vaticano II:
 1 La gracia de Dios, infinito en sabiduría y bondad, es la única causa de salvación para todos los hombres y de todos los tiempos, por la que nos hacemos y somos verdaderamente hijos de Dios.
2  El medio ordinario y oficial es el bautismo de agua y del Espíritu Santo, administrado en la Iglesia Católica.
3 Pero por circunstancias históricas, humanas y otras diversas el sacramento del bautismo puede suplirse por infinitos modos, desconocidos por la ciencia teológica, que la doctrina de la Iglesia reduce a tres: el martirio, la buena voluntad en la vivencia de la fe que se conoce, la recta conciencia del bien obrar.

sábado, 11 de enero de 2020

Bautismo de Jesús. Ciclo A


Significado del bautismo

Después de pasar Jesús en Nazaret treinta años de vida oculta, totalmente entregado a la oración y al trabajo de la vida ordinaria en obediencia, realizando su primera y larga etapa de Mesías Redentor, se dirigió al Jordán para ser bautizado por Juan Bautista, con el fin de prepararse para la segunda parte de su vida pública redentora: pasión, muerte y resurrección.

La palabra bautismo, de origen griego, significa acción de lavado, purificación. El bautismo no era un acto sagrado, exclusivamente judío, pues en los pueblos paganos de la antigüedad, desde años inmemorables, era una ceremonia corriente que se celebraba, de diversas maneras, en muchas religiones politeístas. En algunos lugares el bautismo consistía en sacrificar víctimas humanas, ofrecidas a los dioses. Refiere Papini en su vida de Cristo que en Curio de Chipre, en Terracita, Marsella, en tiempos históricos indefinidos, se arrojaba todos los años un hombre al mar, para que, mediante el sacrificio expiatorio de su bautismo el pueblo quedara purificado de sus pecados.

El bautismo judío en el Antiguo Testamento consistía en un rito de ablución corporal, símbolo de limpieza interior o purificación de impurezas legales. No era un sacramento sino un rito sagrado que recibían los judíos que, habiendo escuchado la palabra de Dios, se convertían, confesaban sus pecados de manera genérica y se consagraban al servicio del Señor. San Juan bautista aconsejaba el bautismo para prepararse para la venida del Mesías.

Bautismo de Jesús

El bautismo judío que recibió Jesús no fue una alegoría contada poéticamente con cierto simbolismo místico por autores de los primeros siglos del cristianismo, como dicen algunos intérpretes modernos racionalistas, sino un hecho real de visión sobrenatural: la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.

Según se deduce del Evangelio de San Lucas (Lc 3,21), Jesús fue bautizado dentro de una celebración comunitaria. Cuando a Jesús le tocó su vez, Juan se fijó instintivamente en sus ojos, y sintió la corazonada de encontrarse en la presencia del Mesías. Entonces Juan, resistiéndose a bautizarlo, le dijo:
¿Tú acudes a mí? Si soy yo quien necesito que tú me bautices”.
Jesús le contestó:
Déjalo ya, que así es como nos toca a nosotros cumplir todo lo que Dios quiera” (Mt 3,14-15).

Entonces Juan lo bautizó. Y en el mismo instante de su bautismo, el firmamento se rompió en dos mitades, como si fuera el telón de un escenario, y un rayo de luz celeste, muy potente, enfocó toda la Persona divina de Jesús, quedando la Naturaleza en penumbra; y del espacio luminoso descendió una blanca paloma en ágil y rápido vuelo, que se posó por encima de la cabeza de Jesús, sin tocarla, y quedó en posición estática. La paloma ha sido tradicionalmente en la literatura profana y bíblica símbolo de amor, candor, pureza, sencillez, fidelidad y paz. Se hizo un impresionante y majestuoso silencio, y en medio de un ambiente sobrecogedor se dejó oír una voz, dulcemente sonora, que haciendo eco al chocar contra las montañas, decía:
Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto” (Mc 1,11).

La interpretación común de los Santos Padres y la teología católica tradicional entienden que en esta escena se reveló el misterio de la Santísima Trinidad, no conocido en el Antiguo Testamento. La primera Persona del Padre estaba representada en la voz que hablaba; la segunda en el Hijo, Jesús en quien se estaba bautizando; y la tercera, el Espíritu Santo, en la paloma misteriosa de belleza sin igual.
La Iglesia resume perfectamente el significado del bautismo de Jesús con estas palabras: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente... y es anticipo del bautismo de su muerte sangrienta” (Cat 536).

¿Por qué fue bautizado Jesús?

No se puede admitir católicamente la teoría de los ebionitas y adopcionistas del siglo II que afirmaban que “Jesús fue un pecador, como cualquier otro hombre, que se purificó y “divinizó” al ser adoptado por Dios en el bautismo”. Esta suposición es contraria a la fe católica, pues Jesús no pecó ni pudo pecar, porque es la Persona divina del Hijo humanizada, incompatible con el pecado.

El bautismo de Jesús fue un rito judío simbólico de penitencia, de consagración a Dios y en Jesucristo preparación para celebrar la segunda parte del misterio de la vida pública, pasión, muerte y resurrección, misterio pascual, y ejemplo para que los cristianos vivamos siempre la vida en conversión penitencial.


domingo, 5 de enero de 2020

Epifanía. Ciclo A

Hagamos unas reflexiones espirituales, simbólicas, sobre cinco puntos del episodio de la Epifanía: los Magos, viaje, oro, incienso y mirra.


Los Magos
Los magos eran científicos en astronomía, hombres de fe, no reyes, como piensa la tradición de devoción popular. Algunos autores bíblicos suponen con cierto fundamento que eran judíos o descendientes de ellos, que conocían la Sagrada Escritura, y por inspiración divina hicieron un viaje de Oriente a Occidente, a Belén, guiados por una estrella para adorar al Niño Dios, el Mesías, el Redentor del mundo.
Los Magos son símbolos de los buenos cristianos que hacen el viaje desde el Oriente de su nacimiento hasta el Occidente de su muerte llevando siempre consigo oro. Incienso y mirra para ofrecérselos a Jesús, Redentor y Salvador del mundo.

Viaje
El viaje que los Magos hicieron puede ser símbolo de la travesía personal que cada hombre hace desde el oriente de su nacimiento hasta el occidente de su muerte en este valle de lágrimas, como rezamos en la salve, En ese trayecto hay que pasar muchos sufrimientos por los desniveles y vericuetos del camino, cuestas, bajadas y subidas, lugares tortuosos que ofrecen peligros, que hay que evadir con habilidad y astucia, dificultades que nos regala el Señor para aprovecharlas para nuestra santificación. Debemos pisar tierra firme con tiento, sabiendo dónde posamos los pies, como peregrinos en marcha hacia la meta, llevando consigo los dones del incienso, oro y mirra, la escucha meditada de la Palabra de Dios, la recepción frecuente y fervorosa de los sacramentos y la acción de las obras buenas que alimentan el alma, para que cuando llegue nuestra muerte, podamos adorar, ver y gozar en el Cielo eternamente  del Niño Jesús, hecho hombre, glorioso y resucitado.

Estrella
La estrella que los Magos vieron en Oriente y le llevaron a adorar al Niño Dios puede ser para nosotros símbolo de nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Salvador, guiados por la estrella de la fe, que ilumina a los cristianos el camino que lleva al Belén del Cielo, enseñado por el magisterio auténtico de la Iglesia, como órgano de la Verdad: y no la estrella de los teólogos opinantes y ocurrentes por propia cuenta, o la de los escritores o periodistas que propagan las verdades que les interesan por propios fines o intereses.
La fe es oscura, pero cierta, segura y lúcida. Ilumina con claridad inconfundible todo nuestro tiempo de peregrinación para discernir las cosas verdaderas de las falsas, elegir y querer el bien y evitar el mal, rechazar el único mal que existe, que es el pecado, y aceptar todos los sucesos como gracias dentro de la providencia misteriosa de Dios Padre; y es también fuerza para atemperar las pasiones. En el belén eterno del Cielo la fe se convierte en visión y gozo eterno del Niño Jesús, hombre resucitado y glorioso.

Oro
El oro es uno de los metales más valiosos del mundo, considerado como símbolo de realeza, dignidad, autoridad, soberanía, riqueza, amor verdadero de un corazón bondadoso. Los Magos trajeron de su tierra los más ricos regalos para ofrecérselos al Niño Jesús, Rey de cielos y tierra en Belén. Para los cristianos es símbolo de un corazón limpio sin engaños, ni dobleces, ni intenciones perversas, torcidas y egoístas; también símbolo del oro de la gracia de Dios viva y eficiente en el ejercicio del amor a Dios y al prójimo. Es posible que algunos digan que no pueden regalar al Niño Dios un corazón de oro, porque su vida pasada estuvo manchada por el óxido del pecado o en la presente está marcada por el pecado, la tibieza, la indiferencia o la apatía. ¿Cómo se va a regalar a Dios un corazón de oro falsificado, sin el brillo de quilates de gracia? Quizás ese sea tu caso. Hay tres caminos por los que se puede ir al Cielo: por el oro de la inocencia, de la conversión auténtica, o el de la penitencia.

Incienso
El incienso era en el Antiguo Testamento una sustancia aromática que se quemaba en el Tabernáculo de Moisés y en el Templo de Jerusalén sobre un incensario o en los braseros que estaban al pie del altar, como ofrenda valiosa para adorar a Dios. En la liturgia católica es un símbolo de oración, reconocimiento de la dignidad de Dios. El incienso quemado en el corazón, dorado por la gracia operativa hace que se expanda por todo el mundo en bien de todos los hombres y sube al Cielo como gloria y alabanza a Dios.

La mirra
La mirra es una sustancia muy valiosa y apreciada en Oriente. Se usaba en perfumería y medicina, aprovechando sus cualidades soporíferas, mezclada con bebidas diversas para calmar los dolores; y también para embalsamar los cadáveres. En sentido cristiano es signo de la cruz física y psíquica, personal, familiar y social.
En conclusión: Seamos como los magos de Oriente, que guiados por la estrella de la fe hagamos la travesía del oriente de la tierra hasta el occidente del Cielo con la vivencia habitual de las ofrendas del oro de la vida santa, el incienso de una oración de alabanza a Dios, y la mirra de nuestro dolor, hecho redención.


martes, 31 de diciembre de 2019

Festividad de Santa María Madre de Dios. Ciclo A


Es evidente que María no es la Madre de Dios, en cuanto persona divina, absurdo metafísico, pues Dios es eterno, espíritu purísimo, que ni siquiera se puede imaginar. Es la Madre de Dios en cuanto Dios, hecho hombre: madre del Hijo de Dios, la segunda Persona divina de la Santísima Trinidad con su naturaleza divina, Jesucristo que fue concebido humanamente en las entrañas purísimas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo; y el resultado fue que Jesús es Dios y hombre verdadero. Así nos lo enseña la teología dogmática de la Iglesia Católica, que el Catecismo del Papa Juan Pablo con las siguientes palabras: “Ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y el que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios” (Cat 495).

Que María es la Madre de Dios no es una metáfora de fantasía poética, sino una realidad sobrenatural, misterio sobrenatural realizado por quien todo lo puede. Es madre como cualquier madre de la tierra con la sola diferencia privilegiada de que María concibió por obra del Espíritu Santo, no por obra de varón como todas las madres, y dio a luz a su Hijo, Jesús, virginalmente, mientras que las otras madres dan a luz a sus hijos naturalmente. Así como la madre es la madre de la persona de su hijo con cuerpo y alma, aunque ella proporciona a su hijo únicamente la materia del cuerpo, al cual infunde Dios un alma creada de la nada, de manera parecida, pero dentro del misterio sobrenatural. María concibió a la persona divina del Hijo de Dios en cuanto al cuerpo, como todas las madres dan a sus hijos: el cuerpo; y, por consiguiente, es real y verdaderamente Madre de Dios. María, como todas las madres, no es causa de la creación de su hijo, que es Dios, sino medio de transmisión del hijo. El Concilio de Calcedonia (año 451) nos dice:“Hay que confesar a un solo y mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo; consustancial con el Padre, según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad; en todo semejante a nosotros menos en el pecado (Hb 4,15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad y, por nosotros y nuestra salvación, nacido en estos últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad” (Cat 467).

En Jesús, Dios y hombre, hay dos entendimientos: uno divino y otro humano. Con su inteligencia humana aprendió en su tiempo histórico muchas cosas mediante la experiencia. Algo así como el ingeniero ve en su entendimiento con claridad meridiana la obra que va realizar, y luego la comprueba en su realización. Como hombre, Hijo de Dios, tenía un conocimiento humano de Dios, su Padre (Cat 470-474. 482); y como Dios tenía también un entendimiento divino con el que sabía todas las cosas; y tenía también dos voluntades: una divina y otra humana. La voluntad humana de Cristo cumplía, sin oposición ni resistencia, su voluntad divina, y estaba subordinada a ella (Cat 475. 482). Ahora en el Cielo la persona divina de Jesús con su naturaleza divina y humana existe en estado glorioso inimaginable, no teológicamente conocido.

Es lógico y natural que hasta llegar al conocimiento de la revelación de la Persona divina y dos naturalezas, divina y humana en Jesús surgieron muchas herejías y errores, humanamente comprensibles, que estudia la Historia de la Iglesia. Porque el conocimiento del Verbo encarnado, revelado, ha supuesto muchos esfuerzos y estudios, que el magisterio auténtico, perenne e infalible de la Iglesia, iluminado por el Espíritu Santo, ha ido enseñado en su tiempo. Nestorio afirmaba que el hijo de la Virgen María es distinto del Hijo de Dios, pues así como en Cristo hay dos naturalezas hay también dos personas: una divina y otra humana. Esta herejía fue condenada por el Concilio universal de Éfeso el año 431, en el que fue definido como dogma de fe que María es Madre de Dios con estas palabras: “Cristo en su propia carne es un ser único, es decir, una sola Persona divina y dos naturalezas, divina y humana, Dios y hombre al mismo tiempo. La santísima Virgen María es Madre de Dios porque dio a luz según la carne al Verbo de Dios encarnado”.

María, al ser la Madre de Dios, tiene cierta y verdadera afinidad y parentesco con la Santísima Trinidad, de manera singular, por lo que es la criatura más digna de todas las demás, ángeles y santos del Cielo; y su dignidad es superior a la dignidad sacerdotal. El poder de intercesión de María ante Dios supera a la de cualquier santo y ángel del Cielo y a la de todos juntos. Los hombres podemos contar con una Madre que ama a cada hombre tanto cuanto puede ser amado, como si fuera hijo único, con el mismo corazón inmaculado con que amó a Dios en la tierra y ama ahora en el Cielo con su corazón glorificado.

A la Virgen, madre de todos los hombres, podemos pedir con filial confianza todo lo que queramos, sabiendo que siempre nos concederá todo lo que necesitamos, tanto humano, como material o espiritual, siempre y cuanto se ajuste a la voluntad de Dios, y sea lo mejor en todos los sentidos para nuestra salvación eterna, porque María, por ser madre de Dios, es también Madre espiritual de todos los hombres en el sentido de que es Madre de la divina gracia, que transmite todas las gracias a todos los hombres, que Dios causa; algo así como el espacio comunica la luz a los hombres y a la Tierra la luz que el sol causa.


sábado, 28 de diciembre de 2019

Festividad de la Sagrada Familia. Ciclo A


La Sagrada Familia compuesta por la Virgen María, San José y el Niño Jesús, es la Trinidad de la Tierra. Llevó durante su tiempo histórico de treinta años una vida oculta, sencilla y ordinaria, sin grandes acontecimientos. María en su papel de Madre de Dios y de todos los hombres, Corredentora del género humano no hizo otra cosa siempre que hacer bien y con amor divino lo que tenía que hacer en una vida ordinaria; su castísimo esposo San José, que colaboró en la Redención, como esposo de la Virgen María y padre legal del Niño Jesús, con su oración y trabajo común de un simple obrero; y por fin Jesús, divino obrero, como Redentor principal redimió al mundo en tres etapas: vida oculta durante treinta años, casi toda su vida, dedicado a la oración, al trabajo común de la vida ordinaria en obediencia, dando a este género de vida categoría sobrenatural, corredentora.

El evangelio nos ha facilitado pocos datos para conocer la infancia de Jesús. Desde la vuelta de la Sagrada Familia de Egipto a Nazaret, solamente conocemos el episodio del Niño Jesús, perdido y hallado en el templo a los doce años. El resto de su vida hasta los treinta años hay que imaginarla, pensando en un niño, un joven y un adulto de categoría de superdotado, como si fuera un niño un joven y un adulto normal, sin parecer que era Dios. La vida pública de Jesús duró tres años, dedicado a la predicación del evangelio y realización de milagros para testimoniar su misión redentora en el mundo; y la tercera etapa fue de pasión, muerte y resurrección que duró tres días.

Pablo VI definió la vida de la Sagrada Familia en la siguiente frase proverbial que voy a reseñar: Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio. Es una lección de silencio, de vida familiar, de trabajo”. (Pablo VI, 05-01-1964).

Entre los tres miembros de la Sagrada Familia existía una perfecta y santa armonía con pequeños sacrificios por la manera santa de ser de cada persona la convivencia y dificultades de la vida, que eran aceptados y comprendidos con el amor caritativo, que todo lo comprende y diviniza, y sabiendo que lo que ocurre es obra de Dios para bien de su gloria y de los hombres, dentro del misterio de la salvación.

De la vida de San José y de la de la Virgen María no se sabe nada históricamente. Es objeto de la piadosa imaginación para la oración personal y comunitaria, digna de ser imitada, sabiendo que su valor es infinito, santificador y redentor.

martes, 24 de diciembre de 2019

Navidad. Ciclo A


NAVIDAD

La Navidad no es el nacimiento de un personaje de la Historia sino el cumpleaños del Señor, el día en que nació Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, concebido en las entrañas virginales de Santa María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Redentor de todos los hombres a quienes redimió con su vida, pasión, muerte y resurrección. ¿Por qué?

El hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza en un estado de santidad original que comprendía el don sobrenatural de la gracia, los dones preternaturales de la ausencia del dolor, la inmunidad de la concupiscencia o inclinación al pecado, y el don de la inmortalidad, con el fin de que, viviendo divinizado en la Tierra un tiempo, consiguiera la plena gloria con Dios en el Cielo. Para que esto se realizara, Adán, cabeza de toda la Humanidad, debería cumplir un precepto muy importante y grave, que no se sabe cuál es, con la condición vinculante de que si no lo cumplía, moriría él y su descendencia. Pero abusando de su libertad, desobedeció el mandato de Dios y cometió el llamado pecado original que se transmite a todos los hombres por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada hombre. En consecuencia, por culpa del pecado, el hombre perdió los dones que había recibido y “la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte e inclinada al pecado, inclinación llamada concupiscencia. (Cat 415-418).

Dios no abandonó al hombre a su perdición, sino que en el mismo momento en que pecó, lo perdonó y le prometió enriquecer su naturaleza contagiada con la promesa de la Redención que realizaría el Mesías, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Este nuevo estado era superior al que el hombre tenía al principio. Así nos lo enseña el pregón de la Vigilia Pascual: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”.

Dios fue revelándose, de muchas maneras en el Antiguo Testamento hasta que llegó la plenitud de los tiempos en los que nos habló por medio de su Hijo en el Nuevo Testamento. “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo”.

La Revelación se encuentra en la Tradición y en la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento, y es interpretada oficialmente por el Magisterio de la Iglesia.
En el mismo instante en que empezó a ser Jesucristo, dentro del útero virginal de María, nació la Iglesia en su germen. Pasados nueve meses de la gestación de Dios, hecho hombre, tuvo lugar la Navidad o el nacimiento de Jesús en Belén y con él el Nacimiento de la Iglesia en su Cabeza, como Cuerpo místico. La Navidad de Cristo es el comienzo del misterio pascual que comprende vida, pasión muerte y resurrección.

Con el nacimiento de Cristo, nosotros recordamos nuestro nacimiento a la vida cristiana en la Iglesia, que tuvo lugar en el sacramento del bautismo. Nacimiento que exige una vida oculta de oración y trabajo en la vida ordinaria, como la de Jesús, una vida pública de ejemplo cristiano y realización de obras buenas y una vida de pasión, soportando el dolor en todas sus versiones siguiendo a Jesús con la cruz a cuestas, con la esperanza de morir con Cristo y resucitar luego con Él para la vida eterna, plasmando en la propia vida el misterio pascual de Cristo.

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a Tito nos dice que “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, debemos renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y llevar una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios Salvador nuestro: Jesucristo”.

La Navidad debe ser un momento para renunciar al pecado y a sus males, y llevar una vida sobria, sin excesos inútiles en comidas y bebidas; honrada, llena de gracias, virtudes y ejercicio de santas obras; religiosa de fe profunda y consecuente, con el fin de participar de la divinidad de Jesucristo; de gracia para llegar un día a la perfecta comunión con Cristo en la gloria, como pedimos al Señor en la oración después de la Comunión. Esta vida tiene que ser en cada uno de nosotros Navidad en la celebración litúrgica del 25 de Diciembre, vivencia en los sacramentos y ejercicio del misterio pascual en la vida ordinaria hasta que llegue el momento de celebrarla eternamente en el Cielo.

Además de la navidad litúrgica en la que celebramos la Navidad histórica, hecho trascendental del nacimiento de Jesús, Redentor, Dios hecho hombre, en sentido teológico podemos decir que siempre es NAVIDAD espiritual: cuando nace la gracia de Jesucristo en la oración, en el ejercicio de la caridad, de las obras buenas, en el dolor padecido y ofrecido como participación de la pasión de Cristo, en la recepción de los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía en la que el mismo Jesucristo, resucitado y glorioso, que está en el Cielo, nace sacramentalmente con una presencia real y sustancial de cuerpo, sangre, alma y divinidad.


sábado, 21 de diciembre de 2019

Cuarto domingo de Adviento. Ciclo A

La tentación de San José
           
            La Virgen  María  tuvo que hacer un viaje a  Ain-Karin a casa del sacerdote Zacarías, esposo de Isabel, su pariente, con el fin de atender a su prima, anciana, en su embarazo milagroso, poco antes del nacimiento de su hijo Juan, el Bautista. Cuando María regresó de su viaje a Nazaret, San José observó pronto que su esposa, María, estaba rara, distinta a como era Ella. Su cuerpo estaba un poco deformado, su rostro pálido, demacrado, y sus ojos habían perdido el brillo y la viveza de siempre, quedando con una mirada perdida. Entristecido, la observaba y cada veía en Ella signos de maternidad evidente. ¿Qué habrá pasado? ¿Será por el cambio de aires de la montaña? ¿Por las inclemencias del largo viaje? ¿Por el cansancio agotador del trabajo en la atención a su prima Isabel y al servicio de la casa de Zacarías? Por más que la miraba y remiraba con discreción  y prudencia, cada vez se convencía más de un evidente embarazo. San José sufrió la mayor de las tentaciones que  puede tener  en esta vida un esposo puro y casto, al ver a su esposa  embarazada, siendo, pura como un ángel.  ¿Violación en el viaje de Nazaret a Ain Karin? ¡Qué horror! ¡Imposible! María se lo hubiera dicho para desahogarse con él, como sucede en estos casos, incluso con el fin de acudir, si fuera necesario, a la justicia para defender los propios derechos y castigar gravemente este pecado social y religioso.

            José lo pasó francamente mal, muy mal. Acudió con fuerza inusitada a la oración, o mejor dicho todo su tiempo se convirtió en una oración atormentada, angustiosa, nerviosa, sin poder conciliar su atención ni siquiera en sueños, porque no tenía motivos para desconfiar de  María. El entendimiento, alborotado, que tanto discurre en estas cosas, razonaba sobre el problema sin encontrar argumento para justificar la evidente maternidad de María. Así estuvo turbado, llorando, con el corazón hecho añicos de dolor, y el pensamiento atormentado, sin saber qué decisión tomar. 

            Por fin, como una solución extrema, pensó conceder legalmente a su esposa el libelo de repudio, como nos relata el Evangelio: antes de vivir juntos,  resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo, José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado (Mt 1,18- 19).  El libelo era una especie de ley de divorcio, tolerada por Moisés, que al principio no existió, que  escribió este precepto (del divorcio) por la dureza de los  corazones. Pero al principio no fue así" (Mc 10,5-6). En virtud de esta norma de excepción, se permitía al marido escribir una carta de repudio a su mujer, cuando ella había cometido un pecado escandaloso. En este caso la esposa tenía que abandonar la casa, y podía volverse a casar de nuevo. "Si un hombre se casa con una mujer y luego no le gusta por haber encontrado en ella algo indecente, le dará por escrito un certificado de divorcio y la echará de casa. Una vez fuera de casa, esta mujer puede casarse con otro" (Dt 24,1-2).

            Pero esta atormentada tentación le parecía injusta, pues era culpar a su esposa de un pecado que no había cometido, sin saber la razón del embarazo. ¿Por qué José guardó silencio absoluto ante la evidente maternidad de María en la que él no tenía parte alguna? ¿No hubiera sido mejor dialogar santamente con su esposa para poner sobre el tapete   todas las cosas? Hablar con María sobre este tema le era violento, y es comprensible.  ¿Qué pensar? ¿Qué hacer...?

            Tampoco se puede entender humanamente por qué María no comunicó a su esposo el misterio de la concepción virginal de Jesús en su seno, por obra del Espíritu Santo ¿Por qué permitió que José, su amadísimo esposo, fuera tremendamente tentado por esta causa. ¿Por qué con su silencio le ocasionó aquella agonía que le torturaba el pensamiento, mortificaba su imaginación y le hacía sangrar de pena su casto corazón? ¿Por qué consintió que tuviera numerosas cavilaciones, lógicas tentaciones justificadas y dolorosas angustias? ¿No hubiera sido mejor haber comunicado a José, que era un hombre bueno, justo, santo, la revelación del ángel y los planes de Dios?: María habría concebido  el misterio realizado por obra del Espíritu Santo.

            Los misterios de Dios, realidades sobrenaturales que superan la razón humana, no se pueden entender nada más que con la fe, potencia sobrenatural que da la capacidad de creer las verdades reveladas, que humanamente no se entienden. María guardó silencio absoluto sobre la concepción virginal de Jesús, porque sabía, por inspiración divina, que Dios revelaría a José el secreto de este misterio. Y así sucedió, como sabemos por el evangelio de San Lucas: “Mira, la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.  José, hombre de fe, creyó la palabra del ángel, y celebró con María la boda solemne.